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Armando B. Ginés / Rebelión

Se anuncia a bombo y platillo una campaña masiva del ayuntamiento de Madrid para multar severamente a los clientes de la prostitución. Quieren actuar sobre la demanda (sic) porque el 95 por ciento de las meretrices trabajan en este viejo oficio contra su voluntad, una conclusión estadística alcanforada de sociología barata para tapar las verdaderas intenciones de la propagada moral de la derecha. Eso era de sobra más que conocido, pero precisan apoyar sus falsas tesis éticas en estudios con sabor científico.

La prostitución es un asunto estructural del sistema que no tiene solución ni prohibiendo ni legislando ni reprimiendo. Lo que en realidad persigue el PP es desviar la atención de la crisis apelando a un caldo de cultivo previo plagado de prejuicios sociales añejos. ¿Por qué permite a los grandes medios de comunicación incluir anuncios denigrantes a favor de la prostitución y en contra de la mujer? ¿Por qué tolera los antros donde la mercancía puede consumirse a media luz y en la oscuridad de la hipocresía nocturna? La campaña es únicamente populismo de baja estofa, cuyo única meta es reciclar los detritus sociales en vertederos ideológicos ad hoc.

marcha de las putas

Foto de Asociación TLGB «Alma Chiclayo»

Lo que de verdad pretende el PP es que las putas y los putos realicen sus servicios fuera de la calle, en locales o casas particulares, con el propósito de que lo que no se toque a plena luz o atisbe entre las sombras nocturnas no exista a efectos reales. Dicho de otra forma más expeditiva, barrer de las calles la prostitución para dar una imagen impoluta de la ciudad. Un pensamiento similar abrigan los ideólogos del fascismo cotidiano respecto a los pobres, las mujeres trabajadoras que quieren abortar y los inmigrantes, sectores criminalizados a conciencia por la moral católica y biempensante de esta sociedad capitalista que nos contiene. Esto es, esconder y diseminar lo que hace daño a su doble moral: que los pobres se retiren a las afueras urbanas, que las embarazadas aborten en secreto y de mala manera y que los inmigrantes se claven cuchillas en su hambre para que no veamos las consecuencias del integrismo reaccionario del régimen capitalista en vigor.

El capitalismo produce cañones, mantequilla envasada y palillos para los dientes, entre otros artículos, además de enseres intangibles de carácter cultural. Todo lo que puede ser objeto de convertirse en mercancía para consumo a través del robo legalizado de la plusvalía, con el fin último de obtener un beneficio, no social sino en dinero contante y sonante o especulativo, es susceptible de elaborarse por diferentes mecanismos productivos. En ese camino sin retorno hacia ninguna parte, el factor principal reside en reproducir los esquemas ideológicos que dan sustento al sistema en sí. En otras palabras, el capitalismo produce capitalismo en primera instancia y superestructuras ideológicas que le permitan seguir en pie como justificación moral o ética de sus dispositivos de dominación total de las conductas de los trabajadores y ciudadanos en general, al tiempo que también fabrica necesidades superfluas incesantes para oxigenar el escaparate de novedades a comprar compulsivamente.

La prostitución, los pobres y los inmigrantes existen porque hay hambre, son efectos directos causados por el capitalismo. Por supuesto, ni las meretrices ni las mujeres violadas o con fetos malformados o en situaciones económicas asfixiantes ni los marginados ni los que saltan las fronteras lo hacen por su propia voluntad, antes al contrario son obligados por la la dictadura de la escasez inducida por el capital. Son productos existenciales con la voluntad enajenada dispuestos a buscarse la vida como puedan hurgando en los resquicios del régimen de explotación para llevarse un mendrugo de pan a la boca diariamente, cueste lo que cueste y haciendo lo que sea: alquilando su cuerpo, arrastrando su condición miserable, dejándose hacer en clínicas lúgubres o exponiendo su vida a cuchillas asesinas puestas como trampas para ratones en las alambradas fronterizas por las derechas de corte fascista y moralina de meapilas.

