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Cristina Vallejo / Rebelión

El histórico dirigente comunista Julio Anguita acaba de lanzar un nuevo libro escrito mano a mano con el periodista Julio Flor. Se llama “Contra la ceguera. Cuarenta años luchando por la utopía”. En él recorre la historia de Izquierda Unida, sus vivencias como líder de esa formación y del Partido Comunista y, en paralelo, la de la historia reciente de España, desde la Transición hasta nuestros días con una visión crítica y combativa.Se detiene mucho, y de ahí nuestro interés por entrevistarlo, en el proceso de construcción europea, en el Tratado de Maastricht en especial, el origen, a su juicio, de los males que ahora vive España y, en general, los países de la periferia. Lo que le hace merecedor de este espacio no es que lo haya dicho hoy, cuando todo el mundo reconoce el fallido proceso de creación del euro, sino ya a principios de los noventa.Pero cree que no está todo perdido. Opina que hay remedio: salir del euro y montar una sociedad sobre otras bases. La lucha sindical, la lucha de la izquierda, ya no pasa por pedir más parte del pastel para los trabajadores, sino crear otro pastel. Hay un mundo que se termina, pero, con él, también lo que se ha venido a plantear como su alternativa.

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Julio Anguita Fiesta PCE 2013 – Foto: Pedro A. Martín

El título de su libro es “Contra la ceguera” ¿Qué es lo que no vemos o lo que no queremos ver? Eso sí que es importante, esa matización que ha hecho. No queremos ver que toda una civilización, que toda una concepción de la vida, que todo un desarrollo de una determinada economía se están acabando. Pero no sólo está llegando a su fin el desarrollo de esa economía, sino que incluso lo que se ha venido a plantear como alternativa. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo lo mismo que Schumpeter, uno, quizás, de los diez mejores economistas que ha habido en el mundo, que dijo que el capitalismo morirá de éxito, en el sentido de que, cuando se extendiese por todo el universo, al no tener más terreno donde ir, se encontraría con que las contradicciones inherentes al sistema tenderían a plantearle cada vez más problemas.Pero lo que ha venido a ser la oposición en la Primera, en la Segunda, en la Tercera, en la Cuarta Internacionales, que, básicamente, salvo en aquellos momentos en los que plantearon un mundo distinto, ha consistido en la práctica en pedir más parte del pastel, también se ha quedado con que no tiene una política clara. No se puede ya pedir mayor participación en la tarta, porque ni el poder puede ni el poder quiere. Ambos, el poder y el contrapoder, están obligados a pensar en un paradigma nuevo.

¿Y cuál sería ese paradigma nuevo? Le daré unas breves notas. Primero habría que plantearse el objetivo. Y, para mí, sería cumplir la solemne Declaración de los Derechos Humanos y la Carta de la Tierra. Son dos documentos que se pueden leer, son accesibles para todo el mundo y sobre los que hay consenso. Y, después, algo que va a chocar con la filosofía imperante: ha llegado la hora de que la política le diga a la economía por dónde tiene que ir. Ése es el mayor salto que hay que dar. Los mercados ya no pueden decidir. Los mercados, bajo una distinta fórmula, tendrían que ser los encargados de poner en marcha las directrices, los acuerdos a los que llegue la sociedad a través de la política.

Antes de la crisis, durante la euforia económica, ¿nuestro pecado fue también ese no ver o, dicho de otra manera, la falsa conciencia, creernos lo que no éramos? A ver si puedo contestar a esto sin caer en la jactancia, cosa que no pretendo. Sí hubo gente que más o menos venía anunciando lo que ahora estamos viendo. En concreto, en España hubo un debate en el interior de Izquierda Unida que terminó con una escisión importante como consecuencia del debate del Tratado de Maastricht. El Tratado de Maastricht fue algo decisivo porque marcó una manera de desarrollar el proyecto europeo. Tanto es así, que el día 31 de mayo del año pasado Felipe González, una de las figuras de la moneda única, reconoció lo siguiente: “Cuando construimos la moneda única, no tuvimos en cuenta que no había una política fiscal común…”. En aquel momento, la idea de “Europa, Europa, Europa” arrastró y sedujo la inteligencia de mucha gente. Y éstas son las consecuencias.

