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Sebastián Peñuela Camacho. 

Ciencias Políticas, Pontificia Universidad Javeriana

Fotografías: Marina Gallardo Izquierdo

(Madrid, España 13 febrero)

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“En el fondo, la tristeza después de Vistalegre II, esa que se podía leer en algunas de las caras de los asistentes, la misma que retrata la enfermedad que está sufriendo Podemos en estos momentos, no es propiamente la del debate ideológico, sino por el contrario, su incapacidad por siquiera afrontar la paradoja de la política”

Afirmar que los libros de historia hablarán de Podemos no significa, por ningún motivo, una frase vacía. A pesar de ello, hoy por hoy, son todavía pocos quienes han estudiado a fondo este partido político español que, por sus antecedentes y el contexto en el que surge, se presenta en la actualidad como uno de los faros de esperanza ante el confuso y oscuro momento en el que nos encontramos. Son ampliamente conocidas sus hazañas, esas de cómo en apenas dos años, un grupo de profesores universitarios y activistas sociales, lograron pasar de la calle a las instituciones con una mochila cargada de ilusiones y anhelo por una verdadera democracia. El mundo mira constantemente a Podemos, lo reconoce como un partido distinto -quizás como el posible horizonte hacia el que deben ir los nuevos proyectos contrahegemónicos- es en definitiva ese ejemplo vivo de cómo hacer política lejos de la vieja política y de cómo sobrevivir sin ser financiado por los bancos. Podemos tiene sus soportales en el apoyo y la cooperación de su militancia, aquella que se reúne semana tras semana en los distintos círculos políticos que se establecieron en los barrios de las ciudades españolas tras el 15 M, y que el pasado fin de semana llenaron las graderías del II Congreso de Podemos (Vistalegre II) con una asistencia de aproximadamente 10.000 personas.

Sus militantes, provenientes desde los distintos rincones de España –que para transportarse hasta Madrid se organizaron y autogestionaron en los temas referidos al alojamiento y transporte- asistían a un congreso que, días atrás, se anunciaba como la antesala de una verdadera batalla campal. La fraternidad por la cual se reconocía a Podemos, esa misma en donde se pregonaba que los líderes no son por ningún motivo el centro del partido y que las diferencias eran precisamente el abono que hacía crecer la primavera podemita, se fracturó en Vistalegre II. Los abrazos que quedaron en la foto final del evento político, son ahora el reflejo de una triste realidad, y a su vez, el verdadero reto que les exige la historia: sobrevivir a las paradojas que apagan la llama de la esperanza. Como si se corriese contra un muro, las hazañas de Podemos, la mística que giraba en torno al partido morado que representaba la feminización de la política y las aspiraciones por la localización y la descentralización del poder, se estrelló ante el muro de la realidad: el debate se terminó por zanjar con un fortalecimiento de la figura de Secretario General, una diversidad aún más limitada, y unos resultados para el consejo ciudadano (el órgano central del partido), donde de los diez más votados para componer dicho órgano, apenas dos fueron mujeres.

Del “no nos representan” al “si se puede”:

Podemos fue una necesidad histórica. En un contexto de crisis económica y política, que se refleja cada vez más en la definitiva ruptura de los tradicionales sistemas de partidos y el desmantelamiento de la burbuja del Estado de bienestar, en España se encendió un fuego de esperanza con lo que se terminó por denominar el 15 M. Este movimiento social, espontaneo y producto de la inherente rebeldía ante un futuro oscuro e incierto, tuvo como una de sus principales consignas la necesidad de comenzar a repensar el limitado sistema democrático instaurado hasta el momento. De ahí aquellos memorables carteles que adornaron la mítica Puerta del Sol y las principales plazas de España, reafirmándole a la casta política que: “no nos representan”; “me gustas democracia, pero estás como ausente”; “no somos antisistema, el sistema es antinosotros”; “nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. La Puerta del Sol, durante unos meses y posteriormente en los círculos barriales que se crearon en las distintas localidades de las principales ciudades españolas, se comenzaron volver la expresión viva de lo que es, por esencia, la democracia. Podemos surge en ese contexto, porque supo atender al llamado de la historia y, en definitiva, porque se atrevió a emprender la difícil tarea de conquistar el espacio de las instituciones, entendiendo a éstas como un mecanismo fundamental para el cambio social.

