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Constantino Bértolo
Madrid a julio de 2015
“En tierra extraña. Memoria roja” (Manuel Fernández-Cuesta. Editorial Atrapasueños)

Para no dejar que los muertos, los combates, la injusticia y los recuerdos se disolvieran en la nieve de la memoria.
François Masperó

Sigo leyendo. Leo como forma de combate frente a la barbarie neoliberal. Leo para aislarme de un mundo que me ignora y que no entiendo (ni quiero). Leo para ser infeliz, conscientemente infeliz, amargamente infeliz. Leo para expresar mi rabia. Leo contra el orden y sus acólitos.

Manuel Fernández-Cuesta

En junio de 2013, Manuel Fernández-Cuesta, en un artículo en el aborda la figura, el pensamiento y la actualidad política de Gramsci, escribe: “Es difícil entender la actual agitación social sin comprender la historia reciente y las frustraciones individuales y colectivas que acarrea. Sin comprender que fuerza y consentimiento son las armas del capitalismo. La nueva hegemonía cultural (y política) que propone una parte del cuerpo social, vestida de multitud creativa, está indicando la necesidad de un cambio de modelo, otra constitución, otro marco general de relaciones. Las presiones del mercado y, por extensión, de la tecnocracia europea, están laminando las posibilidades de crecimiento y desarrollo de muchos países, especialmente en el sur de Europa. Gramsci con un candil, quizá una vela, encerrado, escribe sin tregua notas dispersas”. Parece conveniente recordar que por esas fechas todavía ni la organización de Podemos ni el concepto de Régimen del 78 ni la denuncia del bipartidismo como bestia negra de la Transición están presentes, que Izquierda Unida mantiene fuertes expectativas de crecimiento electoral y que prosigue el deterioro socio económico con sus inevitables efectos directos y colaterales: precariedad laboral, paro, recortes sociales, desconcierto general en el pensamiento crítico de las izquierdas. No se trata de señalar la clarividencia del autor en el juicio sobre “la necesidad de un cambio de modelo” sino de señalar cómo en el párrafo citado se encuentran algunas de las principales coordenadas intelectuales y políticas de su manera de pensar la realidad que le rodea: atención a la actualidad y a la historia, atención a lo individual y a lo colectivo, atención y delimitación de los conceptos desde los que se aborda la interpretación, atención y explicitación de los argumentos concretos que fundamentan esa interpretación y, last but not least, utilización del estilo alto como expresión de la síntesis o la hipótesis.

memoriaroja-portadaEntre 1992 y 2013, Manuel Fernández-Cuesta va a desarrollar una intensa labor de reflexión, interpretación y expresión sobre un conjunto integral de temas de corte diverso –cultura, política, información – que, más allá de la aparente dispersión de intereses, se entrelazan y aúnan fuertemente alrededor de un eje que tiene en la revolución su objeto y objetivo preferencial. Reflexión, expresión y escritura, es decir, una mirada crítica que tiene la realidad como punto de partida, como contacto con lo concreto, y la revolución como horizonte y punto de llegada. Para llevar a cabo esa tarea, el autor va a aprovechar y utilizar distintos cauces o publicaciones como la desparecida revista Ni hablar, los periódicos digitales Cuartopoder.es, Rebelión.org o Diario.es; o la prensa en papel como El Mundo, El País o Público. Pero es en las páginas de Mundo Obrero, medio en el que ejerció como Redactor jefe entre 1992-1997, donde se encuentra, al menos cuantitativamente, la mayor parte de su producción. Como bien se señala en la nota aclaratoria a esta edición, los textos que en este libro se ofrecen sólo representan una parte significativa de toda su amplia labor en prensa. Además, su trabajo como editor, tanto en Debate como en Península, supone un capítulo con especial relieve dentro del conjunto de la que debería ser considerada su obra total, pues al fin y al cabo un catálogo editorial, máxime si se realiza desde un criterio reconocible y autónomo, no deja de ser, a su modo, una forma de expresión y comunicación de una visión personal de la sociedad.