¿Y qué vio usted para tenerlo tan claro incluso desde el año 1990? Yo no es que tuviera una visión arrebatada como Moisés en el Sinaí. Fue muy sencillo. Resulta que yo tenía un equipo económico bastante bueno, con personas como Martín Seco, Pedro Montes o Juan Torres, entre otros, que leyeron el Tratado de Maastricht y se dieron cuenta de sus consecuencias. Ahí comprobamos cómo se estaba torciendo el proyecto europeo. Era de cajón. Sobre todo cuando leímos en el artículo 104 que a partir de entonces los Gobiernos no podían ir a pedir préstamos a sus bancos centrales, sino que tenían que ir necesariamente al mercado, es decir, a los bancos.

¿Pudo influir en ese diseño de Maastricht el hecho de que en el año 1989 cayera el Muro de Berlín o que en 1991 colapsara la URSS? Me pilla preparando una conferencia para el día 17 en Sevilla que titulo “La década prodigiosa”. Yo sé que ése es el nombre de un grupo musical. Pero con él me refiero a que, efectivamente, la caída del Muro de Berlín empezó a desatar la utopía de 1989, que duró toda esa década de los noventa. ¿En qué consistía esa utopía? Tras caer el Muro de Berlín y la URSS, se suponía que empezaba en el mundo el reinado de la paz y, por tanto, ya no iba a haber gasto en armamento. Además, Fukuyama publica “El fin de la historia” y la globalización se extendía no ya sólo como un desarrollo de una determinada manera de entender la economía, sino como una cosmovisión. En definitiva, empezaban a aparecer una serie de escritos en los que venía a decirse: “Ya hemos vencido”. Y, dado ese triunfo, no sólo se extendía una concepción económica, sino un “logos” a la manera en que Hegel lo interpreta en “El devenir de la Historia”.

¿Salir del euro ahora? Fue un fracaso pero, ¿nos conviene irnos en estos momentos? Formulado en un debate académico, salirse del euro es un disparate, es verdad. Repito el mensaje académico: Europa es una necesidad, sí, desde luego; la Europa unida es necesaria, desde luego; una Europa unida necesita de una moneda única, indiscutible. ¿Cómo va nadie a rechazar eso? El problema es que cuando bajo a la realidad, ya me encuentro que esa Europa no es tan Europa. En este momento es una Europa a varias velocidades, en donde el sur está en una situación de dependencia con respecto al norte; una Europa que no está unida, porque no hay una política exterior; una Europa que no tiene intención de crear una federalidad; una Europa que no tiene una política fiscal común y que cuenta con un presupuesto que es cada vez más reducido. Entonces, me di cuenta de que para defender el euro actual utilizan un argumento académico. Y la realidad es que este euro es insostenible. Yo no niego que en su momento sea necesaria una moneda única, pero este euro concreto que tenemos aquí, que ha beneficiado fundamentalmente a Alemania, como ya se advirtió en su momento, hay que abandonarlo. Pero se me dirá: “Usted es un insensato, porque está planteando ir a un mundo inseguro en el que no sabemos lo que va a haber”. Ciertamente, es algo arriesgado. Pero la alternativa es: o se arriesga uno con todo lo que puede conllevar, o se muere de inanición.