En apenas tres años desde su fundación, Podemos pasó por los tiempos de las hazañas electorales, aquellas donde, a pesar de su juventud, irrumpió en las instituciones europeas con una importante representación, fracturó el sistema político español y llegó a al Parlamento de España como tercera fuerza política, rozándole los talones al histórico Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Haciendo uso de los círculos surgidos tras el 15 M y alimentado por una mística que los hacía ver ante la gente como un partido distinto, Podemos buscó afirmarse como la verdadera y única opción política para el cambio. Tal y como lo reconocen la mayoría de las partes que lo componen, y como también lo hacen sus distintos aliados electorales en las regiones de España, Podemos logró estas hazañas porque se volvió una verdadera maquinaria de guerra electoral. El nacimiento de una figura carismática y rebelde como Pablo Iglesias, acompañado por un impecable equipo encabezado por su amigo y compañero de luchas, Iñigo Errejón, fueron elementos decisivos para el rápido crecimiento electoral que tuvo Podemos en apenas tres años. En sus mítines de campaña coexistían los distintos movimientos sociales que puede haber en la actualidad –desde los anticapitalistas, pasando por los ecologistas y LGTBI, hasta llegar al histórico movimiento feminista- siempre trabajando unidos y planteando en la agenda política los temas olvidados por la “vieja política”. El joven partido se leía como un espacio de fraternidad, democrático, donde las diferencias podían convivir gracias a ese común objetivo, ese que precisamente los hizo nacer: devolver las instituciones a la gente.

De la fraternidad a la pelea del “y tú más”:

Los días previos a Vistalegre II, estuvieron marcados por un duro debate entre las distintas posturas que convivían en este joven partido. Posturas que, como un fiel relejo del momento histórico, representan el más actual de los debates en el ámbito de la teoría política. Por un lado, estaba Pablo Iglesias, Secretario General del partido y ex candidato presidencial, que planteaba a un Podemos devuelta a la lucha antagónica entre la izquierda y la derecha y, en definitiva, como un partido netamente de oposición ante el débil gobierno de Mariano Rajoy (la tesis del bloque social de Antonio Gramsci). Por ello, a pesar de estar en las instituciones, frente al triunvirato que está componiendo el PSOE, el partido de derechas Ciudadanos, y el Partido Popular de Mariano Rajoy, la tesis pablista propone volver a cavar trincheras en la movilización social, volviéndose así Podemos un altavoz parlamentario de la lucha social. De esta forma, se renuncia a la media social –aquellos que todavía no votan a Podemos- en búsqueda de reafirmar y asegurar a los que ya están –los militantes de calle que principalmente componen al partido-, en otras palabras, una apuesta por la radicalización del discurso desde la perspectiva de la izquierda y el reconocimiento de las históricas luchas sociales.

Quién hasta hace unos meses era su mano derecha, Iñigo Errejón, encabezó la corriente que se enfrentaba a Iglesias y su entorno, planteando que la única forma para que Podemos se pueda convertir en una verdadera fuerza de gobierno, pasa por superar el debate de antaño entre izquierda y derecha. Esto es entender al momento político como una lucha entre los de abajo –los damnificados de la crisis política- contra los de arriba -los poderosos que han generado la crisis- y que exige, en consecuencia, plantear la lucha desde la transversalidad social (esta es la tesis de “construcción de pueblo como actor político” expuesta por los teóricos posmarxistas Ernesto Laclau y Chantal Mouffe). De esta forma, de acuerdo a Errejón, para que Podemos pueda ser un partido ganador, debe éste hacer una combinación entre la tesis populista -basada en la construcción de una mayoría social sin etiquetas y que define su identidad a partir de la distinción entre el “nosotros” y “ellos”, “los de abajo” y “los de arriba”- y la reinterpretación de Podemos como un partido, ya no que asuste y de miedo, sino que es funcional porque defiende y construye a un pueblo, también, a partir del trabajo en las instituciones.

