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La Vanguardia / Caffe Reggio

Esta historia no se exhibió en ningún teatro sino en lugar tan institucional como el juzgado de Évry

Esta historia no se exhibió en ningún teatro sino en lugar tan institucional como el juzgado de Évry, uno de esos pueblos grandes a una treintena de kilómetros al sur de París. Al presidente de la sala, magistrado Eric Gillet, el asunto que juzgar le debía parecer tan insólito y a la vez tan humano, algo así como una mezcla entre la vulgaridad y la miseria moral, que le llevó en ocasiones, durante el juicio, a preguntarles a los dos procesados sobre cuestiones poco frecuentes en las salas de justicia y que tenían que ver con sus sentimientos más íntimos. Una destrozada intimidad de reos de la justicia.

Es menester empezar por ahí, por la somera descripción de los dos principales protagonistas. Serge Dumas, 67 años, dueño de una brasserie en un poblachón de apenas dos mil almas, Vert-le-Grand (Essonne), y André Brunier, de 70, arruinado empresario dedicado a la luminotecnia. Ninguno de los dos se habían sentado jamás en esa madera plana y encerada por años de culos temerosos, y que se da en denominar “banco de los acusados”.

Un asunto delicado, no crean que se trataba de una chorrada o un quítame allá esas pajas de los juzgados civiles. Se rondaba la tentativa de asesinato, aunque al final sólo había quedado en “asociación de malhechores”. No me resisto a contarlo porque llevo varias semanas dándole vueltas a esta historia y sin encontrar la oportunidad para colarla. En primer lugar para demostrar la liquidación en España de los periodistas de tribunales, viejo oficio para curtidos profesionales de la pluma, modestos aspirantes a Dashiell Hammett, que han sido borrados del mapa del periodismo posmoderno. No sólo porque ahora no les queda más remedio que incorporar las crónicas negras de sucesos en secciones tan fuera de lugar como Sociedad, Vivir o Tendencias, batiburrillo al que no le va la sangre, ni el delito, a menos que sea una aprensión de cocaína societaria o un arrebatado noviazgo futbolero. Y además, ¿ustedes se imaginan que yo empezara a contar la historia diciendo que en un tribunal de las cercanías de París fueron juzgados S.D. y A.B. por delitos relacionados con el código penal? En el momento que entran las siglas se acaba la atracción. Sólo Kafka consiguió sacar de una mayúscula unos personajes inolvidables.

¿Qué relación delincuencial tenían entre sí el jefe de un restaurante y un empresario luminotécnico? El odio hacia un tipejo fino, brillante a lo que parece, obsequioso y sobre todo seductor, Gérard Broncy, del que desconozco la edad porque no aparece en la brillante crónica que dedicó al asunto Pascale Robert-Diard en Le Monde, a quien debo esta sabatina. Una pena. Porque si bien se trataba de una víctima, no lo era tanto como para evitar entrar en el siempre fascinante mundo del retrato de un hombre afortunado en su arrogancia.

No aparece nada clara la relación entre el jefe de la brasería, de 67 años, y el empresario de la luz, de 70. ¿Dónde se conocieron? No creo que por casualidad, porque ambos tenían muy poco en común salvo el motivo de su sufrimiento. Y ese causante del dolor no era otro que el desdibujado Gérard Broncy. Digámoslo ya porque se hace inevitable. El tal Broncy les ha unido en la desgracia, pero por motivos muy diferentes; en un caso el amor, o el honor, ¡vaya usted a saber cómo se denomina eso en el pequeño Vert-le-Grand, apenas dos mil habitantes! Y en el otro el dinero, o la estafa, porque cuando hablamos de negocios, ocurre como con el amor: siempre hay dos puntos de vista, el de quien sufre y el del que disfruta.

A sus 67 años al cocinero Serge Dumas le deja solo y sin esposa, tras 30 años de matrimonio. Se la ha llevado el avispado Broncy, con toda probabilidad una bella testa, y le ha dejado con el resentimiento y quizá con el odio y el ansia de venganza. De cómo y quién era la dama no sabemos nada porque nada aparece en el juicio, o al menos el cronista de Le Monde ni siquiera la cita. Es lógico, el juicio va por otra parte, porque el seductor Broncy también consiguió embaucar al empresario Brunier y quedarse con el taller de luminotecnia y no de muy buenas maneras porque el asunto acabó en juicio y condenaron al perillán a 200.000 euros que debía pagar al empresario, y que por esas cosas de la justicia se pasó por el forro de los cojones y no le dio ni un duro.