Pero no sólo plantea salir del euro, sino tomar unas medidas que nos gustaría que recordara… La auditoría de la deuda pública, porque cuando escuchamos que de lo que ha inyectado el Estado en la banca, hay una parte que se da por perdida, ya me estoy dando cuenta de que estamos en un contexto en el que una cantidad enorme de la deuda es ilegítima (en Latinoamérica la llaman “deuda odiosa”). Por eso, se necesita una auditoría, es decir, analizar qué parte de la deuda que hay se ha contraído por el pago de la cobertura de las necesidades que el Estado ha tenido en forma de escuelas, ferrocarriles, lo que sea… y cuánta de ella se ha destinado a dársela a sectores como el bancario. Entonces, a partir de ahí, la deuda que es ilegítima no se paga. Pero, si a pesar de ello, si a pesar de conseguir que la deuda ilegítima no se pague, el país llegase a una situación en la que no puede vivir, no se paga. Porque primero que hay que vivir. Ya sé que estoy planteando las cosas “in extremis”, pero es que estamos llegando a una situación “in extremis”.

Por eso, el último cambio de la Constitución yo lo califiqué en aquel momento de “delito de lesa patria”, porque supone que un país se entregue a los señores a los que debe, externos y externos, enajenando toda posibilidad de que los que viven en el país puedan tener los mínimos atendidos.

¿Cómo crear empleo en estos momentos? Para hablar de crear empleo en serio, hay que tener en cuenta la primera cosa que dije: la política dirige la economía. Yo, sin eso, no me comprometo a nada. Porque, de otra manera, se trataría de crear empleo sobre las bases de lo que hay. Y ya se ha visto que es imposible. Además, por razones objetivas, no porque la gente sea malvada. Cuando hablamos de capitalismo, mucha gente lo plantea como si fuera un mal perverso. Yo solamente hablo de él como sistema de producción. Intento objetivarlo, con sus contradicciones. Por tanto, hay que partir de una base. Y esa base es que la política comience a decidir cuáles son los objetivos a cumplir.

A partir de ahí, hay tres sectores que, para mí, constituyen los yacimientos de trabajo. Uno es el mundo de la sanidad (atención, protección social, atención a los hogares, a los ancianos). El segundo es la enseñanza, que tampoco es el profesorado exclusivamente. El tercero es el mundo del medio ambiente, que comienza por plantearse una auténtica repoblación forestal, con la vista puesta en los próximos ochenta años, lo que significa evaluar y poner en marcha los recursos hídricos, plantearse el reciclaje en un plan nacional, el cuidado de los campos que, como ya no hay animales, son presa de los incendios….

Además, hay que plantearse algo que no ha querido hacerse aquí: hay que reindustrializar el país partiendo del análisis de los sectores en los que podemos ser ahora mismo punteros. Ahora observamos que alguno de los que hemos privatizado pueden tirar de la economía. Y, claro, eso plantea tomar una serie de decisiones acordes con el artículo 128 de la Constitución: “Toda la riqueza del país, sea cual fuere su titularidad, está subordinada al interés general”. Se trata de decisiones aparentemente radicales pero, todas ellas, basadas en la Constitución. Vamos, desafío a cualquier abogado que me diga que las medidas que acabo de plantear están fuera de la Constitución. Todas son posibles con el texto constitucional.

¿Sirve el lema ‘trabajar menos para trabajar más’? Por supuesto. Esa es una medida básica. Quiero recordar que a mediados de los años noventa Izquierda Unida puso en marcha una iniciativa legislativa popular para reducir la jornada laboral. Recogimos cerca de 800.000 firmas, que era una cosa difícil. Tuvimos en contra a los dos sindicatos mayoritarios, hay que decirlo. Planteábamos que era necesario comenzar a abordar esa posibilidad, pero con todas sus consecuencias. Hay que pensar mucho antes de plantear que un empresario debe admitir a unos trabajadores con las mismas condiciones que a los que tiene ahora mismo.

Un trabajador tiene tres niveles salariales: el salario directo, que es el que cobra en la nómina; el salario indirecto, que es el que percibe a través de los servicios públicos; y el diferido, que es el que cobra cuando se ha jubilado. Entre ellos, entre los tres, debe establecerse una relación de tal manera que si yo garantizo el salario indirecto y el diferido, a lo mejor tengo que hablar de menos dinero en el salario directo. Pero eso implica un tipo de sociedad en la que el despilfarro, el estar constantemente comprando cosas que son inútiles, no tendrá sentido. Pero los sindicatos tienen miedo de entrar en este tema, porque están tocados por ese mal que señalaba al principio: siguen pensando que su labor es sacar más parte del pastel y ese pastel se acabó. Son incapaces de pensar en otro pastel, en una construcción alternativa.

