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Marcos Crotto, ganador del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo 2011  ©Alejo Schapire/RFI

“Comunión”

Caminaba entre las tumbas. No había más de veinte, adornadas con flores y cintitas. Una huerta de cruces perdida en la cordillera recibiendo los colores del cielo. Dejó la mochila sobre una lápida y en la pantalla de su cámara digital congeló una cruz de madera armada con dos troncos y un Cristo tallado en la corteza. Me gustaría que me enterraran en un lugar así, dijo. La piel blanca que la musculosa dejaba libre se le había puesto algo rosa en esos días. Le sacó fotos a un pajarito amarillo que movía la cabeza encima de una lápida y a un abejorro que se metía una y otra vez en la trompeta de una flor que se abrazaba a una cruz de hierro. Se sentó en una piedra y prendió un porro. Es como si los propios muertos, después de recorrer toda la tierra, hubiesen decidido entrar allí, dijo, en este lugar apartado de los hombres, y dormir para siempre en la roca de colores tan cerca del cielo. Christophe, que la esperaba apoyado contra la puerta del Mitsubishi, de brazos cruzados, oculto detrás de sus anteojos negros, le contestó que ya estaba fumada y le pidió que se apurara, quería llegar antes que se hiciese de noche.

Ya de nuevo en el auto, Virginie miró las fotos en la pantalla de su notebook. Le gustó una especialmente: se veía una tumba armada con ladrillos y una reja de lanzas en las que se entrelazaban flores azules y jarrones de cerámica; detrás de la tumba crecían yuyos verdes que contrastaban con los colores de las flores; más abajo, jirones de nubes deambulaban entre los pliegos de los cerros, de modo que el cementerio estaba arriba de la nube; al fondo resurgía una montaña vertical, el cielo y la tierra se confundían en esa imagen. La puso como protector de pantalla, reemplazando a su casa de Bordeaux en una mañana fría pero de sol.

El GPS adherido al parabrisas indicaba la existencia de arroyos, lechos secos, minados por piedras blancas que parecían osamentas de peces. Por algo el pueblo al que iban se llamaba Aguas Secas. Las paredes de la montaña doblaban con el camino. Naranjas, verdes, turquesas, amarillas, rojas. La montaña, dijo Virginie, era la paleta inmensa de un pintor que prepara los colores y que después no la toca porque advierte que la paleta es el cuadro. Sólo colores. Ese paisaje era lo mismo. La fuerza de los colores aislados de la materia. Él le preguntó si pensaba que encontrarían el cuadro en Aguas Secas. Ella se encogió de hombros y miró un rato la foto del cementerio, cerró la notebook, se reclinó contra la ventanilla, tal vez podía dormir. Christophe puso el disco de Ravel. De a gotas caía la fuerza del piano. Es una música lenta pero que no deja de avanzar, es mágica, dijo Virginie, descalza y apoyando los pies contra el parabrisas. Christophe le preguntó si la había tocado en algún concierto. Sí, dijo Virginie, me volví loca estudiándola, encima con Ravel hay que contar una historia desde las sensaciones, escuchá esta parte, ¿ves?, las notas imitan las campanadas que velan a un ahorcado, se repiten las campanas y se repite el miedo a la muerte, que va creciendo. No es una música, es una atmósfera que toca una música.

El camino ya parecía un serrucho, el disco empezó a saltar, las notas se repetían o volvían atrás. Mejor apagarlo y abrir la ventanilla. No sé por qué dejé el piano, dijo Virginie. Ya vas a volver, dijo él. Sí, no sé. Entró el aire de la montaña y el errático ruido del motor que ya empezaba a sufrir el esfuerzo de la altura. Pasaron dos o tres cementerios más, el paisaje se secaba, pocas plantas, cada vez más rocas, la tierra desnuda y naranja, las montañas parecían jarrones de arcilla.

Llegaron a Aguas Secas. La poca gente que caminaba por la calle de piedra era vieja, con los rostros curtidos por el sol. Vestían ropas de colores alegres algo erosionados por el uso. Delante del auto una señora arreaba a sus cabras y en la vereda una nena en bicicleta los miraba con un dedo metido en la nariz. Virginie le mostró la cámara, como preguntándole si le podía sacar una foto; la nena pedaleó calle arriba.

