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María Toledano / Manuel Fernández-Cuesta

A Gemma, que me regaló un mapa de otra ciudad

La ciudad dormida evapora su lenguaje

Lezama Lima

manuel-fernc3a1ndez-cuesta María Toledano

Evocación autobiográfica de La Habana I

Con los primeros calores del día, agosto madrileño, llamaron con insistencia a la puerta. Era mi nieta Lola. Con una sonrisa que hubiera iluminado el infierno, ombligo al aire y gafas oscuras me dijo que fuera haciendo la maleta. Dentro de cuatro días nos íbamos a La Habana. La vejez conlleva, amén de otros detalles que omito por decoro, obediencia debida. Protesté, por aquello de la forma, y cuando quise darme cuenta bebía zumo de naranja, ay, en un vuelo con destino al aeropuerto José Martí. Volvía a la isla, Hasta la victoria, siempre, y mis recuerdos saltaban de un año a otro descontrolados: las palomas en el hombro de Fidel, el azúcar, la tonelada a precio de lo que fuera menester, aquellos misiles, la despedida del Che, el socialismo cubano con sus matices ideológicos y recodos teóricos, la virgen del Cobre y la dolarización del demonio, el tacto áspero del Granma, la lucha internacionalista en Angola y ahora en Venezuela, una reunión en Topes de Collantes, años setenta, el 26 de julio de 1973 (una historia que no viene a cuento), los avances farmacológicos y el llamado “período especial”, es decir, la violenta crisis económica, un eufemismo, que recorrió la isla, de Santiago a Pinar del Río, tras la caída de la URSS. Lola, a mi lado, leía La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier y en la mochila, asomando discreto, junto al autista Ipod, lucía una vieja edición -regalo mío- del clásico Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, impreso en La Habana, 1963 (Año de la Organización), por el Consejo Nacional de Cultura con una elegante introducción de Bronislaw Malinowski fechada en Yale, julio 1940. Los libros, igual que los viejos, también viajan por obligación.

La ciudad nos recibió abierta en canal de agua, partida en dos por una de las primeras tormentas de la temporada, con los comercios iluminados, su gentío y el agitado tráfico de la tarde. Reconocí algunas avenidas exteriores recién asfaltadas, las casas de Boyeros y el olor a tierra mojada; los renovados hoteles de Prado y la ocre intensidad de la luz. Caía la tarde. Para mí, setenta y ocho cumplidos, estar de nuevo en La Habana, respirar su penetrante humedad y fumar un pitillo sentada en cualquier café, significa rejuvenecer treinta años. O más. Imagino que hay que ser comunista, o lo que seamos ahora, para entender esto. En fin. Ocupamos el hotel y salimos a la calle. Neptuno con Parque Central. La mirada de Lola, como su pequeña cámara digital, era carnívora. Quería devorar todo, captar la vida en marcha, la que fluye por las esquinas y las puertas entornadas, experimentar en un instante el aire moderno del socialismo caribeño del que tanto ha oído hablar, empaparse de todo. Recordé mi primer viaje, finales de mayo de 1961, pocas semanas después del desembarco de Playa Girón y de que Fidel proclamara, con solemnidad revolucionaria, aquel Primero de mayo, que Cuba era “una república socialista”. Con la edad te vuelves sentimental, me dije. Lola, a mi espalda, ya estaba hablando con un par de jóvenes. Crucé sin mirar pensando, ignoro la razón, en Regis Debray y Bolivia. Casi me atropella un flamante coche coreano, matrícula amarilla. Hay que joderse con el socialismo automovilístico.

