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eldiario.es / Hotel Kafka/ Manuel Fernández-Cuesta

manuel-fernc3a1ndez-cuestaAhora que hasta los académicos confiesan ver la televisión, el fútbol, cuesta creer que durante décadas Juan Cueto, asturiano de braveza, fuera el único intelectual español al que le gustara la televisión, esa infamia con la que nació. Eso explica la actualidad de su último libro: Yo nací con la infamia. La mirada vagabunda (Anagrama), una brillante colección de artículos. Casi todo, Cueto ya lo había dicho hace tiempo, aunque entonces nadie lo entendiera ni le diera importancia. Este asturiano chungón, que se adelantó a todos, se expresa con irreverencia, sin dogmatismo, como si hablara a la ligera y medio en broma. Sin embargo, desde su provincia arrinconada contra el Cantábrico, Cueto siempre ha sido el más cosmopolita, el mejor informado y el más agudo analista de nuestro mundo. Merece la pena volver a sus artículos, pero más aún escucharle; este maestro socrático prefiere una tertulia reposada o incluso la enseñanza peripatética de cañas o sidras por Gijón.

Diario Kafka: [ Manuel Fernández-Cuesta Querido Juan, hace diez años te pedí que escribieras un libro y me dijiste que no, que estabas liado con una cosa para Anagrama. Veo que por fin has publicado…

Juan Cueto: Mucha prisa no me di, la verdad, después de diez años.

DK: Nos preguntábamos si tú eres ágrafo o socrático.

JC: Socrático con marcada tendencia a la agrafia.

DK: Hablemos de historia y política, Juan. Ahora que se especula sobre el fin del modelo constitucional de 1978, ¿tú crees que cuando se hizo esta Constitución se programó ya su obsolescencia?

JC: Está Constitución llevaba desde el principio incorporado el chip de la obsolescencia programada, porque quienes la urdieron tenían pensado que nunca iba a durar tanto. Lo único que querían era garantizar la continuidad por medio de la ideología de la Transición y, en ese sentido les salió redondo. Intentaron, y lograron, perpetuar los temas que en aquel momento eran fundamentales para España, o eso creíamos, pero que no resultaron más que puramente coyunturales. Yo creo que era gente manipulada por el Opus Dei y que lo único que hicieron fue garantizar la continuidad de esa línea ideológica.

DK: Y en esta obsolescencia de la que tú hablas ¿estaba incluida la monarquía?

JC: Lo que estaba incluido era legitimar la monarquía que, en aquel momento, no tenía ningún futuro, tratando de conseguir que fuera un régimen constituyente. La monarquía también formaba parte de esa obsolescencia programada. En realidad se trataba de legitimar la monarquía por todos los medios, y los únicos medios que se encontraron fueron legitimar a una serie de personas que estaban en el poder entonces.

DK: Esta monarquía, que tú tienes tan cerca con Letizia, la restauró Franco…

JC: Absolutamente.

DK: Proviene de una ley que redactó Carrero Blanco en 1947.

JC: Como no podía ser de otra forma.

DK: ¿Haría el Rey un favor al Estado español impidiendo la sucesión de su hijo y dando por cerrada la monarquía con su propio mandato?

JC: Sí, pero me parece una utopía. Eso es lo que deseamos todos, porque consideramos que este es un régimen bastardo, porque bastardo fue en su origen y en todo. Por eso decía antes que fue el Opus Dei el que realmente llevó a cabo la legitimación de la monarquía. Fue el Opus Dei concretamente. Y realmente la transición no se desvió un milímetro de las palabras de monseñor Escrivá de Balaguer. Todas aquellas personas que formaban parte entonces de la España que decidía, pertenecieran o no al Opus, estaban manipulados por La Obra. A mí no me quitará nadie de la cabeza que esta monarquía le debe tanto al Opus como a Carrero Blanco que, por cierto, también era del Opus. Todo viene de aquel atado y bien atado con el que Franco pretendió mantener un orden constitucional que no jodiera el invento y lo más parecido que entonces encontró para lograrlo fue la instauración de una monarquía.

DK: ¿Qué te parece que la derecha ultramontana considere traidores al Rey y a Suárez, ya que ambos juraron los principios generales del movimiento en los años sesenta y luego acabaron cambiando de camisa?

JC: Sí, claro. Aunque lo diga la derecha ultramontana, es verdad, eran un par de traidores como la copa de un pino. Cuando se escriba la historia de la infamia, estos dos pájaros figurarán como elementos fundamentales.

DK: Bueno, quizá en el fondo no sean tan traidores ahora que parece que el Opus está más fuerte que nunca. Igual sirvieron bien a su causa.

JC: Eso también es verdad y sin embargo nadie habla en estos momentos del Opus.

DK: Esa es su fuerza, ¿no?

