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“Somos memoria”

manuel-fernc3a1ndez-cuestaLa memoria es un resto de suciedad en la ropa blanca, perfumada de lejía, y la huella de otras vidas convertidas en nostalgia. La memoria es un tibio sol oculto tras nubes de cal y lluvia, tan fina, que destroza el estómago de los niños hambrientos. La memoria recuerda combates perdidos y amores fugaces, heridas sangrantes y libros olvidados, fotogramas quemados por un proyector doméstico y la sensación de su mano en tu cabeza. La memoria es deseo contenido, el paso de la potencia al acto, y la voluntad de la mayoría cercenada por los poderosos. Disparamos contra el alba y las instituciones, contra comerciantes de armas y diamantes; contra ejércitos regulares amparados por la ONU. En estos rincones del mundo, imposibles geografías, no hay agua potable ni hospitales. Hace años, tras la reina de Saba, reportero imaginario, literato desmedido, traficante de arte, gaullista resistente (sic), ministro de Cultura, Malraux caminó por estos mismos parajes. Algo de eso cuenta Ignacio Echevarría en el prólogo al libro del internacionalista francés publicado en la colección Imprescindibles de este sello. Los libros, algunos libros, esos libros, van y vienen por la Historia como balas de mortero. Entramos a una casa de campo. Los propietarios, colonizadores de mil empresas, han huido. Sobre la mesa del comedor encuentro partituras de Sibelius y el estudio de Raymond Williams, El campo y la cuidad (Oxford UP, 1973), en la edición de Paidós (Argentina, 2001), prólogo de Beatriz Sarlo. Dejo el fusil de asalto, como un mendrugo de pan, ojeo el libro. Cuentan que Wittgenstein viajaba por las trincheras de la Gran Guerra con el manuscrito del Tractatus logico-philosophicus. Guardo el subrayado ejemplar en la mochila.

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