Los prejuicios sociales bien abonados por el sistema hacen que la inmensa mayoría baje la testuz y mire para otro lado ante estos dramas provocados por el capitalismo. Mediante frases hechas, muchos y muchas eluden el problema a la carrera, retrepándose en su precariedad vital imperiosa. Me dan pena las putas, pero que se pongan a fregar; no serán tan pobres los marginados cuando se gastan las limosnas caritativas en vino, además no tienen que soportar la presión de Hacienda ni de ninguna hipoteca; el aborto no sé qué decir, yo no lo haría, siempre hay soluciones alternativas, hay que pensar antes de follar a lo loco; los inmigrantes huelen mal y vienen a robarnos el trabajo y rebajan los salarios de todos. Estas ideas preconcebidas están al cabo de la calle, formando una tela de araña viscosa y pegadiza en la que lanzan sus exhortos éticos espurios las derechas y el cristianismo mendaz y retrógrado. Ahí pescan asimismo sus votos (y clientela predilecta) entre la clase trabajadora más expuesta a la mistificación costumbrista, irracional y tradicional de la realidad social.

En resumen, el PP no quiere ni por asomo acabar con la prostitución, ni con la pobreza, ni con los abortos clandestinos ni con los inmigrantes que mueren en el intento de alcanzar el edén capitalista. El PP pretende expulsarlos del cogollo central urbano y esconderlos en campos de concentración físicos e ideológicos. Su postura es axiomática: lo que no se ve no existe. Y luego hay que aguantar al cantamañanas elitista de Vargas Llosa decir con aplomo de intelectual orgánico que “lo primero es la libertad”. Lo inexcusable es comer, la libertad viene después de llenar el estómago, de saciar el hambre y la sed para alcanzar una mínima base de dignidad humana. Al menos, el cinismo funcional del Gran Wyoming es más llevadero, él no es de izquierdas, vota al PSOE y no ha pensado en renunciar a sus privilegios de estrella audiovisual. Lo que no puede admitir es la parafernalia ideológica de la derecha contra la clase trabajadora, ni el expolio sostenido contra lo público. En el fondo, Wyoming sabe muy bien que en una sociedad solidaria, fraternal y libre, esos privilegios no debieran existir. Por eso, se escandaliza de la escasa conciencia de clase de la masa que vive de un salario: votar al PP es como votar al enemigo. Wyoming es consecuente y listo, su estatus social no le permite ir más allá del PSOE, la contraparte amable del sistema. Es la clase trabajadora, como dijera Marx, la que tiene que hacer el trabajo limpio y sucio por una sociedad con valores en común, socialista. La lucha no admite intermediarios ni representantes de ocasión con discursos adaptados a la coyuntura. Hay que aliarse con el diablo para progresar, pero no hacer matrimonio indisoluble con él.

Las políticas del PP crean la prostitución, la pobreza, el sojuzgamiento de la mujer y el hambre en el Tercer Mundo y en los arrabales de Occidente, siguiendo las directrices capitalistas y neoliberales de los mercados, USA, la Unión Europea, el FMI y las religiones monoteístas. Mientras haya marginados y pobres, el cristianismo y sus colegas tendrán clientes de por vida. Las batallas ideológicas y culturales deben ir de la mano de la acción política y el día a día sindical. Son igual de importantes. Para profundizar en esta tesis resulta muy recomendable volver a visitar el excelente ensayo, Para leer al Pato Donald, de Armand Mattelart y Ariel Dorfman, publicado en los años 70 con Allende en la presidencia de Chile. Los autores mantienen que no hay transformación social que tenga visos de éxito perdurable solo tocando las estructuras económicas del sistema capitalista. Las ideas anquilosadas en las mentes de la masa durante años y años de aculturación egoísta y mercantilizada juegan a favor de la tradición secular y pueden ser una losa o freno insuperable para transformaciones políticas y económicas profundas de largo recorrido. Para leer al capital (y al Pato Donald y a tanta morralla ideológica vestida de inocuo entretenimiento) es preciso dotarse de un bagaje doctrinal y crítico sólido que haga frente a querencias adquiridas que operan automáticamente como verdades irrefutables o frases hechas neutrales. La ética de la derecha distorsiona la realidad en su provecho. El PP se vale de un prejuicio contra la prostitución para instilar su moral reaccionaria en vena a discreción. Más de lo mismo: ideología popular fascista para engatusar a las masas.

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