Harta de defender durante décadas la causa única y valiente del socialismo cubano, de la Revolución, del hombre nuevo que no ha llegado del todo o que llega tropezando por Centro Habana con una javita, un socialismo real, diferente al soviético, radicalmente humano, ajeno a los bolcheviques y al PCUS, que se levanta sólo, orgulloso y mambí, con sus innegables progresos y contradicciones, con su bloqueo y su níquel, su escasa mortalidad infantil, su elevado nivel de educación y sus Vampiros en La Habana, ahora -hace ya una larga temporada- me he vuelto chavista. A la vejez, viruelas. Cubana y chavista. Un país, dos banderas. Le cuento esto a Lola -aportando datos sobre la mejora del consumo energético per capita- sentada en un banco de la Plaza de Armas, los libreros están recogiendo la mercancía del turista, y me mira con dulce resignación. Agüe -dice descarada, sin dejar de recorrer cada palmo con ojos posesivos- descansa un poco. Niña -respondo- otra falta de respeto así y te fusilamos al alba. Me gusta usar el plural revolucionario (serán reminiscencias estalinistas) y paladear la proximidad emocional que concede la semántica. Se ríe y me saca una foto con un cigarrillo en la boca. O el socialismo conlleva alegría de vivir o no es socialismo, pienso. Marx estaría de acuerdo.

Cenamos algo, frijoles con arroz, pollo y fruta, paseamos hasta la Rampa por el Malecón, cerrado al tráfico por causa de carnaval -nos quedamos un rato mirando las carrozas- y regresamos en taxi al hotel. Hace sólo unas horas que estamos en La Habana y ya siento algo parecido al bienestar. Dirán que exagero y tendrán razón. Hace un par de años unos jóvenes venezolanos del Frente Francisco de Miranda me regalaron en Caracas una camiseta cuya leyenda dice: Yo me declaro socialista, ¿y qué? Ya en la habitación charlamos y hacemos planes para el día siguiente. Iremos a primera hora a la Plaza de la Revolución y luego veremos. ¿Te parece bien? Cómo explicarle a mi nieta, en dos palabras, que en esta ciudad acepto cualquier idea razonable. Sentirse cubana, como me siento, y ser europea (es un decir, siendo española) es fácil -reflexiono-, lo duro, pese a todo, es ser cubana en Cuba. Antes de dormirme me asaltan dudas (razonables) sobre el desarrollo (¿necesario?) del turismo, la utilidad de la doble moneda (el peso convertible y el otro) y la precariedad del transporte colectivo y me acuerdo de España, allá por los años 60 y 70, cuando nuestra floreciente industria era la misma. Leo un cuento de Hemingway (que paseaba por el franquismo taurino como si tal cosa). Al instante me desvelo. Fumo apoyada en la ventana. La bulliciosa metrópoli se va apagando. Pongo TeleSur sin voz. Son las doce y media. Sospecho que la noche será larga. Lola duerme cansada y feliz. El aire acondicionado entona su cansina sinfonía de hierro y plástico. Venceremos.

Evocación autobiográfica de La Habana II

El aire está cargado de humedad y son. Lola, gorra verde olivo con estrella roja, hojea Bohemia, la histórica revista cultural, mientras dejamos pasar las horas -después un agotador paseo por el intestino de Centro Habana- sentadas en una terraza junto al cine Yara, 23 y L. Por ahondar, discreta, en la mitología personal -la mitopoiesis sería, por decir con Wu-Ming, la reconstrucción de discursos comunitarios que consoliden la identidad y la práctica política radical-, recuerdo una proyección del Acorazado Potemkin, la primavera de la enésima tromboflebitis de Franco, allá por 1975. Pese a la dosis diaria de ibuprofeno, me duelen las piernas. La artritis reumatoide avanza desde los tobillos hasta la cadera, o al revés, poco importa, con la misma furia que el mar desborda, de vez en cuando, el muro del Malecón. Enciendo un pitillo y repaso el libro de Ramonet Fidel Castro, biografía a dos voces, que en Cuba se titula Cien horas con Fidel. Documento necesario para entender la Revolución y la vida del Comandante, esta obra -docenas de preguntas y respuestas- es una inmersión en la vida de un hombre y, por extensión, de un proceso histórico, una imprescindible guía para entender quiénes somos. La Revolución cubana, para muchos, es un fenómeno con tintes de biografía colectiva, un hecho trascendental.

