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Charles Silvestre / Revista Sin Permiso

Diputado socialista por Tarn y fundador de L´Humanité, Jean Jaurès vio venir la masacre. Había denunciado las ambiciones imperialistas que amenazaban con hacer dinamitar la paz y pagó su pacifismo con su vida. 

Jean Jaurès fue asesinado el 31 de julio de 1914 en París, en el Café du Croissant. “Muerto por delante de los ejércitos” (comentó Anna de Noailles). En el fondo, fue la primera víctima de la guerra.

A Georges Clemenceau, presidente del Gobierno en el momento del armisticio del 11 de noviembre de 1918 se le dio el sobrenombre de “Padre de la Victoria”. Pero tenemos derecho a plantear esta cuestión: ¿No ha sido Jaurès más que una víctima a la que honrar y Clemenceau un triunfador al que admirar?

¿Y si la verdadera victoria, en efecto, fuera la del lúcido Jaurès? ¿Y si la gloria de jean_jauresClemenceau fuera una gloria engañosa? “Si no pereciera la patria en la derrota, la libertad podría perecer en la victoria”, declaró Jaurès de forma premonitoria en 1896 en la Cámara de Diputados. La fórmula, sobrecogedora, merecería figurar en letras de oro en la biblia de los republicanos. Debería contribuir a forjar el espíritu crítico del ciudadano.

Jaurés no es todavía, a los 37 años, más que el joven diputado de Carmaux. “Pudiendo perecer la libertad por la victoria”: cuando se conocen los acontecimientos que siguieron, la fórmula denota una verdadera capacidad profética en su autor.

Durante toda esta época anterior a 1914, Jaurés nos enseña lo más importante: la clarividencia en la paz armada. A este respecto, su periodismo constituye una gran lección para la prensa hasta el día de hoy.  Jaurès no se deja “empotrar”, por retomar una expresión norteamericana relativa a los corresponsales de la guerra de Irak en 2003. En 1898, cuando ya se forjan las alianzas de la futura Primera Guerra Mundial, la Triple Entente (Rusia, Francia, Inglaterra) contra la Triple Alianza (Austria, Alemania, Italia), lo cual, según admiten la mayoría de los historiadores hoy en día, ha supuesto un temible factor de guerra, revela de inmediato el peligro: el acuerdo secreto entablado con la Rusia del Zar comprometerá a la Francia republicana a estar del lado de este país autocrático, cuando el atentado de Sarajevo, el 28 de junio de 1914, prenda fuego a la mecha. Será por otro lado el único artículo de Jaurès que se censure, en esta ocasión en Le Matin, a lo largo de una carrera fulgurante que comenzó en La Dépêche de Toulouse en enero de 1887.

Jaurès ha visto venir la masacre. Lo ha visto en Manchuria entre Rusia y Japón en 1904, primera guerra de trincheras en la que corren torrentes de sangre. Y en L´Humanité, que acaba de fundar el 18 de abril de ese mismo año, es donde denuncia el 15 de octubre, el horror por llegar, ¡diez años antes de que triture a 10 millones de jóvenes europeos, 1,4 de los cuales serán franceses!

Ha sido el primero en ver venir la matanza en las luchas por la influencia estratégica y comercial de los imperios austro-húngaro, ruso, prusiano, británico cuyas majestades se tratan de “primo” a la vez que envían a sus pueblos a masacrarse entre ellos. En cuanto a Francia, tiene un imperio colonial que defender y extender y se disputa con Alemania el control de Marruecos. También en esto presiente Jaurès que las ambiciones imperialistas amenazan con dinamitar la paz. Seis días antes de su asesinato, el 25 de julio, en Lyon, en su célebre discurso de Vaise, exclama a propósito de la actitud del ministro de Asuntos Extranjeros: “Le dice entonces nuestro ministro Delcassé a Austria-Hungría: ”Dejamos pasar Bosnia-Herzegovina a condición de que dejéis pasar Marruecos”. No se engañaba al estigmatizar lo que todavía no se llamaba “la concurrencia libre y no falseada”, la “lucha por la fortuna y el poder”, que le condujeron a esa conclusión que se hizo famosa: “El capitalismo lleva consigo la guerra como la nube dormida lleva la tormenta”.

El radical Clemenceau, del lado del conservador Poincaré, presidente de la República, apelará por el contrario a exacerbar las relaciones de fuerza.

El Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919, será la implacable traducción de de este radicalismo revanchista. Bajo la presión de quien se hace llamar el “Tigre” [Clemenceau] y pese a las reticencias del presidente norteamericano Wilson, este tratado proclama en su artículo 31, inútilmente humillante: “Alemania reconoce que Alemania y sus aliados son responsables, por haberlos causado, de todas las pérdidas y todos los daños sufridos por los Aliados”.

Ya se sabe: la revuelta contra la “humillación” del Tratado de Versalles se convertirá en caballo de batalla del nazismo. Jaurès había comprendido anticipadamente que la guerra iba a infectar los espíritus. El 12 de junio de 1913 escribe en L´Humanité bajo el título “Siniestras lecciones”: “Si los chovinistas de Francia y los chovinistas de Alemania lograran lanzar a las dos naciones una contra otra, la guerra se vería acompañada por doquier de violencias salvajes que mancillarían durante generaciones la mirada y memoria de los hombres. Removería todos los bajos fondos del alma humana y haría subir un cieno sangriento a los corazones y los ojos”.

A quienes deploran las violencias del siglo XX, tanto de sus guerras como de sus revoluciones, Jaurès les ofrece un raro ejemplo: no es después cuando hay que lamentarse –a menudo es demasiado tarde- es antes, cuando la clarividencia de los ciudadanos y los gobernantes puede imponer la cordura.

Charles Silvestre, periodista, antiguo redactor jefe de L´Humanité y secretario nacional de los Amis de L´Humanité,  es autor de Jaurès, la passion du journaliste (Le Temps des cerises, 2010) y La Victoire de Jaurés (Privat), de reciente aparición.

 Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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