Como no deja de ser significativo que, además de estos muy distintos cauces de publicación, el autor haya utilizado, con oportunidad y buen entendimiento, el juego de las identidades y autorías para situarse y ocupar perspectivas diferenciadas desde las que abordar la complejidad de lo real. A ese respecto, entre los varios heterónimos utilizados por Fernández-Cuesta, el libro se centra en aquel que fue más duradero y completo, el de María Toledano (Memoria roja), al que se una buena parte por las razones que se explican a continuación. La firma de María Toledano y la del propio Manuel Fernández-Cuesta (En tierra extraña) ofrecen dos puntos de vista diferentes que permitieron al autor, aun manteniendo una mirada ideológicamente única y reconocible, afinar, hilar y entrecruzar observaciones y, al tiempo, ampliar posibilidades, credibilidad y verosimilitudes.
El recurso a la creación de María Toledano como rúbrica ficticia resultó ser un artificio de alta eficacia narrativa hasta el punto de que su personalidad como autora se dio como existente en muchos ámbitos de la izquierda. Construcción de un personaje y de una voz que el autor realizó con especial cuidado y talento al dosificar, con sagaz ritmo, la aparición de las convenientes señas de identidad personales que irían conformando el cuerpo biográfico de esa máscara desde la que esconderse y, a la vez, mostrarse. Sobre esa “persona” – per sonare – en donde la ficción y el discurso, columna a columna, se hacen sociedad y compañía, los lectores y lectoras iremos conociendo, texto a texto, sus cumplidas intenciones de “explicar el estado de las cosas y sus relaciones”.

Me llamo María Toledano, nací en Madrid en 1929 y, como tantos, pasé hambre en la posguerra. Pasar hambre –aviso para malintencionados – no es ningún mérito. Nadie concede medallas por eso. Durante bastantes años fui estalinista […] Cuando llegó la República tenía dos años. 1939: victoria de Franco. Tras el periplo de mi padre y tíos por diferentes cárceles, nos instalamos a las afueras de París. Era diciembre de 1949. Hacía frío. Siempre hace frío. Mi tío Antonio, una larga temporada en Ocaña, dormía en el salón en unas sillas. La casa era pequeña. Mi padre era tornero-fresador. Años después recorrí varios países socialistas. Pasé largas temporadas en la DDR. Viví en Moscú y Leningrado. Cuando volví a París, seguían dándome libros y artículos franceses e italianos sobre el socialismo real que leía con atención, señalaba sus virtudes y criticaba la manera en que eran presentados los hechos. Aprendí que los hechos, aislados de su contexto, no son hechos, son imágenes fijas, impresiones […] Era hija de rojos. La maestra, Sección Femenina, llevaba unos relucientes correajes. Con el paso del tiempo y para corroborar esta afirmación sobre la inexistencia de los hechos aislados, recurrí a una interpretación sui generis del argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, a la economía política de Marx, a los trabajos de antropología de Engels. Y a Lenin. Más tarde llegaron Freud y Braudel, Polanyi y Wallerstein y tantos otros. […] Será por haber nacido en España y haber pasado hambre. Con la edad, y tras haber superado diferentes sarampiones, he vuelto a ser estalinista. Mi padre, en la cárcel, leía novelas, recibía un trato humillante, sufría del estómago y comía bicarbonato. En ocasiones, tras recorrer cuatrocientos kilómetros –la distancia entre Madrid y El Dueso – mi madre y yo no podíamos entrar en el penal. Las visitas, sin previo aviso, se habían suspendido por orden del director. Corría el año 1944 o 1945. Todavía recuerdo el ruido de la verja y la mirada lasciva de los cancerberos.

El personaje de María Toledano representa y supone a la vez, la mejor muestra del talento del autor para mantenerse con singular acierto en las fronteras entre la ficción y el ensayo, y su muy particular sabiduría para fusionar las exigencias del periodismo con el carisma y estilo de una escritura que encuentra en el espacio literario sus credenciales. Desde esa doble posición autorial, a modo de un heterónimo del gran Pessoa, el autor se permite entrar con astucia y descaro en las realidades que la actualidad va poniendo en el calendario: los problemas de la emigración, los poderes de la Iglesia, las tensiones dentro de la izquierda, los nuevos lenguajes del capitalismo, los rasgos de la nueva clase obrera, la memoria histórica de la revolución. Temas y cuestiones que también el autor va abordando en aquellos otros textos que llevan su rúbrica civil pero que, al situarlos en la perspectiva de una voz femenina, de edad más que respetable y con una historia revolucionaria a sus espaldas, le otorgan una inteligencia que, más allá de lo individual como talante o talento, incorpora una conciencia y sabiduría generacional y comunista sin caer por ello en la tentación de la nostalgia: <<Parecerá que a mi edad, ochenta cumplidos, añoro el pasado. No es cierto. Añoro los restos de realidad –expresados bajo la forma de solidaridad de clase y conciencia de la necesidad – que existían antes de que el capitalismo acelerado, este modelo que hace de la falta de tiempo histórico su razón de ser, invadiera la vida diaria de las personas, su discurso propio, las relaciones afectivas y sentimientos>>. La memoria como arma cargada de futuro y como experiencia desde la que el presente cuaja y se descubre.

