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Respuesta a Rafael Reig: una candidatura de Unidad Popular para las elecciones generales podría cambiar este país.

Alberto Garzón Espinosa

Compañero Rafael, tengo que comenzar diciéndote que sí creo que estamos viviendo una segunda transición. Está ya en marcha, y no sólo es de naturaleza política sino que es sobre todo de naturaleza económica. Desde hace ya varios años sufrimos los efectos de un proceso constituyente dirigido por la oligarquía económica y política que consiste, en lo esencial, en adaptar todas las instituciones políticas y jurídicas a las necesidades actuales del capitalismo. Adaptación que se logra a través de la aprobación y ejecución de las llamadas reformas estructurales. Hablo de las reformas laborales, financieras, de educación y sanidad, de pensiones, de la administración e incluso de las constitucionales. Todas ellas buscan constituir un nuevo entramado institucional que permita la vuelta de los beneficios de los llamados mercados, consiguiendo así que prosiga su curso esta rueda que es el capitalismo y en cuyo seno somos como hámsteres que corremos más deprisa para correr aún más deprisa. No hace falta decir que este proceso constituyente –que destituye el anterior– implica un nuevo orden social, pues los sacrificios recaen sobre las espaldas de las gentes trabajadoras y de la mayoría social. Un nuevo orden social de precariedad sistémica y crisis permanente es lo que se dibuja en ese horizonte. La consolidación del neoliberalismo como ideología y modelo de vida. No hace falta abundar en muchos datos, pues la calle es mejor reflejo de ello que cualquier estadística.

alberto-garzónAlberto Garzón (Foto: Pedro A. Martín)

Como economista de inspiración clásica, la de Smith-Ricardo-Marx, considero que es aquí, en las condiciones materiales de vida de la gente, donde se pueden encontrar las mejores pistas que expliquen el comportamiento electoral. La conspiración siempre existe en política, desde luego, sea en los pequeños asuntos o en los más grandes, pero no vale como única explicación de por qué se producen convulsiones tan fuertes en el panorama electoral. Y sobre todo, recurrir a la conspiración como explicación nos lleva a un terreno de análisis que es casi cualquier cosa menos científico.

Efectivamente, allá por verano de 2013 las encuestas dieron en alguna ocasión a IU una intención directa de voto superior a la que tenía el PSOE. Incluso el FMI público en agosto un informe sobre España advirtiendo de los riesgos que conllevaba, para la correcta aplicación de las reformas estructurales, la pérdida de popularidad del bipartidismo. Lo sé bien porque yo mismo pude comprobar una y otra vez, y en cada debate, los miedos de mis adversarios políticos en el hemiciclo: Guindos, Montoro, Draghi, etc. Por entonces, muchos exigíamos un salto cualitativo en las prácticas de nuestra organización así como no contentarnos con el 15% que pronosticaban esas encuestas. Y ello porque de una parte asumíamos errores, a pesar del crecimiento electoral aparente, y por otra entendíamos que transformar esta sociedad requería un apoyo bastante más amplio que el de un 15%. Pero, sobre todo, pensábamos que había un espacio de ruptura que permitía que el proceso constituyente fuera dirigido por las izquierdas, por la mayoría social. Y eso requería adaptar los instrumentos políticos al nuevo contexto –el del desguace del Estado Social y la descomposición de la Estructura Social del país–.

Fíjate, compañero Rafael, que ya en marzo de 2013 le contesté a la periodista Olga Rodríguez, en una entrevista publicada en este mismo diario, que “la gente necesita un instrumento: o Izquierda Unida se convierte en ese instrumento, o si no, la gente buscará otro. Por eso IU tiene que mostrarse atractivo, demostrar que puede aglutinar a la gente a través de un proceso de refundación como el que se planteó en el pasado”. Perdón por la autocita, pero se me antoja útil para el debate repasar en estos momentos aquella entrevista. Y no sólo por esa respuesta, pues allí también volvía a insistir en la necesidad de lo que ahora llamamos Unidad Popular. Y, claro, no existía aún Podemos.

