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Ignacio Ramírez, del libro “Los Fantasmas Felices”

A las diez de la mañana del lunes 13 de febrero de 1984, entre la bruma espesa y el frío que corría por los vericuetos del cementerio de Montparnasse en París, los guardias y sepultureros se vieron de pronto sorprendidos por una avalancha de flores tan grande e inesperada que —como en las emergencias militares— tuvieron que pedir refuerzos. En camionetas de floristerías, pequeños y grandes vehículos motorizados, en bicicletas y triciclos llegaban los mensajeros cargando las inmensas coronas en cuyas cintas moradas podían leerse los nombres de los condolidos remitentes: Gobierno de Nicaragua, Gobierno de la India, Asociación de escritores y artistas del Japón, Patriotas de El Salvador, Presidencia de Francia, Alcaldía de París, Embajada de Colombia, Unión de escritores soviéticos… parecía una película de Buñuel o de Antonioni, un encendido cuadro de Van Gogh, una alucinada visión de invierno tan espectacular como súbita. Los vigilantes del camposanto declararían después a las agencias internacionales que, a pesar de estar acostumbrados a recibir cada día a importantísimos difuntos rodeados de toda la pompa y toda la liturgia que arman los vivos para despedir a los muertos, nunca antes vieron semejante invasión de flores, jamás sintieron tan colorida y perfumada su necrópolis.

Lo curioso, para mayor estupor de los enterradores, era que muy poca gente había para la ceremonia final: Jacques Lang, el ministro de Cultura francés, a la cabeza; algunos diplomáticos de diversos países: Tomas Borge, ministro del interior de Nicaragua, y Claribel Alegría, escritora salvadoreña, el autor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, el escritor argentino Oswaldo Soriano. El resto del cortejo eran muchachos residentes en París, deudos anónimos, pintores, músicos, vagabundos, bohemios, lectores fanáticos o escritores en ciernes en cuyos rostros estaba el común denominador de la tristeza, la misma mirada cómplice de quienes sabían que no necesitaban invitación alguna para asistir al entierro de aquel camarada que a través de sus libros les había abierto el camino a un mundo en donde convivían felices el amor, el humor, el juego, la solidaridad. Allí, tres detalles ostensibles en medio del sobrio funeral: un joven punk de luminosa cabellera verde de cresta almidonada, una pequeña isla doliente de mujeres vestidas de negro de pies a cabeza. Y el indispensable grupito de curiosos, aprendices de escritores latinoamericanos que para entonces jugaban al sueño de vivir en París, azuzados por los relatos cortazarianos que siempre hablan de las calles, las plazas, los parques, los puentes y todos los misteriosos recovecos de la ciudad donde el calvo Henry Miller reconoció el paraíso y el infierno, y Hemingway -el cazador— creyó que había una fiesta. No llegaban a cincuenta las personas perdidas entre el mar de coronas.

El, Julio Cortázar, promotor del “encuentro entre la imaginación contemporánea y el mundo latinoamericano” (al decir de Carlos Fuentes), llegaba ahí, cuan alto y grande era, en su enorme ataúd de caoba brillante, listo para descansar en paz al lado de su Osita Carol Dunlop, su último gran amor, con quien acababa de vivir y escribir Los autonautas de la cosmopista, odisea moderna proveniente del espíritu lúdico que convierte a una pareja de enamorados que viajan por la autopista entre París y Marsella, en un par de aventureros vitales, un par de niños grandes que a pesar de sentir los pasos de la muerte pisando sus talones, eran capaces de jugar hasta el último instante, hacer de la literatura instrumento del sueño, materia prima de la fantasía.

¡Querían tanto a Julio!

¿Eran visibles o invisibles las flores que llegaban al cementerio de Montparnasse? ¿Reales o irreales? El asunto parece un cuento de Cortázar. Fabio Martínez y Gustavo Reyes -dos escritores colombianos que ensayaban entonces en París a escribir sus primeras novelas-, recuerdan las imágenes de la sombría mañana: “Sí —afirma Fabio—, allí estábamos Ricardo Bada, el periodista español, el punk de pelo verde, el recepcionista del hotel Coleridge de Buenos Aires, que era un sabio cortazariano. La avalancha de flores y la sorpresa de los trabajadores del cementerio son imborrables en la memoria”. Gustavo, en cambio, recuerda especialmente el cortejo de las mujeres de negro, la presencia del pintor colombiano Alfonso Díaz, “la imagen del entierro más sobrio de cuantos he presenciado”. Las agencias de noticias del mundo entero, entre tanto, coincidían en afirmar que “mientras el cuerpo era trasladado del hospital de Saint Lazare al domicilio del escritor, las flores y los telegramas de pésame parecían invadir el ambiente”.