Con la invención de este personaje que acaba por tener vida propia y, por consiguiente, alcanza credibilidad y empatía, el autor mira y nos hace mirar el mundo y sus circunstancias. Desde esa credibilidad que le facilita intervenir con tono de amistosa y cercana camaradería, María Toledano, despliega una ironía afable, astuta y siempre en punta que le permite, entre otras cosas, realizar tareas de ánimo y acicate dentro del “espacio de revolución” en el que se mueve, pero también y sobre todo, de crítica y autocrítica difícilmente rechazables dado ese tono de “una de las nuestras” que el artificio retórico le proporciona. Con una pluma exquisitaobserva Marcos Roitmandiseccionaba los nuevos movimientos sociales y criticaba el quehacer del que era su partido, el comunista, y su coalición, Izquierda Unida”. Y Pascual Serrano señala como: “nos recordaba nuestra historia trágica, nuestros sueños comunistas, nuestros caídos, nuestra dignidad. Así estábamos obligados a estar a la altura”.

Nos hemos detenido en la figura y voz de María Toledano como instrumento retórico elegido por Fernández-Cuesta para dar expresión a buena parte de su entendimiento del juego dialéctico a que dan lugar las relaciones entre la realidad y las ideas sobre esa realidad, es decir, entre el sistema y el entorno cultural e ideológico donde tiene lugar su expresión y circulación. Si como decía Godard –un claro referente cultural para Fernández-Cuesta –, todo plano cinematográfico es una elección moral, cabe señalar que toda elección del punto de vista, del narrador o de la voz discursiva es una elección eminentemente política. La elección de María Toledano como lugar desde donde realizar la intervención supone una actitud que pone de manifiesto el valor que se concede a la tradición de lucha de los comunistas, a la experiencia de la historia como patrimonio y compromiso y a la necesidad de asumir las propios errores y contradicciones como instrumentos irrenunciables de una “memoria roja” desde la que proponer y construir los futuros. El logro de la legitimidad como piedra clave sobre el que se levanta el gesto político que supone escribir en un medio público que, como Mundo Obrero, es el lugar de expresión de una fuerza revolucionaria, representa la asunción de una responsabilidad que transparenta el animus operandi del autor; es decir, el lugar donde se sitúa respeto al mundo que lo rodea y desde donde va a dar cuenta de sus pareceres, juicios e intenciones. María Toledano como lugar político desde donde ver y hacer ver. María Toledano como esa elección ideológica donde la separación entre forma y contenido muestra y demuestra, a sensu contrario, la falacia epistemológica que supone dar por existente tal diferencia.
Al hablar de diferencias, parece conveniente señalar que la conquista retórica de la elección de María Toledano introduce en los textos una diferencia específica presente de manera manifiesta en el conjunto de la escritura de Fernández-Cuesta y que singulariza la tonalidad y textura de su voz con respecto a otras voces con las que sin duda comparte rangos y rasgos de interés. Entendemos que en su actividad como escritor político mantiene determinadas características y actitudes que hacen que su obra se integre dentro de la constelación política y literaria que tiene en autores como Vázquez Montalbán, Haro Tecglen o Leonardo Sciascia sus representantes más preclaros. Con ellos comparte de manera especial una cualidad esencial: la no confusión entre la actualidad y la realidad, esa tentación por la que tantos y tantos autores que utilizan los soportes y momentos del periodismo se despeñan hacia la superficialidad y la servidumbre. Esta cualidad le permite adentrarse en lo actual para, despejando el camino, desviar la atención hacia lo concreto, donde la complejidad de lo real se hace materia ya como señal, ya como presencia. Saber tomar el pulso al cada día sin confundir la fiebre con la enfermedad, la sangre con la herida. La actualidad no como representación de la realidad sino como síntoma de lo que esa realidad no deja ver como realidad: la lucha de clases, la impostura y la impostación cultural, la opresión como paisaje natural. La actualidad como esa mesa encima de cual se esconde a las claras la carta robada de las plusvalías sobre las que nuestras vidas se construyen y destruyen. Un periodismo crítico en la estirpe de Larra.

