Etiquetas

, ,

Manuel de la Fuente

“Manuel Fernández-Cuesta, el único comunista al que yo amé”

loloÉramos unos tipos con barba de islamista. Y sin un duro. Con los pelos hasta la cintura. Y sin un duro. Con una bandera negra y Durruti en el corazón. Corrían los ultimísimos setenta o los primerísimos ochenta, aquellos días de vino y rosas que vivimos con pasión, a quemarropa, como si fuesen las últimas horas de nuestra vida. Vivíamos para el Amor, y para la Revolución, con una bandera negra en el corazón. Entre polvo y polvo y polvo, y hostiones de los fachas y los grises (ya iban de marrón: ya eran la madera), vivimos la Transición, aquella carnicería donde asesinaban a los nuestros por la espalda y en mitad de la Gran Vía. Íbamos a vivir la Movida, aunque a nosotros nos iban los cantautores, sobre todo chilenos, el pueblo unido no será vencido, Allende y Venceremos, y una bandera negra en el corazón. Habíamos quedado en un restaurante del barrio, aunque tan moderno como carillo, La Gamella. Alicia Rosales, otro de mis inenarrables amores platónicos, nos iba a presentar a otro de sus ligues, que, cosa habitual en aquellos tiempos, no eran carnales, sino intelectuales. Solo sabíamos su nombre, Manuel, como yo, pero nada más, apenas si era un chaval muy comprometido. Un puto rojo, vamos. Pero cuando Ali nos dijo su apellido, el estupor, el miedo y la alucinación cundieron entre nosotros: ese apellido era Fernández-Cuesta, el mismo de Raimundo, camisa vieja y uno de los fundadores de la terrorífica Falange de José Antonio, aquel pijo que en la Guerra Civil se equivocó de bando, ¿o no? Manuel no era guapo, pero tenía un puntito, y no olía a colonia de barrio, sino a perfume de firma y de los caros. Eso sí, llevaba un ejemplar de Mundo Obrero bajo el brazo, el ¡Qué hacer!, de Vladimir Ilich Ilianov, “Lenin”, y un libraco de Marcuse, el hombre unidimensional, aunque él no era un contracultureta, como nosotros, sino un puto comunista, un estalinista convencido: yo solo había conocido a dos comunistas, mi abuelo Félix, cuyo compromiso con Socorro Rojo le había llevado a la cárcel de Carabanchel, y mi tío Paco, el taxista. Aquel estalinista bebía vinos caros (la cena la pagó él, y nos habíamos puesto hasta las orejas). Habíamos desplegado sobre él nuestra bandera negra y él se defendía como una gato, rojo, panza arriba. “El Gulag es un invento de la oligarquía capitalista”, nos decía. No llegamos a las manos, porque el vino caro, y francés, es un arma de concordia y conciliación. Pasaron muchos, muchísimos años, y nosotros los de entonces, ya no éramos los mismos. Sobre todo, yo. No sé cómo, yo había dejado de beber, y era un abstemio que se alimentaba de cocacolas. Y me iba bien. Había acabado la carrera y tenía un buen trabajo, aunque pagaban poco: era periodista de la Sección de Espectáculos de ABC, que entonces dirigían Luis María Anson y Tomás Cuesta, y del que eran dueños los de siempre, los Luca de Tena. Por supuesto, mi bandera negra seguía en mi corazón, pero ya estaba arriada, eso es lo que hace trabajar para el enemigo. Y cosa más que curiosa, Catalina Luca de Tena era Fernández-Cuesta de segundo apellido y por lo tanto era prima carnal de aquel estalinista que se llamaba Manuel Fernández-Cuesta, uno de los héroes de mi adolescencia. Supe que a Manuel tampoco le había ido mal. Seguía siendo comunista y había sidomanuel redactor-jefe de Mundo Obrero, pero no se había vendido a Carrillo y a su siniestra maquinaria eurocomunista. Manuel todavía llevaba la hoz y el corazón cosidos al alma. La hoz y el martillo… y el Gulag, aquella añagaza capitalista. Yo era cronista de Rock And Roll (el sueño de mi vida era reencarnarme en Bruce Springsteen), había ganado un premio de poesía, el Gerardo Diego, y me habían editado un libro, Servicios Informativos, con gran éxito de crítica (el insigne académico Víctor García de la Concha me había puesto por las nubes en El Cultural de ABC, a pesar de que su directora, Blanca Berasategui, había querido boicotearme sin éxito: yo era el hippie de ABC). Pero Tomás Cuesta (yo era el discípulo aventajado de este genial periodista de Usera) le había ganado la partida a Gundín (sí, el de la tele), y yo era una de las “firmas” de Blanco y Negro. Eso sí, mi amada RB, Rosa, “la Flaca”, la de silba, Bogart, silba si me necesitas, después de convertirme durante trece años en un hombre, polvo a polvo, pedo a pedo, me había dejado, con el corazón partido en dos y unos versos de Worhsworth en los labios: cuando no podamos recordar la hora del esplendor en la yerba, del brillo en las flores, no os apenéis porque siempre perdurará la belleza en el recuerdo, Warren Beatty y Natalie Wood, en la magistral película de otro viejo comunista, arrepentido y traidor, eso sí, Elia Kazan. Por eso volví a encontrarme con Manuel, que era un editor de prestigio (había leído más de un millón de libros, incluidas las Obras Completas de Mao, lo que tiene su mérito), y pronto iba a trabajar en la mítica Destino, la no menos mítica Península, y Ediciones 62. Tenía que ser un encuentro profesional, pero nos rompió la emoción. Veinte años después, dos viejos camaradas volvían a encontrarse. Desde luego, como escribió Neruda, uno de mis poetas de cabecera, ya no éramos los mismos. Pero él seguía casi igual. Olía todavía a colonia cara e iba vestido igual que en 1979: pantalones de pinza de lana (creo que verdes) camisa clara y una chaqueta también de pana, creo que marrón. Y lo mejor, seguía siendo estalinista y seguía sin creerse los campos de exterminio de Siberia y el Gulag. Un tipo de principios. Nos vimos poco, porque él trabajaba en Barcelona, pero nuestros encuentros eran memorables, nos hacían flotar en un mar de recuerdos. Pero este verano, el 10 de julio, llamaron a mi puerta, y era la puta Parca vestida de gala y con un ejemplar de Mundo Obrero, como Manuel en aquella cena legendaria y fundacional cena del 79, en La Gamella, calle de Santa Clara, en mi barrio, la Plaza de Oriente. Me dijeron que Manuel le había enseñado a cantar la Internacional a San Pedro, “Arriba los pobres del mundo, en pie famélica legión, y que seguía poniendo cara de tonto cuando le preguntaban los ángeles por Kalimá y el Gulag. Yo estaba en la playa, en el Puerto de Santa María, el de Alberti, el otro comunista, el segundo, el primero siempre fue Manuel, el único comunista al que yo amé.

Fotos: Pedro A. Martín

 

Anuncios