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“357 Magnum”

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Leo párrafos de El derecho a la pereza del cubano-francés Paul Lafargue (1842-1911) y me sorprendo (todavía) con la sencillez -claro y distinto, exigía Descartes- del capítulo I: “En la sociedad
capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica”. Esto tengo que decírselo a mi jefe, con otras palabras, se entiende, el día que pida un aumento de sueldo y una pistola. Esto de las armas de fuego está mal visto en Europa -hace años inventaron la policía y el ejército- pero si uno fuera custodio editorial en EE.UU. -los cimientos de su civilización, algo más de doscientos años, son balas estriadas, cabelleras cortadas y zarzaparrilla- iría tan feliz con mi revólver al cinto (Magnum 357, una variante moderna del mítico calibre 38 Special de Smith & Wesson), pegaría tiros a los adjetivos mal puestos y eliminaría de raíz -la sintaxis es una facultad del alma, escribió Valéry- los adverbios de tiempo (omito, por razones obvias, las acciones ilegales). Tras una cena ligera, tres manzanas, dos litros de agua y un ibuprofeno (600), he repasado -lectura recurrente, obligatoria, en momentos de malestar emocional- la edición en un solo volumen de la trilogía de Agota Kristof, Claus y Lucas (El Aleph, 2007). Por sus páginas corre la voz gris del desamparo: literatura desnuda, prosa que muestra el mundo. Una compañera del metal, pantalón pitillo, cuero y psicofármacos, falsa melena rubia, tatuajes (cuello y manos), piercings (nariz y ceja izquierda), cuarenta años trotados, turno de mañana, separada con un hijo adolescente, reniega de las pistolas y prefiere las katanas, esos sables de filo único y curvado.

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