Foto abajo: Foto: Manifestación #Fueralamafia (05.11.2013)

Como una importante minoría dentro del partido, el movimiento de los anticapitalistas también hizo sus aportaciones al debate ideológico. Provenientes de los distintos movimientos sociales, todos de mayor trayectoria política que el mismo Podemos, trajo al debate político la importancia de una verdadera feminización de la política. Manteniendo un discurso claro y coherente, los distintos representantes del movimiento anticapitalista, que a diferencia de las corrientes que dirigen Iglesias y Errejón, lograron crear un discurso que superara la mística entorno al personalismo político. Sus documentos políticos abogaron por profundizar la relación antagónica con los partidos del bipartidismo español, el Partido Popular y el PSOE, abogar por un Podemos radicalmente democrático, vinculando de nuevo a la sociedad civil, y siendo este el generador una nueva gran movilización social por el cambio.

El debate que en sus inicios era fraterno, terminó por volverse un verdadero campo de batalla de acusación entre las distintas corrientes políticas que conforman a Podemos. Sin ser claro para el público externo, incluso para quienes son sus votantes pero que no hacen parte activa de los círculos políticos, el conflicto ideológico escaló a tal punto de volverse ya un debate personalista y de lucha de poder. O incluso, pudiese ser que todo fue a la inversa: el personalismo y la lucha por el poder terminó por profundizar las diferencias ideológicas. Todo llegó a un punto radical, y no en el sentido democrático, donde algunos tildaron a sus propios compañeros y compañeras de partido como traidores y falsos; parecía que incluso ya no fuesen del mismo partido.

De una asamblea ciudadana a un congreso por el poder:

La tensión entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, aquellos que eran compañeros de lucha social y amigos de antaño, devoró el congreso de Podemos. Se polarizó el debate durante las semanas de votación y el resultado terminó por ser la clara representación de esto. En los días previos a la asamblea ciudadana, Pablo Iglesias, puso su cargo a disposición, e incluso su escaño en el Parlamento, si sus documentos políticos no eran los ganadores ¿Las diferencias ideológicas eran tan radicales como para no poder asumir y representar a las ideas de los otros? Más aún, ¿esto no es precisamente en lo que consiste la construcción de un movimiento democrático? Lo que si queda claro es que, con la aplastante victoria de Iglesias, y la precaria representación de los anticapitalistas debido al sistema electoral diseñado por el nuevo número dos de Iglesias, Pablo Echenique, la pluralidad cada vez se hacía un horizonte más lejano; los anticapitalistas, pese a sacar un 13% de la votación quedaron con apenas un 3% de representación en el consejo ciudadano. En definitiva, el Podemos previo de la asamblea de Vistalegre I, es completamente distinto al Podemos que ha quedado tras Vistalegre II.

Estar en una de las sesiones organizadas por los círculos de Podemos y asistir a Vistalegre II en las graderías, alejado de las cámaras de televisión y el foco mediático de los líderes políticos, es la óptima posición que permite ver que, como siempre, es al final la “gente invisible” quienes dan las verdaderas lecciones en política. En el encuentro feminista que se celebró en el multicultural barrio madrileño de Lavapiés el martes 7 de febrero, de acuerdo a lo expuesto por los mismos militantes, contrario a los demás actos de campaña previos a Vistalegre II el encuentro feminista había logrado convocar una cantidad de gente que precisamente había estado ausente en los demás eventos. Asistió una gran diversidad de público que se componía por mujeres y hombres de todas las edades y estilos. El evento que había sido organizado por la única lista que iba unida hacia Vistalegre II –una confluencia únicamente para los documentos sobre feminismo, compuesta por la corriente de Iglesias y la de los anticapitalistas- terminó por volverse una interesante expresión dialógica. La gente tuvo la capacidad de escuchar a sus lideresas, pero también de preguntarles y cuestionarles, de dialogar y compartir unos minutos cuando ya el evento se había acabado. Fue un espacio para el diálogo, para el reconocimiento, pero que, por las mismas tensiones que ya se habían creado como producto del enfrentamiento entre los dos líderes de Podemos, no fue ajeno a la batalla de dardos que estaba viviendo el partido en esos momentos.