Los amigos, los lectores, los devotos que querían tanto a Julio, armaban a la vez otras coronas de flores más concretas: “Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo… era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande”, dijo García Márquez. Octavio Paz, conmovido, aseguró que su literatura “era prosa de aire, prosa sin peso ni cuerpo, prosa que se oye pasar como se oye a veces pasar al viento. Prosa que ha resucitado al idioma español y lo ha hecho brincar, bailar y volar”. Borges, después de un largo silencio tras la noticia que llegaba de París, apenas alcanzó a repetir: “era un gran escritor, un excelente cuentista”. “Es también una gran pérdida para los derechos humanos”, afirmó Sábato. Onetti, por su parte, destacó “el empeño exitoso en airear la literatura en lengua castellana”. Todo tipo de flores se abrieron el día de aquella muerte.

Cronopios, famas y esperanzas

Antes de Julio, nadie sabía que en el mundo existían poquísimos Cronopios, algunas esperanzas y una invasión de famas. El cronopio, exponente de la libertad del espíritu, de la creación, del goce, del deleite y la improvisación. El perseguidor, uno de los cuentos perfectos de la literatura en español, tiene por protagonista a Johnny Cárter, personificación literaria del famoso saxofonista de jazz Charlie Parker, uno de los primeros Cronopios de quienes se tuvo noticia, al lado de Louis Amstrong, Julio Verne, Thelonius Monk. Los famas son almidonados, estrictos, cuidadores del orden y de la seguridad, viven rígidos y generalmente amargados y son tantos y tantos que no se podría señalar a los principales, pero es fácil descubrirlos en las noticias de la televisión y los diarios, en las oficinas, en las colas del supermercado, al lado de uno. Las esperanzas son escasas, pasivas, tímidas pero candorosas. De alguna manera están tan lejos de los Cronopios como de las famas: no sobresalen como aquellos, pero tampoco fastidian como éstos. Los importante es saber cómo identificarlos; ojalá no ser fama ni esperanza, aunque hay que ser conscientes de que la categoría de los Cronopios corresponde a palabras mayores.

Julio nos enseñó, durante un concierto de Amstrong en París, que “el pajarito mandón más conocido por Dios sopló en el flanco del primer hombre para animarlo y darle espíritu. Si en vez de pajarito hubiera estado allí Louis para soplar, el hombre habría salido mucho mejor. La cronología, la historia y demás concatenaciones son una inmensa desgracia. Un mundo que hubiera empezado por Picasso en vez de acabar por él, sería un mundo exclusivamente para Cronopios, y en todas las esquinas los Cronopios bailarían tregua y bailarían catala, y subido al farol del alumbrado Louis soplaría durante horas haciendo caer del cielo grandísimos pedazos de estrellas de almíbar y frambuesa, para que comieran los niños y los perros”.

El mismo Julio cuenta que los Cronopios hicieron su entrada multitudinaria por la vía del libro y llegaron a ser bastante conocidos en los cafés, las reuniones internacionales de poetas, revoluciones socialistas y otros lugares de perdición. Jamás señaló a los cementerios.

Parece mentira, pero somos inmortales

Pero ahí estaba el cronopio en su caja de madera. Menos de 24 horas antes de ir a cumplir su cita con la Osita, Julio Cortázar (el Lobo) se dejó morir. Tenía leucemia, pero no hacía caso a las recomendaciones médicas, ni a los tratamientos, que hubieran podido prolongar su existencia por varios años. Carol acababa de irse, en noviembre de 1982, también abatida por el cáncer. Fue entonces cuando todos los amigos de Julio comprendieron que gigantes de su talla, adolescentes que bordean los setenta años, no soportan la ausencia del amor. El, que encarnó la imagen más diáfana de la alegría y del buen humor, de la paciencia y de la tolerancia, pronostica su muerte en Deshoras, su último libro de relatos. En Madrid, durante su reportaje póstumo, con Miguel Aguirre, recuerda que “La casualidad no existe. Le llamamos casualidad a algo que yo siento que es como un sistema de leyes paralelas, de constelaciones, de figuras que se van formando, y que en mi vida yo las he sentido muchas veces. La serie de simetrías que ocurren es alucinante. Además, es el anuncio de mi muerte, la premonición muy clara de mi muerte”.