Esa es la familia de autores y escrituras donde la obra de Fernández-Cuesta tiene su lugar y contexto y nada tiene de extraño que estos autores y escrituras hayan sido objeto de su atención, análisis e interpretación o, por decirlo de otra manera: esa constelación de escritores que se hicieron oír desde las fronteras del periodismo y el ensayo constituyen, sin duda, uno de los espacios en los que su propia escritura encontraba y encuentra la interlocución adecuada. Porque su escritura, tanto en clave personal o en clave María Toledano, tiene mucho de conversación, de amplia y sosegada conversación con el presente y desde el presente –“El presente es el lugar de combate, el escenario, la cuarta pared, donde ocurre todo aquello que no debería suceder” –, pero con la participación de todas aquellas autorías que componen lo que bien podríamos llamar la gran conversación revolucionaria que Fernández-Cuesta convoca y conjura. Una conversación permanente que da lugar a que, a lo largo del proceso de lectura de sus textos, al tiempo que permanece la identidad de su yo autorial, ese yo se vaya preñando de todas las voces y ecos del conjunto de interlocutores que hacen su aparición y con las que el yo del autor entra en diálogo apasionado hasta el punto de que aquel yo se va transformando en un nosotros y nosotras que certifica, si falta hiciera, que estamos ante una escritura en común, es decir, ante una escritura comunista. Valga para tratar de explicitar tal característica con remitir a los lectores al tercer momento –‘Selección de nombres’ – del tercer artículo de la excepcional serie que, bajo el rótulo de “La España cañí” esta antología nos ofrece. Una selección de nombres que nos permitiría hablar de este libro como un libro de conjurados, un libro plural, un libro que es recuento, agrupación, células en reproducción: “Anaximandro y Anaxímenes, Milton, Juan Rulfo, Agustín de Hipona, Tomás, el Aquinate; Baudelaire, Copérnico, Demócrito de Abdera, Kant, Azuela, Hegel, Quevedo y Hume; Descartes, Leibniz; Lutero, Séneca, Maquiavelo y Moro; Ockham, Platón, Locke, Cicerón, Sartre, Althusser; Hobbes, Gide, Anselmo, Aristóteles, Fichte, Tales, Shakespeare, Cervantes, García Márquez y Cortázar; Felisberto Hernández, Saer, Zola, Hölderlin, Dickens; Goya, siempre Goya, y Picasso, Lenin, Vélez de Guevara, Kautsky, Lukács, Anselmo Lorenzo, Hugo, Goethe y Robespierre; Kafka, Pessoa, Deleuze, García Hortelano […]”.
Ese tono de conversación, esa aparente renuncia a la autoritas, ese dejarle sitio a los lectores y lectoras en un espacio plural en el que su voz comparece como una más, constituyen la pertinencia de su estilo, la diferencia específica que hace tan singular la escritura y la inteligencia política de Manuel Fernández-Cuesta. Siguiendo a Maquiavelo sabe hacer del estilo estrategia, del tema táctica y de la actualidad ágora. Apoyándose en Spinoza –“la mayor parte de los errores consisten simplemente en que no aplicamos con corrección los nombres de las cosas” – busca el lado oculto de la semántica que el capitalismo impone cuando nos habla de democracia, derechos, trabajo, terrorismo o bienestar. Una lectura inteligente –‘entrelagente’– del leninismo le lleva a entender que: “Las constantes luchas actuales están demostrando que se imponen formas de organización adaptables al terreno. Formas sensibles, moldeables, organizaciones líquidas que cuestionen, desde la raíz, la primacía del surfeo permanente que nos impone el consumo y la precariedad. Ante el enemigo fijo del pasado, las organizaciones férreas cumplieron su misión de ariete. En la actualidad, cuando el poder se ha diluido en la esfera de lo intangible, los mercados, las organizaciones tienen que limar sus formas clásicas hasta convertirse en reflejo de esa misma intangibilidad. Si la lucha política actual tiene un fuerte componente de descontento social y emocional, la estructura combatiente tiene que albergar también lo emocional. Emoción y política ya no pueden separarse”. Escuchando a Marx señala que si la verdad siempre es revolucionaria, también la revolución lo es: “Leer a Marx no es leer a Aristóteles. Marx es acción, movimiento transformador, crítica del estado y de sus aparatos de coerción, la teoría del valor y la plusvalía; Marx formulará también el instante revolucionario, el tempo revolucionario, partiendo de que el carácter de la sociedad está determinado por su modo de producción”. Releyendo a Lacan recomienda la autocrítica como momento propicio para que “reflexionemos sobre nuestros pecados antes de abandonarnos a la lujuria del pensamiento”. Asumiendo el valor de un Sciascia, es capaz de enfrentarse al oportunismo y asumir como comunista las piedras que la propia historia del comunismo ha tirado contra su tejado: “Tener que explicar ahora, en 2005, que el estalinismo es –al margen de los indudables excesos– una forma moral y política de organización social y económica desarrollada en un contexto concreto, debería resultar innecesario. Y lo es […] Durante muchos años fui estalinista. Alguna buena razón tendría”.