Cuéntenos esa austeridad bien entendida que defiende. Yo soy una persona austera. Mi padre me enseñó a consumir lo que era necesario. Yo tuve una juventud austera y no me faltó de nada. Y ahora mismo, yo creo que vivo bien.Yo tengo una casa muy normal y vivo bien, porque tengo una serie de horizontes que no consisten en cambiar de coche cada tres años, tener un chalé en otro sitio… Ahora bien, la austeridad no es, ni más ni menos, que una visión de ordenamiento de la riqueza para que la disfrute toda la humanidad. Y esto significa que los recursos económicos, naturales, mentales se ponen al servicio del disfrute en común, pero sin caer en el despilfarro. Los gastos presupuestarios faraónicos quedan suprimidos, igual que ese aeropuerto de Castellón o el de Ciudad Real. Significa que en las administraciones públicas, qué es eso de los cargos de confianza que a veces duplican las plantillas naturales. Significa, muy ligada al medio ambiente, una recta administración de los recursos naturales, el consumo de agua, de electricidad, la ley de la obsolescencia programada… Es decir, todo eso es austeridad. No estoy hablando de que la gente viva mal, en absoluto, lo que digo es que hay que vivir de otra manera, más acorde con la realidad.

Pero, ¿sabe lo que me ha pasado muchas veces cuando yo he explicado el concepto de austeridad y no hablo de ella en el sentido en que lo hace el Gobierno cuando habla de los recortes? Pues me han dicho: “No, no, esto no gusta a la gente, yo prefiero que hables de ‘vivir bien’”. Y yo les respondo: ”A mí me dais miedo cuando habláis de vivir bien, porque yo quiero que me digáis qué es vivir bien”.

También critica la ideología disfrazada de ciencia, que la economía, siendo tan ideológica como lo es ahora, vaya disfrazada de ciencia… Me gustaría que desarrollara esta idea, que me parece muy sugerente. Ahora mismo se habla de la economía como de una ciencia casi exacta, pero, en realidad, estamos en una fase del desarrollo de la economía que está basada en el desarrollo de las fuerzas productivas en un momento histórico dado. La economía no es así desde el principio de los tiempos. Está sometida a la historicidad. El mensaje que se nos transmite hoy de que así es la economía, porque es ciencia, y que, por tanto, no se permite ningún cambio, otra visión, otra interpretación, es una falacia. Ésta, la economía actual, es la que se desarrolla en un momento específico en el siglo XIX, que comienza en la revolución agraria inglesa. No podemos hablar de la economía, sino de la actual visión económica, según la cual el mercado siempre decide.

Voy más allá. La economía actual está basada en tres principios: el mercado, la productividad y el crecimiento sostenido. Pero, para mí, por ejemplo, el principio rector de la economía debería ser el desarrollo de los derechos humanos. Y ése sería otro parámetro que cambiaría radicalmente su funcionamiento.

Hay opciones. Claro que las hay. Y todas son políticas. Porque no hay nada técnico, aséptico, objetivo, imparcial. Al contrario. En esto siempre hay quien gana y quien pierde.

Por eso me gusta mucho lo que dice sobre las pensiones: la “ciencia económica” nos dice que el sistema público de pensiones es insostenible, pero cuando rascas un poco, aparecen intereses espurios que quieren acabar con él para apropiárselo. Sí, exactamente, usted lo ha dicho. Pero fíjese qué tremendo error encierra. Imaginemos que eso es así. Bueno, pues vale. A partir de ahora, las pensiones públicas se van a ir reduciendo hasta convertirse en algo puramente de beneficencia. Entonces, el resto de los humanos, la mayoría de la gente, tendrá que ir llenando un calcetín llamado “fondo de pensiones”. Pero un fondo de pensiones necesita de un salario fijo, grande o pequeño, para que la gente con el presupuesto que tiene todos los meses vaya apartando una parte para el plan. Pero como resulta que el empleo fijo no está garantizado y, de seguir así, no estará garantizado para amplias capas de la población, no hay garantías de que el fondo de pensiones sea abastecido de recursos, con lo cual, fallo desde el principio. Pero, ¿tan cegados están? Yo creo que han caído en la cuenta, pero no quieren verlo. Se ponen la venda. Otra vez la autoceguera.