De aquella certeza, de aquella decisión, durante los últimos meses de su vida Cortázar obtuvo fuerzas para regresar a Buenos Aires y recorrer las calles que nutrieron los acontecimientos de su niñez, buscó a los viejos amigos que aún quedaban y con ellos rememoró las vivencias que a lo largo del camino le sirvieron de combustible para escribir extrañas historias magistrales. Como una ráfaga pasó por Barcelona y Madrid, concedió declaraciones políticas y literarias que —como todas las suyas— le dieron la vuelta al mundo mientras él regresaba a Nicaragua, recorría las calles de Londres o se iba a escuchar jazz a los sitios secretos que para tan exquisitas ceremonias él conocía en el mundo entero.

En todas partes repitió el anuncio de su muerte, pero como sus amigos cercanos y sus lectores devotos estaban acostumbrados al juego de su lenguaje, a su inmortalidad indudable, celebraban con fuertes carcajadas la ocurrencia. Unos pocos, muy pocos, muy del alma, sabían que Julio se quería morir porque no soportaba la ausencia de su autonauta copilota de cosmopista. Por eso, para los amigos de Carol y de Julio, ni la muerte ni el libro constituyeron sorpresa. “Siendo un acto de amor como tantos otros a los que ambos nos habían habituado -puede leerse en la solapa—, todo lo que tiene de inusitado se explica y se comprende. ¿Quiénes, sino Carol y Julio iban a emprender, por puro amor, una peregrinación de más de un mes por la autopista más trillada del mundo, con fines científicos disparatados en nuestras universidades pero perfectamente legítimos entre Cronopios? ¿Quiénes, sino Carol y Julio, iban a lograr descubrimientos fundamentales para el ser humano, por ejemplo que en un parking también es posible encontrarse a sí mismo? ¿Quiénes sino Carol y Julio iban a conseguir la única simbiosis verdadera con lo humano, que consiste en apartarse de la corriente, en meterse a contramano? Obra singular esta, en la que la simbiosis social se da junto con la literaria, y ambas son frutos del amor”. El juego con la vida y con la muerte estaba tan presente en Cortázar, que pocos días antes de concluir su pequeña odisea por la autopista francesa, fueron descubiertos por un reportero de la televisión de París. Sorprendido, casi incrédulo, se acercó a la pareja y tras pedir perdón por inmiscuirse en su paseo, preguntó: “¿Entonces no era cierto que madame Dunlop estaba enferma?” Julio, con una sonrisa, le contestó: “Parece una broma, pero somos inmortales”. El propio periodista (Phillipe Anduel) escribió después en una revista literaria, que se había retirado conmovido. Lector constante de Cortázar, recordó que esa frase era la misma que comenzaba “Una flor amarilla”, aquel relato donde el protagonista encuentra en un bus a un chico que es él mismo, cuando niño. El constante juego de los dobles, la búsqueda de identidad y la inmortalidad que fueron obsesión compañera de Cortázar.

El club de los perseguidores

Muchos años después de su fuga perpetua y muchos más desde la aparición de Rayuela, su novela mayor, la más leí­da, la más discutida, Julio Cortázar sigue vivo, tal vez para celebrar la broma repetida con que abordaba el tema de su muerte. Un cuadro estadístico publicado a fines del siglo XX por el Ministerio de la Cultura de Francia reveló que, a nivel de educación media y universitaria, el autor latinoamericano que permanece como favorito de estudiantes y profesores, sigue siendo Cortázar. En España, Rayuela fue durante los últimos tiempos la novela reeditada más vendida; Cortázar, el autor más repetido en los ensayos y trabajos generales de los estudiantes de literatura. Algo equivalente traen las noticias que llegan de todos los países latinoamericanos y, contra sus críticos y los profetas de su muerte total, en Colombia Cortázar aún vive en el interés de lectores comunes y corrientes y estudiantes especializados. En un programa de televisión, el escritor y catedrático Manuel Hernández, de la Universidad de los Andes, afirmó que resultaba intere­sante ver cómo sus alumnos, una vez tocados por la magia lúdica de Cortázar, se interesan por lo menos lo mismo que lo hicieron los jóvenes que le descubrieron más de cuatro décadas atrás.

