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“Adriana en diciembre”

Había tardado en darse cuenta de que los humanos, como las cosas, se pierden. Le daba vueltas y más vueltas, repasaba minuciosamente la cadena de acontecimientos, se preguntaba en que exacto momento Adriana se había perdido irremediablemente en su vida. No se trataba ya de encontrarla. Se había perdido, y era una pérdida ya irreversible, pero intuía que la conciencia de saber el momento exacto de la fuga lo redimiría de ese dolor.

Intentaba acotar el pasado. Pudo haber sido al doblar una esquina, al regresar precipitadamente a casa por la noche, al meter sus guantes en los bolsillos del abrigo o en cualquier otro momento del último mes. La recordaba perfectamente en los últimos días de octubre; pero en noviembre su rastro se volvía borroso. Y ¿cuándo se dio cuenta de que ya no estaba allí? Fue en la primera semana de diciembre. De repente, al salir del cine supo que ella se le había perdido. No podía hacer nada por recuperarla. Todavía no se habían creado las oficinas de seres perdidos. Tampoco podía avisar a la policía para tratar de averiguar su paradero porque Adriana era ya mayor de edad. Y como se había perdido, ya no podía decirle que la estaba buscando.

Sintió por primera vez la angustia asfixiante de la pérdida y comenzó a obsesionarse por no haber sido capaz de detectar el momento en que ella desapareció. Tal vez porque nunca antes llegó a pensar que una persona podría perderse, y menos aún Adriana. Sentía que había tantas cosas que necesitaba decirle… Pasados varios meses, para tratar de mitigar el dolor y sobrellevar la pérdida quiso convencerse a sí mismo de que la desaparición de Adriana era como su muerte. Pero el intento no prosperó. Sabía que vivía, en alguna parte, posiblemente para otra persona que el desconocía, Adriana vivía. No pudo creer ni por un solo instante en su muerte, que habría calmado, dentro del dolor, su desolación.

Racionalizó el asunto de la siguiente manera: cuando un objeto se pierde, un libro, un bolígrafo, una prenda de vestir, un pendiente, un antiguo collar de perlas falsas que alguien nos regaló y con el que nos disfrazamos en una Nochevieja, es porque lo olvidamos en un momento, nuestra atención se dirige hacia otro lado, otras cosas, y no nos damos cuenta del sitio exacto donde lo hemos dejado; o simplemente se nos cae de las manos, pero nuestra mente está navegando en otros lugares y no nos damos cuenta. Todos esos objetos no tienen autonomía, por eso nunca más podrán volver a nosotros, a no ser que un alma caritativa, atenta a todo el proceso nos los reintegre para gozo nuestro. De esta meditación extrajo dos cosas: que su atención se dirigía a otro lado el momento en que Adriana se perdió, por lo tanto, fue su culpa; y otra más dolorosa y difícil de aceptar: Adriana sí tenía autonomía, podía moverse, desandar sus pasos e intentar encontrarlo si quería. Y si Adriana no había vuelto era, sencillamente, porque ya no quería verlo más. ¿O tal vez ella también lo había perdido a él? De repente, este pensamiento le hizo cambiar radicalmente toda su argumentación. ¿Y si era eso? ¿Y si Adriana lo había perdido también a él sin darse cuenta y cuando quiso buscarlo ya no lo pudo encontrar? Si era así, dentro del dolor por la pérdida había un atisbo para la esperanza. Tal vez los dos se buscaban y nunca más se iban a encontrar, pero de repente se instauraba como una cierta armonía dentro de la derrota: la seguiría amando, en el desconocimiento más absoluto la seguiría amando. Adriana por siempre, Adriana amada y perdida en diciembre.

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