¿No respalda la dación en pago? No. Porque la dación en pago es una figura según la cual alguien pierde su casa. Y yo otra vez me acojo a la legalidad, otra vez me acojo a la Constitución y a los Derechos Humanos. Por el artículo 47 de la Constitución, esa señora, ese señor, esa familia, que no paga la hipoteca porque se ha demostrado que no tiene ingresos, no pierde su casa. Que no lo pierde, punto. Y no se discute. Esto no significa darle la vivienda en propiedad. El dinero que debe, se devolverá cuando encuentre trabajo y cambien sus condiciones de vida. No va a recibir un regalo de todos los españoles.

¿Somos los españoles tan corruptos como los políticos? En algún momento del libro lo llega a decir… Ha llegado la hora de decir la verdad aunque duela. Los políticos salimos todos de la sociedad. No somos extraterrestres. Y la sociedad actual, en donde el concepto de lo público no ha tenido ningún raigambre, porque lo público se cree que no es de nadie y por eso se ha hecho un uso y abuso de ello; en donde hay una moral pública y otra privada; en donde la hipocresía es muy corriente… los hombres y las mujeres que son electos llevan en sí eso que han vivido. Pero con esta argumentación no les estoy exonerando de responsabilidades. Al contrario. Su tremendo pecado, su tremenda falta, es que cuando son elegidos deben cambiar y no lo hacen. Por eso, defiendo que cuando se demuestre que el que ha robado es un cargo político, la pena debe multiplicarse con dos. Pero, ¿por qué la gente sigue votando a ladrones? Esto es lo que no me encaja. Lo que estamos viendo ahora es increíble. Yo creo que en otro sitio la gente se echaría a la calle y protestaría.

Es muy interesante el discurso desmitificador que realiza de la Transición española y lo crítico que se pone con el papel desempeñado por Carrillo y PCE en ella. ¿Tan mal lo hizo? Yo no he dicho que lo hiciera tan mal. Lo que he criticado es que la decisión de aceptar la bandera, el rey… se tomó en un comité central por sorpresa con el argumento de que habría un riesgo de golpe militar si no se hacía así. El problema no es que se aceptase en aquel momento la bandera o la monarquía porque pudiera haber un peligro inminente. Hasta ahí hasta lo puedo entender. El problema es que el Partido se entregó totalmente a ese acuerdo cuando era consciente que los demás no estaban cumpliendo su parte. Recuerdo las palabras de Miquel Roca ya en los años noventa en una entrevista que le hizo Julia Navarro, cuando dijo: “Bueno, bueno, eso de que la Constitución habla de la planificación democrática de la economía y demás… eso hubo que ponerlo porque cuando la escribimos estaba muy cerca la Revolución de los Claveles, pero eso no hay que cumplirlo”. El Partido tuvo constancia de que había pactado con tramposos y ése fue su gran error y de eso le acuso fundamentalmente.

¿Por qué dice que el golpe de 1981 triunfó? Pues porque triunfó. El golpe se frustra, entre otras razones, porque los que lo organizaron, que querían un golpe blando, cometieron la insensatez de confiar en un fascista. Aquel hombre iba a dar su golpe, aquél con el que había soñado su alma de franquista inveterado. Cuando le presentan una lista de un Gobierno en el que están todos, dice: “Pero, hombre, yo no me juego la vida para esto”. Y, entonces, al día siguiente, todas las fuerzas políticas van a la Zarzuela a visitar a un Rey que aparece de salvador aquella noche. En torno a este montaje, a partir de entonces, los partidos políticos son pastoreados, situados dentro de un círculo del que no se pueden salir. Se tragan la LOAPA, se tragan la ley electoral, se tragan una serie de cosas por el miedo a que esos poderes malignos puedan volver a aparecer. Y, en el centro, el monarca. Por eso el golpe triunfó. No triunfó en las Cortes, triunfó en la Zarzuela.