Ya tenemos los dos elementos del drama que se avecina. Un marido burlado, Serge Dumas, y un empresario estafado, André Brunier. No sabemos dónde se encuentran pero sí sabemos que les une el odio hacia la misma persona. “¿Matamos a ese cabrón que nos dejó sin mujer y sin empresa?”. De acuerdo, pero con la edad que tenemos y nuestra escasa experiencia en el mundo del hampa y los ajustes de cuentas, lo primero sería encontrar un ejecutor, un sicario para pequeño burgueses humillados.

Quien busca, encuentra. Se llama Gino. Curioso nombre que revela una mentalidad cinéfila; como si los mafiosos o mafiosillos deberían pagar, incluso en Francia, una cuenta de respeto a la tradición italiana. Gino -del que nunca aparecerá otro nombre en el sumario dada su condición de testigo protegido- es muy claro desde el primer momento y explica las condiciones del mercado del crimen: matar a Gérard Broncy sale por 12.000 euros, darle un escarmiento del que no se olvide, como sería romperle las piernas, cuesta 3.000.

En toda tragedia hay siempre un lado económico que los grandes autores no suelen poner en escena, salvo el sutil Shakespeare en el que aparece en ocasiones un fondo de dinero, pero siempre bajo la forma del poder, que es algo así como el dinero condensado. ¿Dónde se reunieron nuestro cocinero y nuestro luminotécnico para debatir el tema de su vida: lo matamos o nos conformamos con romperle las piernas? Al final, como siempre ocurre en la vida, decide la economía. No tenemos 12.000 euros para invertirlos en matar a ese cabrón que nos cambió la vida y se río de nosotros, alcanzamos sólo hasta los 3.000. Así de claro lo reconocieron en el juicio con una sinceridad que conmovió hasta al propio juez, magistrado Eric Gillet. “¿Pero cómo dos individuos probos como ustedes han sido capaces de maquinar tales cosas?”, les preguntó. “Por odio, y porque somos idiotas. Pero lo hecho, hecho está”.

Pido excusas a los rigoristas de la moral, pero hay cierta patética dignidad en este par de pequeñoburgueses haciendo de grandes ejecutores de la ética perdida. Porque lo que viene ahora alcanza lo sublime, lo que jamás guionista alguno podría introducir sin ser acusado de simplificar las historias. Gino, el sicario profesional, es un policía infiltrado en el hampa; razón por la cual no aparecerá su nombre en la historia. Porque Gino lo primero que hace al encontrarse, quién sabe cómo, a aquel par de idiotas burlados por el destino y por Gérard Broncy, es dar cuenta a sus jefes policiales, que le animan a seguir adelante con el asunto.

Para continuar -conviene señalarlo porque eso apenas figura en la magnífica crónica de sucesos de Le Monde- hay que ponerse en contacto con Gérard Broncy, el seductor de la esposa y el estafador del empresario. Y por tanto, hay que llegar a un acuerdo. ¿Cuál fue?, no lo sabemos. Pero lo cierto es que se presta muy ufano a representar el papel de víctima, y asesorado por los servicios profesionales de la Policía se le practican varios ensayos de puesta a punto para que parezca un hombre con las piernas rotas y abundante sangre de pasta de tomate. Una escenografía perfecta, tanto que con las fotos en la mano el “policía-sicario”, Gino, convence de tal modo al marido burlado y al empresario estafado, que ambos le entregan los 3.000 euros del acuerdo. En aquel mismo momento fueron detenidos.

El juez les condenó el pasado 20 de noviembre por “asociación de malhechores”. Al patrón de la brasería, Serge Dumas, a 30 meses de cárcel. Al empresario de luminotecnia a 24. Y a ambos a indemnizar con mil euros al afortunado Gérard Broncy. Las crónicas de sucesos no admiten comentarios. Son lo que son.

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