Bajaron del auto. Las casas eran blancas, todas parecidas. Ya casi no quedaba nada de pueblo cuando vieron, al final de una curva, una pared grande de roca medio negra, un balcón arrodillado hacia un precipicio. Arriba de la roca había un cura, sentado, mirando las montañas, y alrededor del cura parecía estar concentrado todo el pueblo, en distintos niveles. Algunos sentados sobre piedras, otros de pie, algunos con los ojos cerrados, otros mirando al cura. A veces los miraban, como si no entendieran qué hacían dos turistas en ese lugar. Virginie recordó esa escena de Ben Hur en la que Cristo predica en el monte. Una viejita arrugada lloraba. Virginie le sacó una foto. Después se acercó un poco más al cura y también le sacó una foto. Era rubio, de barba, flaco, parecía más un conquistador que un cura. Perdieron el tiempo de cuánto duró esa oración, al atardecer. Al final, el cura se puso de pie y caminó por un caminito bien marcado. Todos lo siguieron: la vieja que lloraba, un tipo encima de un burro, la nena de la bicicleta. Dos o tres señoras cantaban, no muy afinadas. Llegaron de nuevo al pueblo por un caminito que ascendía y descendía entre arbustos espinosos y duros. La capilla era blanca como las casas y con un campanario exageradamente alto, le pareció a Virginie. Alguien empezó a sonar las campanas y el sonido rodó cerros abajo con una avalancha de ecos.

Los bancos de madera rechinaban a medida que los ocupaban. Virginie no sabía que el olor denso era guano de murciélago. Se hizo una fila para comulgar. Todavía había luz. Comulgaban y después se arrodillaban en los bancos o rezaban de pie, mirando al piso o al Cristo demasiado lastimado que colgaba del techo. Ellos, por respeto, también lo miraban, tratando de incorporarse a esa oración comunitaria, aunque casi al mismo tiempo advirtieron el cuadro, detrás del Cristo, en la pared del altar.

Virginie caminó por los laterales y se acercó lo más que pudo sin ser indiscreta. Le temblaron las piernas. Le sacó fotos al Cristo, como para disimular, y después al cuadro. La comunión de los pastores estaba en una capilla anclada en las montañas, a más de diez mil kilómetros de donde había sido pintado quinientos años atrás.

Los fieles se perdieron en los cerros. Las puertas de las capillas quedaron abiertas. El cura había desaparecido detrás del altar con la viejita que le hacía de ayudante. Pudieron acercarse más al cuadro. Tendría unos dos metros de largo por uno y medio de alto. A pesar del polvo y de la mugre acumulada se adivinaban figuras de hombres y de mujeres que languidecían en la cima de un cerro. Había granjeros, una vieja con un telar, un burro, un pastor con sus cabras, alguien que podía ser un sacerdote. Otros cerros continuaban en distintos planos, secos, como cubiertos de un manto de cuero de toro. Gris y negra la tierra. En cambio, el cielo regalaba colores alegres que se encendían unos a otros. Los hombres y las mujeres del cuadro levitaban con esas pinceladas características del pintor. Como algunos pájaros de montaña, esas figuras ya eran más del cielo que de la tierra.

El cura salteó churrascos con cebollas y les ofreció el vino dulce que usaba para la misa. Ellos quisieron comer poco, tal vez para mostrarse civilizados, pero el aire de la altura y el humo de la marihuana les había inflado el hambre y limpiaron los platos. Les parecía increíble que el cura hablara tan bien francés. El cura les comentó que su abuela había nacido en Francia, ella le había enseñado. No se interesó demasiado por la vida de ellos ni tampoco quería hablar de él. Apenas comió unos bocados de cebolla con pan. Al final de la cena, Christophe le pidió si les podía mostrar de nuevo la capilla. La recorrieron, cada uno sosteniendo un candelabro con velas encendidas. Cuando llegaron al cuadro, Christophe fingió sorpresa, dijo que era lindo y que le gustaría comprarlo. El cura contestó que todo lo que estaba allí pertenecía a la comunidad de los cerros. Virginie comentó que le encantaría llevarse el cuadro así recordaba su viaje por esa parte del mundo, era tan lindo ese lugar, y el cuadro mostraba muy bien todo eso, seguramente lo había pintado alguien de la zona, dijo acercando una vela a la tela. Se iluminaron los ojos del burro y de un pastor. El cura sonrió y explicó de nuevo que el cuadro pertenecía a la comunidad. Hablaba lento y siempre como si mirara un poco más allá de aquello que enfocaba. No le importaron los tres mil dólares que ofreció Virginie. Christophe dijo que tal vez podían pagar hasta diez mil, aunque el cuadro ni tenía firma, seguro que era de un pintor desconocido, y estaba arruinado de humedad, dijo ella, y de polvo, dijo él, pero igual subían la oferta, la gente de esa zona era demasiado pobre. El cura los miró y dijo que la comunidad apreciaba ese cuadro, no estaba en su poder venderlo, eso dependía de Dios. ¿Y cómo hablamos con Él?, preguntó Christophe, riéndose.