¿Para cuándo la República? Buuuuff… Yo que soy ardiente republicano, no digo que me indigne, pero observo cada día con creciente preocupación que para muchas personas, para muchos compatriotas míos, la República es sacar la tricolor en manifestaciones y atacar al Rey. Mientras que cuando alguien hable de República no presente un plan concreto, no creo que la República sea posible. Mientras ser republicano sea insultar al Rey Juan Carlos, y no porque se le insulte, sino porque es inane, estéril, y sacar la tricolor, aquí no habrá República nunca.

¿Estamos volviendo al siglo XIX o a la Edad Media? La Edad Media surge cuando un imperio universal, o una iglesia universal en la terminología de Toynbee, se rompe, se fragmenta. Surgen entonces los diversos reinos bárbaros, que se organizan de una manera muy rudimentaria, la cultura se hunde, la reflexión se hunde, también el Derecho… En estos momentos estamos viviendo la ruptura del mundo que empezó a surgir en la Ilustración. Estamos ante la negación de la reflexión, del pensamiento. Estamos en la era de las máquinas, de la cibernética, del no reflexionar. Pero, no sólo eso, sino que la ley, el Estado de Derecho, la democracia, por imperfecta que fuera, tomaba decisiones y se ponían en marcha, pero ahora las toman los mercados. Y, al tomar las decisiones unos poderes que no están refrendados por la democracia, estamos volviendo a los señores feudales de la Edad Media. Por eso hablo de que volvemos a la Edad Media. Pero, además, esa Edad Media se extiende al siglo XIX español, con ese reinado inmundo de Fernando VII, en el cual se instauró el que podemos llamar espíritu retardatario español, para irse desarrollándose a lo largo del siglo XIX y hasta el XX.

¿Cómo explica el invento de la pinza? ¿Puede venir de ahí que Izquierda Unida se convirtiera en el palmero del PSOE durante la primera legislatura de Zapatero? ¿Por complejo? Yo no niego que desde el nacimiento de IU hay dos visiones opuestas, que son heredadas del PC, en el que hay dos almas y un cuerpo. El cuerpo es único y las almas son las dos que derivan de las diferentes concepciones sobre el papel de la izquierda que nosotros representamos o que queremos representar en su relación con el PSOE. Yo creo en una visión política que es bastante de izquierdas consistente en buscar alianzas permanentemente en torno a un programa, no en torno a siglas. En el Partido Comunista y en Izquierda Unida hay otra cultura que cree que la unidad de la izquierda es la unidad parlamentaria entre socialistas y comunistas. Esas dos visiones se han estado enfrentando durante mucho tiempo. Para unos, nosotros somos los aliados naturales del PSOE y otros no nos negamos a pactar con el PSOE, pero con programas, ante notario, que se vayan cumpliendo los compromisos, que se cuantifiquen, que se trasladen a leyes en el Boletín Oficial del Estado. Ahí está el gran debate que ha habido y que sigue habiendo dentro de Izquierda Unida. Yo represento a una parte. O, mejor dicho, estoy en una.