Como ya se ha recordado, el abanico de temas e intereses que Fernández-Cuesta aborda es amplio, múltiple y diverso pero, a la vez, conforma un espacio coherente, sólido y bien entramado. Desde el análisis de la situación internacional Estamos en una nueva forma de edad media y el imperio, para defender los sacrosantos lugares –cualquier sitio es hoy lugar sagrado para la expansión de la democracia de mercado– lanza bombas y telediarios con la aquiescencia de la comunidad internacional”­hasta el conflicto palestino, pasando por Cuba y sus avatares Existen países pequeños con ideas, empeños y esperanzas. Existen países alineados con el capital internacional y otros, como Cuba, que eligieron hace tiempo la escabrosa senda de la soledad. Y en el camino siguen. Como recordó Alejo Carpentier: ´Hombre de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendental es el de la Revolución Cubana´”–, ningún conflicto, cuestión o tema parece resultar ajeno a su interés o a su mirada. Sin embargo, es posible considerar dos campos de atención sobre los que se detuvo con especial preocupación: la situación de la izquierda y el lenguaje como ideología. Sobre esto último su recelo era evidente.

[…] palabras imposibles, torturadas e inutilizadas como casi todas las que usamos para conservar la ilusión de la comunicación. Pero las palabras, en el sentido convencional de signos dotados de significación reconocible por el conjunto de los hablantes, no existen fuera del cacareo ideológico –un bombardeo constante– de los medios de difusión del pensamiento liberal. Son, en estos tiempos donde reinan los asesinos vestidos de púrpura multinacional, sonidos vacíos, gestos del paladar y la lengua, de las cavidades de la boca por las cuales circula el aire. Sonidos con cierto valor de uso en contextos preestablecidos. Fórmulas impuestas por el poder para que el capital exprese deseos y necesidades, sus sentimientos de clase, sus gustos: la distinción que les caracteriza. Han conseguido que hablemos con sus palabras. Si repetimos sus términos sin advertir la carencia de significado, reproducimos su visión del mundo. La lengua del poder encierra una trampa mortal. Impide que recordemos cuál es el punto de vista, es decir, desde dónde miramos la realidad.

[…] El significado está vedado ya que carecemos de su propiedad.

[…] Habitamos el territorio de lascastas políticas y económicas, los crecepelos y la democracia formal: la mentira con marchamo oficial.
Consciente de la <<delicadeza ideológica>> del instrumental lingüístico y de su facilidad para lo que algunos malos, aunque abundantes, criterios llaman escribir <<brillante>> –sus artículos sobre Millás o Lenin son prueba de ello–, supo vigilar para no caer en la tentación de una prosa con campaneo de yuxtapuestas, apostando por una escritura clara, transitiva, en la que el rigor y la precisión se anteponen a la vanidad de aquellas escrituras que parecen escucharse a sí mismas. Siempre atento al lector implícito y explícito que el medio de expresión en uso implicaba, se esforzó con éxito en conseguir una escritura sin servidumbres espurias y al servicio del mayor grado de comunicabilidad, tratando de evitar la inevitable opacidad con que la hegemonía semántica del capitalismo nos infecta la expresión. Una escritura de vocación demostrativa que ha de luchar contra la dominación de clase que convierte en refractarios los acercamientos demasiados transparentes porque impiden ver las resistencias que muchas veces el pensamiento encuentra cuando pretende lo espontáneo. Escritura en meandros que amplían la cuenca en la que el tema o cuestión crece, pero con un cauce profundo por donde discurre el caudal cargado de ideas, sugerencias, atisbos, apuntes, pequeños ensayos y reflexiones. Un cauce hondo, profundo, que deja ver un lecho de conocimientos sobre Filosofía o teoría Política. Un caudal agitado pero sereno en su compostura a pesar de las turbulencias interiores que la escritura deja adivinar. Sin aspavientos pero sin reservas o recelos, escritura comprometida, es decir, sin miedo a comprometerse, a molestar, cuestionar, discrepar, pero también con miedo a coincidir, a apoyar, a sostener o defender. El lenguaje propio de quien se muestra interesado más en conversar que en imponer y que, al tiempo que escucha y habla, se pregunta sobre el significado de las palabras colectivas pues teme, con razón, que el lenguaje muestre su capacidad provocar engaño o confusión.