JC: Claro que sí, pero es que no se puede entender ni un milímetro de la llamada transición sin hablar del Opus. Eso me parece una aberración por parte de ciertos historiadores, que ni mencionan al Opus. A mí me escandaliza verdaderamente, porque no se puede pensar en el origen de todo esto que tenemos ahora sin pensar ni un momento en los diseños de monseñor Escrivá de Balaguer y compañía.

DK: Tu artículo ‘Una vida en re menor’ arranca diciendo: “No pertenezco a la ideología dominante, sino a algo bastante más bochornoso: soy de la quinta dominante”. ¿Podemos decir que el Opus dirigió España, desde el Plan de Estabilización del 59 hasta el 82, cuando aparecéis vosotros para dominar el país los siguientes treinta años?

JC: Eso fue así. Cuando escribí ese artículo, en el 83, estaba pensando en que la quinta dominante éramos los nacidos en el 42, los hijos de los Planes de Desarrollo de López Rodó y compañía. Éramos hijos del Opus, algunos insumisos, como yo pretendí ser, y otros completamente sumisos. Hay que entender la quinta dominante como el origen de una bifurcación que hubo en este país: cuando la quinta dominante pasó del izquierdismo al progresismo. El giro fundamental de esa quinta dominante fue cuando pasó de ser de izquierdas a pertenecer, con todas las de la ley, por culpa de la posmodernidad y esas cosas, a la progresía.

DK: ¿Una claudicación?

JC: Por un lado es una claudicación mental y, por otro, un modo de adaptarse a las circunstancias. Pero esto lo digo críticamente.

DK: Tras el famoso Congreso de Suresnes —algunos asistentes dicen que había más policías que delegados—, la gente de Felipe González, vuestra quinta, se hizo con el mando del PSOE, y el partido pasó del izquierdismo a la progresía. ¿Ha pasado, con el tiempo, de la progresía al conservadurismo?

JC: Sí, cuando Felipe declaró que hay que ser socialista antes que marxista, que lo he vuelto a ver estos días en televisión. Se veía en Felipe una firmeza que se notaba que no iba en broma.

DK: No, qué va, era la firmeza típica del chantajista, como de Los Soprano.

JC: Exactamente, de Los Soprano.

DK: Esta evolución que estás describiendo, del izquierdismo a la progresía, ¿tiene sureflejo en la cultura española, tanto en la denominada alta cultura como en la de masas?

JC: En la cultura burguesa, sin ninguna duda, y en la cultura bancaria y financiera, absolutamente. No se puede entender ninguna cultura bancaria de este tiempo sin que el Opus haya anidado en sus consejos de administración. En la cultura popular, por decirlo así, menos. Menos, por una sencilla razón: el Opus siempre fue muy poco pop, esa es mi teoría. Por eso odiaba la cultura de masas, la cultura pop de la época.

DK. El Opus era más de cultura baturra, esa de Camino: hermana, me preguntas cómo ser casta y te diré…

JC: Claro, pero es que el pop es todo lo contrario a la baturrería. Y realmente esta generación nuestra, y lo digo como autocrítica, nunca asimiló la cultura de masas, la cultura pop, como un factor evidente de progreso, o por lo menos, capaz de hacer avanzar las cosas, como sí ocurrió con la cultura juvenil norteamericana, que la incorporó a su discurso. Aquí no se incorporó al discurso de la progresía en general. Lo que sucede entonces es que no se puede pasar a lo pop, sin romperlo ni mancharlo. Hace poco leí un artículo, que tardé no sé cuánto tiempo en entender, y que era un artículo sobre Mourinho, pero el cretino lo titulaba: ¿Por qué los entrenadores son partidarios de Cedric, Cebelius o algo así? Y es que resulta que el tal Cedric es un personaje deHarry Potter, pero es que eso no es cultura pop. El chico intentaba escribir con gracia, pero no se daba cuenta de que eso no forma parte de la cultura pop, sino de la cultura rancia. Es muy difícil ser pop. Yo digo pop y automáticamente se me dibujan una serie de puntos de referencia que se reconocen inmediatamente. Y al contrario, en cuanto usan términos que no me suenan a mí, los delato, creo que son unos impostores.

DK: Cueto, ¿esto no será una cuestión de edad?

JC: Sí, es una cuestión de esa quinta.

DK: Has estado muy cerca del felipismo. ¿Qué piensas, ahora, cuando ves líderes como Rubalcaba o Carme Chacón y, en la derecha, personajes como Soraya?

JC: Permíteme que me ría [ responde entre carcajadas], pero es que esos ejemplos, tanto Rubalbaca como Chacón, como los demás, cuando los veo al lado de Felipón, como le llamábamos nosotros, pues… pierden muchos enteros. No los veo yo capaces de estar a la altura de Felipón. Para nada. Y no creo que sean sus herederos. El PSOE entró en una decadencia generacional enorme precisamente porque fue traidor a su generación, y no estuvo de acuerdo con los principios que podían haberlo salvado.

DK: El PSOE es el gran partido modernizador de España…

JC: Bueno, esa es la pretensión.