¿IU está abducida por el PSOE en Andalucía? ¿Cree que sin IU en Andalucía saldrían adelante según qué políticas, como la nueva política de vivienda y desahucios? ¿Cuántas políticas más se han desarrollado de este tipo? No hay más. No hay ninguna otra medida tomada. No hay ninguna más. Por ejemplo, existía el compromiso de poner en marcha un impuesto sobre determinadas grandes superficies, pero la presidenta andaluza se ha negado a instaurarlo. Pero no sólo eso. A los profesores se les ha recortado la parte del salario que cobran de la Autonomía. Han hecho lo mismo que en el Gobierno central. Una cosa es aplicar lo que manda Madrid, porque es preceptivo, y otra, recortar lo que depende de ti. Pero sigo: todas las medidas que se han planteado respecto, por ejemplo, al banco de tierras, han quedado en nada. Sólo se ha permitido una posibilidad, que es en el tema de los desahucios o en las viviendas públicas. En el resto no ha habido nada. El hecho de que una fuerza política que tiene el 27% de los votos sólo controle el 4% del presupuesto ya lo dice todo. Porque justo las consejerías que tiene Izquierda Unida fueron vaciadas de contenido, se les quitaron competencias. Eso es lo que he dicho desde el principio y lo que sigo manteniendo.

¿PSOE+IU en 2015? Para mí los pactos forman parte de la vida misma. Estamos todo el día pactando, porque, de lo contrario, el mundo sería insoportable. En política, más. El pacto es para mí inherente a la política. Así que yo nunca censuro que se pacte. Lo que yo someto a análisis es qué es el contenido del pacto, qué es lo que se pacta.

Ahora bien, para resolver muchos problemas que tiene nuestro país, hay que enfrentarse al marco de la Unión Europea. Porque mientras no nos enfrentemos a ese marco, poco se va a poder cambiar la situación. Se puede hablar de las pensiones, pero a continuación nos sale el tema de la deuda, de los déficits. Mientras tengamos el dogal de Maastricht, no podemos plantear alternativas. El PP y el PSOE no están dispuestos a enfrentarse a ese dogal, con lo cual, la alternativa todo lo más será una alternancia de cosas accesorias.

Yo no creo que un pacto PSOE-IU sea posible, porque, ¿alguien cree que doña Angela Merkel, que ha conseguido pactar con la socialdemocracia alemana, va a tolerar que en España se pacte con los comunistas?, ¿EE.UU. va a permitir un Gobierno así? Una de dos: o Izquierda Unida abjura, como abjuraron otros en declaraciones solemnes, o no va a poder entrar en el Ejecutivo. Mientras Izquierda Unida tenga determinado discurso, es imposible que entre a formar parte del Gobierno. ¿Por qué ha entrado en Andalucía? Porque saben que una Comunidad autónoma no puede cuestionarse el marco europeo, pero el Gobierno de España, sí. Por eso, creo que es imposible soñar con que Izquierda Unida entre en un Gobierno central. Es soñar con la luna, pero bueno…

¿Qué se siente perdiendo pero teniendo la razón? Yo no me considero perdedor. Yo he vivido y he planteado, en nombre de Izquierda Unida, muchas cosas. Y el tiempo ha demostrado que en algunas llevábamos razón. Y ahí tengo una recompensa. Y si entonces no se reconoció, sería porque no era posible. Pero, eso sí, ahora cuando yo recuerdo todo lo que tuvimos que pasar en aquella década, cuando se nos imputaba que éramos unos comunistas stalinistas, ahora cuando les vemos a todos “en el pesebre”, con eso ya estoy pagado.

¿El comunismo tiene futuro? ¿Está muerto? ¿Mientras quede un comunista seguirá habiendo comunismo? Desde hace muchos años yo ya no planteo el comunismo como una etapa a la que debe llegar la humanidad, sino como un impulso permanente que surge de las siguientes convicciones: los seres humanos somos radicalmente iguales; los seres humanos merecemos, en el momento de desarrollo de las fuerzas productivas, que ni uno solo de nosotros pase hambre; en tercer lugar, la raza humana merece que todos los que la integran tengan su tiempo libre para dedicarse a pensar, a escribir, a investigar… Ése es mi comunismo: llegar a eso sin intentar describir más una situación ideal o una Jerusalén celeste en el planeta Tierra. Pero, como comunista, eso debo llevarlo a mi vida en el hoy. Ya está. No aspiro a otra cosa.

Fuente: http://www.finanzas.com/noticias/economia/20131129/anguita-arriesgamos-salir-euro-2556380.html

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