En París, quedan aún varios integrantes del Club de perse­guidores, fanáticos de Cortázar (también de Thelonius, de Parker y de Amstrong) -de Rayuela, en particular—, que se dedican a recorrer la ciudad para identificar sus lugares con los episodios de amor de la Maga y Horacio Oliveira, personajes que de alguna forma encarnaron el ideal de pareja de los años sesenta, por su ternura, su lejanía de lo trascendental, su inclinación por el ludismo y el erotismo, por el humor y el deseo de salirse de un mundo almidonado y pasar constantemente, sin traumatismos ni alharacas, a vivir esa especie de fusión entre dos dimensiones diametralmente opuestas -una natural y otra sobrenatural, una histórica y otra fantástica— que constituyen el eje del mundo de Cortázar, la sorpresa, la libertad, la atmósferas renovadas, los personajes insólitos: la mendiga que la protagonista de Lejana encuentra en el centro de un puente de Budapest, los ruidos que expulsan a los dos hermanos de su “casa tomada”, los conejos que el narrador de Carta a una señorita de Varis vomita impotente, el tigre que circula con entera libertad por las habitaciones de un hogar de clase media en Bestiario, el muerto más vivo que los vivos de Cartas de mamá, el sueño que se torna real convirtiendo al soñador en sueño en La noche boca arriba, el lector que penetra en la ficción y acaba fingiendo la realidad en Continuidad de los parques, que no son más que unos pocos ejemplos de cómo la percepción realista cede ante un código que no responde en absoluto a nuestras categorías causales del tiempo y del espacio. En otras palabras: la posibilidad de que la literatura sea parte del juego de la vida, algo más que academia y que retórica, vida dentro de la muerte, vigilia dentro del sueño, risa en el dolor, fatiga en el éxtasis, todos los elementos girando en la cuenca vertiginosa de un caracol de donde salen los Cronopios, los famas y los esperanzas.

Ultimo viaje de los autonautas

Nadie supo por qué acudió tan poca gente al entierro de Julio Cortázar, un personaje tan famoso como el más famoso de los reyes, tan célebre como cualquiera de los personajes célebres. Dicen que el punk de fosforescente cabellera verde, que era uno de sus fanáticos lectores, embrión de escritor en los laberintos parisinos, hizo caer en cuenta a los curiosos de que el cortejo era inmenso: “Solo que en casos como éste los Cronopios guardan silencio y se convierten en flores invisibles”.

En todo caso, esa mañana gris del 13 de febrero de 1984 el cronopio mayor estaba tendido entre su caja de caoba, como si se tratara de un cohete de madera en el que estu­viera dispuesto a comenzar, con Carol -que dormía a su lado- otra singular travesía por una nueva cosmopista. Hay un secreto, otra clave de luz: en aquel grupito de mujeres vestidas de negro estaba Aurora Bernárdez, el primer gran amor del gigante dormido, su primera compañera, escritora como él, escritora como Carol, traductora de Flaubert y de Durrell y amiga de verdad hasta mucho más allá de la muerte. Ella, entre lágrimas, reveló que la familia prefería que el entierro se efectuara en la más estricta intimidad. “Tal era el deseo de Julio, debemos respetarlo”, afirmó, e incluso pidió discreción a los periodistas. Carol y Julio ya emprendían su viaje. Cerca, muy cerca, monsieur Baudelaire agitaba el aroma de sus flores del mal. Un poco más allá, el señor Jean Paul Sartre en su sepulcro pisado y maullado por los gatos vagabundos del sector de Lafayette, esperaba a su Castor en el sueño de la náusea.

Los sepultureros nunca supieron quién era aquel extraño personaje a cuyo entierro acudían más flores que dolientes. Tampoco sospecharon que se trataba del Lobo que iba a despertar al lado de su Osita, la autonauta de la tumba vecina. Eso sí, escucharon bien claro lo que traía el viento de los rumores de las señoras vestidas de negro: ¡ese cronopio se murió de amor!

“… y entonces mujeres fueron flores, fueron pájaros, fueron animalitos del bosque, y hubo amigos con nombres que incluso cambiaban después de cumplido el ciclo, el oso podía volverse mono, como alguien de ojos claros fue una nube y después una gacela y una noche se volvió mandrágora…”

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