Evidentemente, su preocupación por el lenguaje, la lucha por las palabras, no es cuestión que el autor plantee desde un mero ángulo teórico. Sabe bien que el lenguaje puede ser utilizado como un arma de destrucción masiva, un arma de especial relieve en la lucha por la revolución y que, por consiguiente, constituye un elemento fundamental en la acción revolucionaria. Y ese es, sin duda, el tema que atraviesa el pensamiento y las intenciones sobre las que se levanta la mayoría de los textos de este libro. Para Fernández-Cuesta, el ser y el quehacer de la izquierda tienen una respuesta única: la revolución. En este sentido, el autor no marea la perdiz preguntándose sobre las esencias del comunismo. Se atreve a saber desde ahí, desde la conciencia de quien se presenta como revolucionario comunista que no renuncia a ninguna pregunta pero tampoco a ninguna respuesta: “El comunismo –escribe al reseñar el libro Cuba 2005–, por tanto, en su aspiración a la igualdad, negando toda forma de explotación, es la verdadera y real democracia. Muchos –incluso los escasos socialdemócratas de buena fe– se sorprenderán con afirmaciones de esta naturaleza. La igualdad (en un sentido amplio del término) debe ser el cimiento de la sociedad democrática. El estado de derecho –una conquista burguesa frente a los poderes de la aristocracia, una forma compleja y sutil de regulación de la injusticia cotidiana– es sólo un capítulo, un paso (pequeño y, a veces, tramposo) hacia el socialismo. No es un fin, no es el destino final del tren de la historia. Es el arranque del viaje. Es la condición necesaria –hoy por hoy y teniendo en cuenta las circunstancias objetivas– para ahondar en la senda (perdida) del socialismo transformador”.

Esta falta de reservas en su aceptación del comunismo como ideología y como meta no deja de ser sorprendente en un campo en que las reservas ideológicas explícitas son lo usual y adecuado si se quiere militar en las filas de la intelectualidad abierta. Una vez más su lenguaje se muestra franco y, más allá de la ironía impertinente, se adentra en el sarcasmo como herramienta de denuncia: “Hemos leído tanto a Marx que ya no sabemos interpretar sus textos. Hemos citado tanto a Marx, en cualquier situación, con cualquier excusa, que hemos olvidado de dónde provienen las citas y su utilidad práctica”. Pero se equivocará quien piense que la capacidad de encontrar o aceptar respuestas le impide enfrentarse a las preguntas que los nuevos tiempos obligan a incorporar. Todo lo contrario, en su equipaje teórico no faltan las últimas aportaciones de la literatura crítica de la izquierda revolucionaria, del “pensamiento débil” de Vattimo a la “modernidad líquida” de Baugman pasando por Derrida, Deleuze, Laclau o Negri. Fernández-Cuesta lee, sopesa y toma buena nota de las preguntas que los escritos de los nuevos teóricos plantean. Lo que no concede es patente de corso a lo nuevo por lo nuevo –“la verdad hay que saber situarla”, solía repetir citando a Saussure–, ni está dispuesto a instalarse, como otros muchos que acaban por hacer de la heterodoxia, religión, en la contradicción como espacio intelectual confortable e inamovible:Si no fuera injusto diría que la izquierda se sentó una tarde en un diván de terciopelo rojo y le gustó la textura, la suavidad, la caricia. En realidad sería una injusticia histórica. Por eso es mejor no pensarlo”.
Su pensamiento y actitud frente al ser, el estar y el quehacer de la izquierda revolucionaria vienen determinados, a mi entender, por su biografía. Manuel Fernández-Cuesta pertenece a la generación de militantes comunistas que, sin haber protagonizado la llamada Transición democrática, se incorporaron a la vida militante del PCE e Izquierda Unida cuando el escenario político estaba dominado por el reparto entre PP y PSOE, partidos que ocupaban el tablero de la democracia representativa que la Constitución del 78 representaba con general aceptación, un escenario donde el papel de fuerza de transformación social que el PCE e Izquierda Unida pretendían desempeñar apenas encontraba eco y territorio. Desde esta situación de partida, el autor opta por intervenir analizando tanto las causas como los efectos que el estado de correlación de fuerzas parece determinar. De ahí su insistencia en dar cuenta de las características concretas del capitalismo que se está sufriendo y en especular utilizando conceptos como “capitalismo espectacular” o “turbo-capitalismo”. De ahí también su insistencia en que fuerzas como Izquierda Unida deben saber incorporar las condiciones objetivas y subjetivas que su victoriosa instalación provoca, al menos desde la caída de la URSS. Insistencia en ese doble campo que citas como las que siguen ilustraría de manera suficiente:

El mundo construido por el capitalismo espectacular es un permanente anuncio que expone y repite con insistencia las ventajas de vivir en (dentro de) un anuncio. En el acogedor salón de la acogedora clase media (que vive, a tenor de su inexistente contestación social, negando su propio empobrecimiento) los obuses caen en remotos paisajes filtrados por el brillo y el contraste de la televisión.[…]
Es práctica usual remontarse a la transición democrática para explicar las simpáticas ocurrencias que constituyen la estructura ideológica de la izquierda actual. Al aceptar (alentar) la forma-estado surgida de la Constitución de 1978 se claudicó. Fue una rendición y se entregaron las armas. Las élites políticas lo sabían (desde la pizarra de Suresnnes al eurocomunismo como práctica posibilista) y generaron un estado de opinión favorable a la democracia de mercado. En este clima, la mayoría asumió la monarquía y sus deportes de invierno/verano, la economía social de mercado con sus desregulaciones y su desempleo estructural y el parlamento como único escenario de la práctica política con sus diputaditos –tan flamantes y verbeneros –, sus corbatitas y sus mediáticas comisiones de investigación. ¿Cómo pretende alguien que en esta feliz reserva natural, creada para solaz de las familias y su atolondrado consumo pueda prosperar un pensamiento anticapitalista?

