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Trotsky, León.

Llueve sobre Coyoacán y sobre el alma errática de la Cuarta Internacional. Llueve sobre las calles de Petrogrado y la memoria de los días de Octubre. Llueve sobre el “prisionero de la ortodoxia”, las tierras del sur de Ucrania y, también, sobre los galones de los soldados del Ejército Rojo que caminan, espectros del ayer, por Comala. Llueve sobre los documentos de los “fascistas sociales” y las resoluciones de los socialdemócratas, sobre la Segunda Duma, los decretos de Kerenski y los ornamentados balcones del Palacio de Invierno. Leo León Trotsky. Una vida revolucionaria (Península, 2013) de Joshua Rubenstein, profesor de Harvard, del que ya había leído hace meses, las noches de lluvia (ácida) son más largas, una excelente biografía de Illia Ehrenburg (Siglo XXI), Lealtades enmarañadas. “Quien se arrodilla ante el hecho consumado, es incapaz de afrontar el porvenir”, dice uno de los paratextos del libro, citando al revolucionario permanente. A Liev Davidovich Bronstein, brillante y profético judío, artífice, con el moderado V I. Lenin, de los Diez días que conmovieron al mundo, el piolet de Ramón Mercader, Jacques Monard, Franck Jacson, el hombre de la NKVD, más tarde coronel del KGB, le ha roto la vida un 20 de agosto de 1940. “Sedova oyó un alarido estremecedor”, relata Rubenstein. “Moriré -escribió meses antes de su muerte- siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable.” En la cubierta, Trotsky, gafas redondas de concha, guerrera blanca abotonada hasta el cuello, mira fijamente a la cámara. Veintiséis horas después del atentado, murió en la cama de un hospital. En 1972, Losey y Burton, El asesinato de Trotsky, fijaron parte de nuestra memoria visual. En 2009, Padura, El hombre que amaba a los perros (Tusquets), volvió a su figura con una novela. Llueve sobre Coyoacán y sobre la sepultura del viejo León de Yanovka.

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