Ernesto Guevara, argentino y cubano, congoleño y boliviano, internacionalista, observa el devenir de la isla desde infinidad de envejecidos carteles y fotografías. Tanto turismo y algunas injustificadas tendencias burocráticas le escaman, pero mira hacia otro lado, buscando, quizá -Caronte aguarda- la otra orilla del río Ñacahuasú. Médico de la expedición de Granma, una patera en busca de un sueño nacional-regeneracionista convertido en socialismo por voluntad política propia y guerra fría (que nosotros los cubanos nos liberamos solos y no vinieron los tanques soviéticos, dice -no es cita literal- un personaje de la novela de Senel Paz, En el cielo con diamantes), el comandante que asalta cada noche el tren blindado en Santa Clara es, junto a Martí -los rangers como perros de presa tras su asmática estela-, consuelo y alegría, un medido culto a la personalidad inverso, una proyección universal (Alberto Díaz, Korda, y Feltrinelli), que invita, casi, a la intimidad. Se acerca el 40 aniversario de su muerte -le cuento a mi nieta- y su figura sigue presente en las luchas de Latinoamérica y en las recién planchadas camisetas de la juventud europea. Hoy, quiero imaginar, estaría en la resistencia iraquí o construyendo la aventura bolivariana. Ser guapo y fotogénico siempre ayuda, dice Lola, como si viniera quemando la brisa con soles de primavera. Vamos a conversar un rato a un CDR, que andas muy suelta en estas tierras. ¿CDR? Sí, respondo, la esencia y vanguardia, algo aletargada, de la Revolución.

Alfredo tiene más de setenta años y estuvo en Escambray, en la lucha contra los bandidos de los sesenta. Su voz de jubilado -le han prohibido el café y el tabaco por problemas de estómago- suena firme y comprometida con el proceso. Pese a ser dos desconocidas que aparecen por allí, nos recibe con amabilidad y jugo de naranja. Le ruego que le cuente a Lola qué son los CDR, los míticos Comités de Defensa de la Revolución. Si le pides a un cubano que te explique algo, lo hace. Con parsimonia se quita las gafas y empieza. El 28 de septiembre de 1960, el Comandante en Jefe informó de su comparecencia en la XV Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, celebrada en Nueva York, dos días antes. La población -prosiguió- venía sufriendo actos de sabotaje y atentados por parte de los contrarrevolucionarios. La idea de Fidel fue clara y sencilla: “Vamos a establecer un sistema de vigilancia colectiva y vamos a ver cómo se pueden mover aquí los lacayos del imperialismo, porque, en definitiva, nosotros vivimos en toda la ciudad.” Lola le contemplaba ensimismada. Alfredo desgranó con pulcritud la historia cubana, mezclando -una coctelera de ideas- fechas precisas, sucesos y recuerdos personales al tiempo que yo trataba de ver el título del libro que había cerrado al vernos llegar. Una hora y media después salimos del CDR. Alfredo nos despidió con un abrazo y dos regalos. Una insignia para Lola y un libro para mí, ese, precisamente, que estaba leyendo. Protesté. No se preocupe, noté su curiosidad, ya compraré otro. Los libros en Cuba -dijo con cierto orgullo- no son demasiado caros. Cuba y Africa. Historia común de lucha y sangre de Gleijeses, Risquet y Remírez, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.

Trajeron las bebidas. Agua, café y un daiquirí para Lola. Leo una pancarta en la Plaza Vieja y sonrío: “Viva Fidel 80 más”. Un cuarteto se arranca con una versión del clásico del Trío Matamoros El Paralítico: “Suelta la muleta y el bastón y podrás bailar el son”. Un reloj anuncia doce campanas. Apago el cigarrillo. ¡Cenicienta, toque de retirada!

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