Por otro lado, más allá de los enérgicos y extraordinarios discursos escuchados en Vistalegre II –todo ello en el marco de un montaje impecable, con pantallas y un pianista incluido que tocaba para avisar que ya se había acabado el turno de palabra- la plaza de Vistalegre terminó por escenificar a la perfección la verdadera crisis de Podemos. Su gente viajo desde distintos lugares del país, asistiendo con una gran sonrisa y llevando a cuestas las banderas de sus círculos políticos, para ver como los anillos de seguridad los separaban de los líderes que algunos, quizás, esperaban conocer. El público se formaba en las graderías, alrededor de una platea donde únicamente estaba la prensa y las personas de altos cargos dentro del partido. Líderes sentados a espaldas de su gente, parándose cuando era debido y mirándolos únicamente en los momentos en los que querían hacer resonar una consigna. Pese a ello, la energía y la emotividad de la gente, esa ilusión de querer hacer parte de la historia, hicieron de las graderías una verdadera fiesta. Fue allí donde se dio la primera lección por parte de los militantes: tanto errejonistas, como pablistas, anticapitalistas y demás corrientes que componen Podemos, se alzaban para gritar UNIDAD. Fue tantas veces repetido este grito, irrumpiendo incluso por momentos los que los mismos líderes proponían, que terminó por volverse el verdadero mensaje de Vistalegre II. Algo habrá escuchado Pablo Iglesias ya que, de su discurso de victoria, el principal mensaje que dejó fue reconocer la necesidad de que haya mayor humildad y la importancia de construir la unidad en Podemos.

De las paradojas… a las paradojas:

Ya a la salida del congreso, después de presentados los resultados y reafirmados los personalismos, una militante le comenta a un señor: “que no se vuelva a equivocar Pablo, que unidad lo que significa es pluralidad, y humildad se debe referir más a reconocer la necesidad del otro”. Esos mismos libros de historia, donde el nombre y la historia de Podemos ya está escrita, también hacen referencia a las palabras de esa militante. Podemos se estrelló contra un muro y se ahoga en una de las eternas paradojas de la política: cómo construir un partido político, tomarse a las instituciones, y mantener a su vez una democracia radical.

La unidad no significa uniformidad, la humildad no se refiere a ser más noble, democracia no es limitarse al proceso de elección de un secretario general. Una democracia radical no consiste en aquello que otro militante de Podemos murmuraba ya en la salida: “esto se está volviendo como decidir entre o-todo-o-nada” ¿Cómo solventar la tensión entre un partido que quiere ser más democrático y el voraz juego electoral que requiere una férrea maquinaria de votos? ¿Cómo darle voces a la pluralidad, manteniendo siempre la unidad? ¿Cómo feminizar un partido cuando, de diez personas, la militancia solamente elige a dos mujeres? Más aún, ¿cómo interpretar la nueva política y plantear una democracia radical a partir de la idea de un secretario general? La cada vez más lejana tranversalidad del 15 M, expresión viva de una democracia radical, se está perdiendo en las paradojas de los oscuros y contradictorios pasillos del sistema político y el juego por el poder.

Manifestación contra CIE de Aluche (18.12.2016)

En el fondo, la tristeza después de Vistalegre II, esa que se podía leer en algunas de las caras de los asistentes, la misma que retrata la enfermedad que está sufriendo Podemos en estos momentos, no es propiamente la del debate ideológico, sino por el contrario, su incapacidad por siquiera afrontar la paradoja de la política. El remedio quizás si empieza por lo que dictaba Iglesias en su discurso, teniendo en cuenta los matices señalados por aquella militante de gradería, pero no hay que olvidar que apenas es un primer paso. El juego entre el todo o nada, entre Iñigo o Pablo, es lo que enferma a Podemos. Mientras ello no sea superado, lo más seguro es que Podemos siga ahogándose en las aguas de la paradoja política y termine por estrellarse con un apresurado punto final en los libros de historia.

Sebastián Peñuela Camacho. 

Ciencias Políticas, Pontificia Universidad Javeriana

Fotografías: Marina Gallardo Izquierdo

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