Lo que está claro, a mi juicio, es que Podemos tampoco es el instrumento que necesita la mayoría social y sobre el que pensábamos en 2013. Creo que el instrumento es la Unidad Popular, que es mucho más que Podemos y que IU. Yo saludé la iniciativa de Podemos cuando surgió, aun no estando de acuerdo con tal hecho, porque entendía que podía ayudar a construir un movimiento de izquierdas rupturista que evitara la consolidación neoliberal. Pensaba que podríamos cooperar desde nuestra autonomía y que todo ello sería un catalizador de cambios necesarios en toda la izquierda. El programa era idéntico al nuestro y la mayoría de sus integrantes eran compañeros de trinchera. Pablo era el compañero Pablo, aunque se presentara en otra formación.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, ha sido preocupante tanto el vaciado ideológico del discurso oficial de Podemos como la desmovilización social que se ha producido. Pero no hay Unidad Popular si no hay calles movilizadas, si no hay mareas, marchas por la dignidad y manifestaciones reivindicativas. Y no hay solución a la crisis si el vaciado ideológico acaba desembocando en una suerte de socialdemocracia laxa que todavía no asume que ya no tiene cabida en esta Unión Europea. No obstante, estas estrategias discursivas de laboratorio no terminan de calar en la gente, aunque sus dirigentes lo intenten, porque las encuestas también dicen que según la opinión pública Podemos está más a la izquierda que IU. Por alguna razón, compañero Rafael, en el imaginario colectivo la socialdemocracia somos también nosotros. Y eso me preocupa. Porque yo soy comunista.

Quizás sea porque en IU hemos cometido errores. Errores como una excesiva institucionalización, neutral en la mayoría de los casos y cancerígena en el caso de Madrid y la gestión de Caja Madrid. Errores que en esta etapa estamos resolviendo con enorme rapidez para poder ser un instrumento útil para la transformación social, que es lo que buscamos. Atrás quedan ya esos rasgos del marxismo-ladrillismo, la vicepresidencia en CajaMadrid-Bankia, la fundación de Ángel Pérez y otros errores de bulto. Lo que queda somos 30.000 militantes honestos y dispuestos a dar la batalla para cambiar este país, con más de un millón de votos en las últimas elecciones y más de dos mil concejales en todo el territorio.

Pero no tenemos la capacidad para lograr nuestros objetivos en solitario. Por eso con muchas otras personas, fuerzas políticas y movimientos sociales tenemos la necesidad moral y política de ponernos de acuerdo en un programa mínimo y cooperar para implantarlo. En ese sentido, poco ha cambiado desde 2013. Los retos políticos también son los mismos.

Por suerte, más allá de los errores de IU, de Podemos y de otras formaciones, la gente que lucha ha logrado ponerse de acuerdo en espacios de Unidad Popular de cara a las pasadas elecciones municipales. No ha sido fácil, pero muchas experiencias han tenido éxito y han arrojado luz sobre el camino a seguir. Allí donde han cooperado las gentes de IU, Podemos, Equo, Anova, ICV… y gentes sin afiliación pero con las ideas muy claras, se ha logrado romper la espina dorsal del bipartidismo. Se han abierto procesos de esperanza que enfrentaran nuevos y más difíciles retos, el de construir la alternativa y con la oligarquía en contra.

Y se da además la circunstancia de que hoy la realidad –no las encuestas– han reflejado también que Podemos tampoco podrá cambiar nada relevante en solitario, pues un 14% de media en votos es claramente insuficiente para cualquier empresa emancipadora. Pero también es verdad que hasta el momento sus dirigentes –no así la mayoría de sus militantes de base– parecen ignorar toda propuesta de cooperación.

Me preguntas, compañero Rafael, si sé entonces dónde nos metemos. Estoy convencido de que sí, con la convicción de quien ha defendido siempre lo mismo.

Una candidatura de Unidad Popular para las elecciones generales podría cambiar este país, evitar la transición neoliberal y poner en marcha un proceso de esperanza para las gentes trabajadoras. No es fácil, y el camino está lleno de obstáculos. Como candidato a la presidencia del país soy plenamente consciente de ello, pero he aprendido a ser coherente con mis ideas y a ignorar los insultos de quienes desde el sistema, desde dentro o desde fuera tratan de ponernos zancadillas. Por eso decimos que nos vamos a dejar la piel en intentarlo.

Tenemos también muy claro que este país no puede repetir la experiencia italiana, pues la ausencia de una izquierda organizada e ideologizada sólo trae monstruos. Las luchas de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas no pueden caer víctimas del tacticismo, ni de unos ni de otros. De ahí que le demos tanta importancia a la Unidad Popular. De ahí, compañero Rafael, que sepamos lo que queremos.