El cura entró en el cuarto pegado a la sacristía. Preparó dos camas para ellos y después lo vieron tirarse entre unos perros flacos. ¿Por qué no duerme en una cama?, le preguntó Virginie. Así le ofrezco el sacrificio a Dios, dijo, ya acostado sobre el suelo. También les dijo que se despedía ahora de ellos, en unas horas, en plena noche, saldría en burro hacia los cerros, había casas arriba, estaría unos días administrando sacramentos.

Virginie se acostó en una cama y Christophe salió a fumar tabaco. Miró el brillo rabioso del cielo, enmarcado por las cumbres. Entonces le pareció que el cuadro estaba bien en ese lugar: un pueblo levitando entre la potencia de las montañas y las riquezas brillantes que esperan del otro lado de la noche.

Los murciélagos revoleteaban alrededor del campanario, cazando insectos.

Aunque el cura ya había partido con el burro, ellos caminaban en silencio, casi en puntas de pie, como si la capilla fuera un museo minado de alarmas. Virginie colocó la tela enrollada dentro de un tubo de aluminio. Fueron hacia el Mitsubishi, lo empujaron y saltaron a los asientos cuando el auto tomó velocidad por el efecto de la pendiente. Christophe prendió el motor, aceleró, pero las piedras golpeaban la panza del auto. Había que tranquilizarse o romperían el cárter de aceite. Apenas se veía el camino que despertaban los faros y que se hundía y resurgía entre piedras. Menos mal que tenían el GPS. De los matorrales saltaban tucuras de lado a lado, atravesando la luz de los faros. No hablaban. A veces, Virginie miraba para atrás y tocaba el cilindro que contenía la tela que ella había desprendido del marco con su navaja. En doce horas, tal vez diez, llegarían a Chile cruzando por el Paso de Jama. Tenían documentos diplomáticos, nadie molestaría. Virginie bajó la ventanilla. Le sorprendió el aire húmedo, enseguida se largó a llover, gotas que estallaban en el parabrisas, aisladas unas de otras. Después ya fue una lluvia pareja, vertical y monótona, interrumpida por algún trueno que vibraba en las montañas.

Los limpiaparabrisas apartaban el agua con su coreografía. Llovía con calma, una lluvia mansa que no golpeaba la tierra sino que la bañaba.

Los sobresaltó el primer arroyo. Donde ayer había un lecho resquebrajado ahora pasaba una cuerda de agua marrón. Christophe metió las ruedas de a poco, el agua rascó la panza del auto, las ruedas volvieron a apoyar el peso del Mitsubishi sobre la tierra.

Ahora llovía fuerte, cascadas de agua que bajaban con viento y peso. Christophe tenía que esquivar las piedras que se habían desprendido de las paredes de roca. A veces Virginie tenía que bajarse para correrlas. Se embarraba las manos y la cara. Por momentos no se veía nada, sólo la lluvia casi encima, empañada por los faros. El agua también caía de las paredes de la montaña. Ese paisaje quieto y silencioso de la tarde anterior ahora era un gigante que movía sus aguas, sus rocas, sus ruidos.

El Mitsubishi se les quedó en medio de uno de los arroyos. Los faros casi que se hundieron en un pozo, iluminaron el agua desde abajo, como un submarino, el motor se apagó después de toser. Las ruedas sirvieron más de flotadores que de apoyo y el auto empezó a girar empujado por las olas hacia la cascada que rugía al costado del camino. Christophe ayudó a Virginie a subirse al techo del auto y de ahí, colgada de las hojas de una cortadera, pisó tierra firme. Christophe agarró el cilindro y estiró el brazo. Ella tuvo que meterse un poco en el arroyo y alcanzar uno de los extremos. Él también se colgó de las cortaderas para llegar a la tierra. En el cilindro se juntaron las sangres de los dos, las lavó la lluvia.