Con ocasión de la elecciones municipales y autonómicas de 2003, después de poner de relieve la incomodidad de lo real IU, que nació como movimiento de amplia base social, no ha conseguido conectar con la natural dispersión del electorado crítico” realizó un diagnóstico premonitorio que muchos en su entorno se negaban a aceptar: “Es conocido que existe una bolsa crítica que, elección tras elección, se sumerge en las filas de la abstención. Mujeres y hombres que consideran, quizá con cierta dosis de razón, que las formaciones de la izquierda clásica no representan sus intereses de clase. Ahí, en ese conjunto dispar aunque rico en ideas y alternativas, se encuentra una parte de la izquierda real. Quizá sea una pequeña parte, disgregada, pero es muy difícil concebir una organización comunista, hacer política alternativa para tiempos de capitalismo salvaje, constituir un nuevo sujeto histórico, sin tener en cuenta ese variado universo de contestación que adquiere cada día más fuerza y presencia”. Podemos, por tanto, hablar de la presencia en sus escritos, al menos hasta 2008, de un pensamiento político “transicionado”, determinado por las características de una Transición en cuya gestación no se ha participado y que obliga a actuar políticamente dentro de los límites marcados por unas coordenadas que no se comparten El dilema reforma o ruptura (una falsa elección, ya que en ningún caso se planteó la ruptura en términos revolucionarios) se resolvió con una ley de punto final nunca escrita, pactos con olor a silencio” por más que desde la responsabilidad militante se arrope la línea política que las organizaciones correspondientes señalen. Entiendo que esta “incomodidad” política no sólo define en parte su pensamiento, sino que es generalizable a otros muchos militantes y luchadores y luchadoras de su generación.

De ahí que el estallido de la crisis y la onda larga de sus efectos sobre el 15M den lugar a que su mirada atenta se obligue a comprender la geología de la revuelta social que dará origen a hechos, como el surgimiento de Podemos, a los que, por desgracia, el autor no pudo asistir. Desde esta perspectiva, bien podríamos haber repartido los textos de esta antología en dos apartados dedicados a los textos pre-crisis y a los textos de la crisis. Habría tenido sentido desde un punto de vista cronológico pero es, precisamente, la discontinuidad cronológica que hemos elegido la que pone de relieve la sorprendente continuidad de su visión de la realidad, hasta el punto de que pueden detectarse en sus escritos interpretaciones y propuestas precursoras de la nueva política en que hoy nos movemos, en tiempos muy anteriores a la crisis:
El sujeto histórico transformador, que urge reconstruir desde las señas de identidad de la izquierda –propiedad de los medios de producción, libertad, igualdad, fraternidad, justicia– y no desde los nuevos valores sociales herederos de la caridad tales como la solidaridad y sus aledaños, tiene que ser capaz de desarrollar una nueva conciencia de clase. Esta conciencia de clase sólo puede ser conciencia de la clase explotada: de los explotados, cualquiera que sea su situación laboral –activa o inactiva– o económica. De la misma forma que el pensamiento dominante es el pensamiento de la clase dominante, la respuesta colectiva sólo puede ser la respuesta articulada, ideológica, de la clase explotada. Para una formación que se reclama parte de la izquierda –al margen de que lo sea o no en realidad y de que represente o no a toda la izquierda real– el referente tiene que ser el mundo del trabajo, la explotación universal y la carencia de derechos colectivos. Esta conciencia es el pueblo de Porto Alegre, una colectividad que demanda referentes claros e ideas nuevas para combatir esta perversa y avanzada forma de capitalismo tecnológico-espectacular.
No estamos hablando de ningún mágico rasgo profético ni de nada semejante, sino de la reunión en la figura de Manuel Fernández-Cuesta de unas circunstancias “biopolíticas” que le permitieron “escuchar” con acierto los cambios y movimientos que estaban teniendo lugar. Sin duda, su interpretación del “qué-está-pasando” responde a esa posición generacional ya mencionada que, a la vez, se ve reforzada por su frecuentación de aquellas propuestas teóricas y prácticas que incidían en la misma dirección. Por un lado, su especial atención a Gramsci y a su concepto de hegemonía; por otro, su lectura crítica pero interesada de las obras de Negri, Lakoff, Boltanski o Badiou. Este bagaje biográfico y crítico es, sin duda, el que le permite ver y sentir lo que más allá de la obviedad se está produciendo:
Los partidos políticos progresistas intentan apropiarse –sin lograrlo, su desconcierto es profundo– de la espontaneidad que emana de la calle. El 15M, con todas sus contradicciones, ha abierto, quizá sin saberlo, la puerta a una versión radical y sorprendente de la idea de hegemonía, de bloque hegemónico. Las margaritas que rodean la sobria lápida de Gramsci en Roma estiran atentas su tallo y se agitan –en Italia– ante el denostado y confuso movimiento 5 Estrellas del cómico Beppe Grillo y, aquí, por el impulso de los diferentes movimientos y asociaciones contestatarias. Frente al verso de Leopardi, “conmigo morirás cuando me apague”, el pensamiento de Gramsci reaparece libre, indómito, ajeno a la tensión de la vida cotidiana del desaparecido PCI.

