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Miguel Peraleda- Mundo Obrero

“Recordar es vivir de nuevo, vivir –la mayoría de las veces– con dolor o resentimiento. Saco fuerzas de la inevitable flaqueza que me acompaña –demasiados años caminando, demasiados familiares y amigos muertos a la espalda– y revuelvo cajones a la búsqueda de fotografías y papeles: un instante (dulce) para la melancolía.”

María ToledanoManuel Fernández-CuestaMaría Toledano. “Brotes de memoria roja”
(Mundo Obrero. 31 de mayo 2009)

No recuerdo exactamente cuando leí por vez primera un artículo suyo, pero sí sé que María me impactó desde el principio. Era una de esas columnistas bravas que llamaban a las cosas por su nombre y las escribían de forma envidiable –como Marta Sanz o Juana Doña– en el Mundo Obrero que entonces dirigía Miguel Bilbatúa y cuyo redactor jefe era mi amigo Mariano.

Con esa sorprendente cultura libresca –lo había leído casi todo–, María Toledano era, sobre todo, dueña de una sabiduría que sólo da la vida, si ésta se afrontada con intensidad. Periodista y escritora. Perteneciente a una generación de víctimas no resignadas de la guerra y de la dictadura –exiliada junto con su familia desde 1949–, María tenía una forma particular de mirar el mundo. Atenta a todas las expresiones de la cultura, de la política, de la vida, ha sido, hasta su anterior número, una de las firmas imprescindibles de Mundo Obrero. Aunque parezca tópico, nada humano le era ajeno. Recuerdo aquella entrevista, que mantuvo con Belén Gopegui, sus comentarios de libros clásicos y novísimos de todos los géneros y temas, sus reflexiones sobre la felicidad o la percepción del tiempo en el capitalismo,… Todo le interesaba a María, todo nos lo contaba y todos la entendíamos.

Marx, Robespierre, Lenin o Vázquez Montalbán; Pascual Serrano, Antonio Negri o Guillermo Toledo eran, por citar gentes dispares, magníficos compañeros para disertar certeramente sobre la postmodernidad, los mitos de la transición, las crisis de las izquierdas, o las miserias y grandezas humanas.

“La Tole”, como la llamábamos cariñosamente, era también maestra de la ironía y de la socarronería y toda una artesana de la dialéctica. Sus columnas, que leíamos con complicidad, daban a veces la sensación de que estaba de vuelta de muchas cosas. María, sin embargo, no era así. María era una mujer dura, sí, y no se andaba con cursilerías, pero tenía una especial ternura que se desplegaba cuando hablaba de Marcelino o de Marcos Ana y que se mostraba en todo su esplendor cuando charlaba con su nieta Lola o se refería a ella. No puedo evitar recordar aquella madrugada en la que ambas conversaban, con unas galletas con leche por medio, sobre el significado y la potencia del 15-M al llegar la joven de una de las concentraciones de Sol.

Uno no se acaba de creer que ya no vayamos a poder seguir leyendo cada mes a María Toledano en su columna de Mundo Obrero. ¿Cómo olvidar el certero ejercicio de memoria que María nos regalaba como dardos proyectados sobre nuestro presente y nuestro futuro? En sus conversaciones con su nieta Lola o en sus reflexiones nocturnas de vieja militante, María, nostálgica e ilustrada, escéptica pero ilusionada, destripaba nuestras miserias y esperanzas a la luz de los clásicos, jugando con la literatura o con la filosofía y, sobre todo, repasando episodios de su propia vida. Recuerdo de modo especial sus sentidos homenajes a Rogelio y Sandalio Puerto, dos de esos muchos héroes comunistas de la resistencia y el exilio antifascista, a los que tuvo oportunidad de conocer.

A algunos les extrañará que Rogelio y Sandalio, los merecidamente admirados hermanos Puerto, fuesen precisamente tíos maternos de Manuel Fernández-Cuesta Puerto. A algunos les extrañará que María falleciese precisamente esa misma noche calurosa de julio que perdíamos a Manuel. Y es que es difícil pensar en María Toledano sin acordarse inmediatamente de Manuel. Era mucho lo que compartían. Sobre todo, amigos. No doy nombres, porque son muchos.

Este año –no como aquel fatídico 2008 que tanto criticaste, María– sí volveremos a encontrarnos en la fiesta del Partido. Allí, en San Fernando de Henares, hablaremos de vosotros, camaradas. Hablaremos mucho de vosotros y tomaremos un ron, o los que se tercien, a vuestra salud.

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