Se refugiaron debajo de una piedra que salía de la pared. Desde allí vieron cómo la corriente bajaba cada vez más rápido y más gorda. El agua negra pasaba por encima del capó y acercaba el auto a la pendiente. Oscuro, el auto parecía una roca que divide el cauce de un río.

La luna resplandeció en las rejas de lanza y en algunas cruces de hierro. El cementerio estaba ahí nomás. Se sentaron en uno de los banquitos de piedra. Christophe se tiró a dormir, Virginie le pidió que no se durmiera y le preguntó qué harían con todo ese lío. Ni bien el cura volviera de su paseo le subirían la oferta, una muy buena oferta, le harían entender que el cuadro tenía que estar en un museo y que el gobierno francés podría ayudar con donaciones a la comunidad. Tengo frío, dijo Virginie. Habían perdido todas sus cosas. Mañana, cuando baje el agua, las rescatamos del auto, dijo Christophe.

La luz todavía era azul y no dejaba ver más que sombras de arbustos o rocas no muy lejos. Desde arriba de los cerros se soltaba un cielo turquesa y rosa. Divisaron al Mitsubishi en un desbarranco, cuarenta metros abajo del camino. Apenas se veían las gomas y una puerta entreabierta. Lo demás eran plantas y barro que se le habían pegado como una barba. Imposible bajar hasta ahí, se podían romper una pierna y ahí sí que la cosa sería brava.

No sabían qué hacer, si caminar, si quedarse ahí. Salió el sol y al rato apareció un hombre a caballo y un chico, seguramente el hijo, encima de un burro. No se pudieron entender. El chico los ayudó a subirse al burro, uno pegado al otro. El hombre iba adelante con su caballo y el chico caminaba y los arrastraba con el bozal. No hablaban. Dejaron el camino de autos y se metieron en una huella marcada por animales. Volvían para el pueblo. Ristras de nubes aparecían desde las montañas, como si la tierra las pariera, y al rato todo el cielo estaba atravesado de largas franjas de nubes grises, parecido a un campo recién arado. Una aventura esto de rastrear arte, dijo Christophe y Virginie se rió. No tengas miedo, le dijo Christophe. Adelante, el hombre guiaba al caballo con silbidos.

Llegaron al pueblo. Los cascos del caballo y del burro sonaban en el empedrado. Apareció la nena con la bici, otra nena con una muñeca que le colgaba de la mano, tres chicos jugaban al fútbol. Los miraron pasar y después siguieron jugando. Se bajaron del burro en la puerta de la capilla. Una viejita arrugada como una nuez se acercó a Virginie con la mano estirada, ella le dio la mano, pero la viejita no quería saludarla, quería el tubo de aluminio. La viejita sacó la tela de adentro y desenrolló ahí mismo los colores alegres del cielo y los grises en las montañas. Afuera del cuadro era al revés. La tierra de colores y el cielo gris. Christophe se lamentó de no saber mejor español, no podía dar explicaciones por lo del cuadro ni hablar de otras cosas, como de fútbol, el cinco del Paris Saint Germain era argentino. Vamos a buscar un teléfono, dijo Virginie.

En el pueblo no tenían mucho que hacer. No había teléfonos, no había autos y tampoco señales del cura. Se sentaron en una vereda. Por lo menos sus ropas ya estaban casi secas. Sonó la campana de la capilla.

— C’est un si bémol.

Sonó de nuevo, y otra vez, y otra vez, y así siguió, y a medida que sonaba hombres y mujeres bajaban de los cerros cargando sus palas, lazos, machetes y demás instrumentos de trabajo. Se reunían frente a una placita, donde se quedaban medios quietos, como pintados. Virginie buscó a la nena de la bicicleta, ya no había chicos en la calle. Miró a la comunidad de los cerros, ahora se movía, ahora avanzaba hacia ellos dos.

Desde arriba del campanario se veían los colores superpuestos de la montaña, y, más abajo, las tumbas blancas de un cementerio.

Fuente: http://www.espanol.rfi.fr/cultura/20111209-marcos-crotto-gana-el-concurso-juan-rulfo-con-el-cuento-comunion

Cuento ganador Premio Juan Rulfo 2011 (.doc)