Es su capacidad para conjugar la memoria roja –entrelazando las lecciones de la revolución francesa, de la Comuna y la evolución soviética con las experiencias más directamente asimiladas del gobierno de Salvador Allende, la Revolución de Abril en Portugal y el auge y caída del Partido Comunista italiano– con la necesidad, que los tiempos actuales exigen, de desentrañar las claves de esa realidad dialéctica que al tiempo que se muestra se esconde, lo que caracteriza su aportación política. Es la coexistencia en su inteligencia narrativa –y por tanto, en su imaginario político– de la mirada de la mejor tradición comunista –María Toledano– con aquella que observa lo nuevo que emerge ­a lo que da vida Lola, la nieta de María–; es la convivencia de dos sensibilidades comunistas que se complementan.

Hace días que no veo a mi nieta Lola. Anda enfrascada en eso que se está llamando Movimiento 15M. Duerme en la Puerta del Sol, asiste e interviene en las asambleas, colabora en la organización, redacta documentos, hace bocadillos, traduce, graba vídeos: vive. Mi nieta, como los acampados y simpatizantes, está viviendo su política real en tiempo real. Aunque solo fuera por ese soplo de instante asociativo que recorre, aparente fantasma anticapitalista, una parte de la juventud, esta curiosa insurrección popular merecía la pena. Miles de personas apoyan esta protesta, algunas organizaciones políticas (minoritarias) respaldan a los indignados: monopolizaron la campaña electoral y la rancia voz de los analistas. El 15M tiene entidad propia y espontaneidad creativa, resuena en las asambleas, y camina. Lo interesante sería saber hacia dónde.

Alessandro Manzoni entendía que un buen libro de ensayo debe cumplir al menos con tres presupuestos: la utilidad como objetivo, la verdad como tema y el interés como medio. A nuestro entender este libro cumple con todas esas condiciones y algunas más. Estamos atravesando momentos de cambio y por tanto de incertidumbre y desconcierto. En momentos así, la necesidad de orientación, de miradas que nos permitan hacer una lectura correcta de las tensiones y posibles peligros políticos que están teniendo lugar es absolutamente conveniente. Hay algo de libro de viajes en Memoria roja. En tierra extraña, de experiencia personal de quien vivió en “estado de revolución” una parte decisiva de la historia contemporánea. Desde la duda a la esperanza. No la duda como buen lugar donde habitar cínicamente. No la esperanza como un tirarse las orejas uno mismo por ver de salir del hoyo. La duda como momento hacia la acción; la esperanza como meta a construir y proponer. Hemos tratado de dar cuenta de las razones que hacen de este libro una buena brújula para estos momentos en que el tiempo se nos echa encima, con los cambios que provoca la aparición de Podemos como la izquierda que no es de izquierdas ni de derechas. Entendemos que en el libro se recoge la trayectoria de un intelectual que quiso no sólo “comprender el mundo sino transformarlo”. Por eso, antes de dar por finalizado este prólogo vemos la necesidad de prestar oído y atención a la vivencia revolucionaria que Manuel Fernández-Cuesta propone y representa. Un ser y estar que vive la revolución como urgencia y como violencia. Que habla con mesura y medida pero con contundencia. No en vano en este libro se transparenta una especial admiración y respeto por dos revolucionarios a los que el autor remite con especial trato y querencia: Robespierre y Saint-Just. No es casualidad, sino elección. La apuesta de un comunista que nos quiere hacer conscientes de que, más allá de las palabras certeras, la historia que está por escribirse requiere verdad, imaginación y fortaleza. Un libro para este hoy que es un ayer y es un mañana. Para un hoy en el que bien podríamos decir de Manuel Fernández-Cuesta lo mismo que en una ocasión él escribió sobre Malraux: Los muertos nunca pierden el tiempo. Y nos siguen hablando.