DK: ¿Qué se quedó fuera en esta modernización? ¿Qué es lo que el PSOE tuvo que entregar a cambio?

JC: Interesante pregunta. Realmente el problema es que se confunde modernización con posmodernidad. Cuando se llegó a la modernización por la vía de la posmodernidad se jodió el invento. ¡Se jodió el invento! Porque realmente la posmodernidad es todo lo contrario a la modernización. La modernización es un esfuerzo serio, notable, de una generación o de un grupo que tenía un proyecto en el que no se renegaba ni del marxismo por un lado ni del progreso por otro. Pero aquí esa modernización de Felipe y compañía se quiso cargar el progreso y la historia. No nos olvidemos de dónde venían todos aquellos asuntos del “fin de la historia”, de Fukuyama, que se adoptó de inmediato en el discurso español. Por eso digo que fue una modernización coja, muy coja, que olvidó elementos fundamentales que se remontan a la Ilustración. Aquí se hicieron en seguida funerales por el progreso: como no se puede progresar siempre, liquidemos el progreso. Pero renunciamos también a un concepto de progreso más riguroso, más serio y también más divertido. Es como aquello que decía Felipón, hagámonos todos ricos, yo quiero que en España haya muchos Rockefellers: esa es la idea de progreso que tuvieron los chicos de Suresnes.

DK: ¿Cuál es la diferencia entre la cultura pop y la popular?

JC: Yo creo que la cultura popular de masas es crítica. Y la cultura pop, solo a veces. Cuando se enfoca de una manera divertida, gamberra, y no tiene en cuenta los tótems culturales, puede ser también progresista.

DK: Da nombres, como en la Comisión McCarthy.

JC: Ninguno de los personajes del Opus Dei es gente pop, por ejemplo.

DK: En el fondo eres un gamberro.

JC: Eso espero. Siempre lo fui. Desde pequeño me gustó el gamberrismo. Encontraba que la cultura y la intelectualidad eran, en general, demasiado severas. Pensaba que le vendrían muy bien un poco de alegría.

DK: Tú que has estado en el vientre de la televisión, dirigiste Canal Plus, y también en la crítica periodística, ¿cómo crees que ha cambiado en los últimos años?

JC: De una manera muy curiosa. Creo que los mejores productos de la tele actual son productos definitivos. Para ponerte un ejemplo, la serie que acabo de ver y tenía grabada, Homeland. Los productos buenos son las series ahora: Hollywood está jodido. Las series le dan mil y una vueltas a cualquier producto de televisión. El cine independiente está intentando atrapar a las series y a sus guionistas, llevárselos a sus estudios. Os recomiendo Homeland, si no la habéis visto. Realmente es la mejor serie que veo sobre el terrorismo, la CIA…

DK: ¿ Homeland o Don DeLillo?

JC: Homeland, totalmente. Deberíais precipitaros ahora mismo a verla.

DK: Lo haremos. Llevamos un buen rato hablando y no hemos pronunciado la palabra crisis. ¿Tú crees que, como dicen, estamos en una crisis sistémica del modelo capitalista?

JC: Pues no sé qué quieren decir por sistémica.

DK: Que no es coyuntural, cíclica, sino una crisis del modelo, de agotamiento del sistema: que es el capitalismo el que ya huele mal.

JC: Creo que esto empieza a oler mal y a tener una repercusión social cada día mayor. Estoy convencido de que los movimientos sociales que están apareciendo en Europa, airados contra los Gobiernos, indignados, son muy difíciles de explicar en otro contexto. Y en ese sentido creo que sí, puede ser una crisis sistémica.

DK: ¿Dirías que el capitalismo tiene también obsolescencia programada?

JC: Yo sí, pero ya lo dijo antes Marx. Decía que cuando el capitalismo cumplía con su proyecto se acababa. Es quizá la primera obsolescencia programada.

DK: ¿Tú crees que la democracia sobrevivirá al capitalismo?

JC: ¡Vaya pregunta para las cinco de la tarde y después de ver Homeland, qué difícil me lo ponéis!

DK: Pues anda que tú, que tus artículos parecen escritos ayer, y resulta que tienen veinte años.

JC: La mayor parte de ellos los escribí para la revista Triunfo y rezuman la ideología de esa revista. Se nota que hay por mi parte una voluntad beligerante y por eso pueden tener una cierta actualidad, al menos si se leen con benevolencia.

DK: [ Rafael Reig Hace más de veinte años te entrevisté, cuando dirigías Canal Plus y empezabas a programar películas pornográficas. Recuerdo que me diste un titular muy bueno: “Vamos a enseñar a follar a los españoles”. ¿Hemos aprendido ya por fin, después de veinte años?

JC: Si, sí. Yo por lo menos. Y creo que los españolitos supieron entonces que la postura del misionero no es la única posible.

DK. ¿Crees que la cultura es didáctica, que nos enseña cómo vivir?

JC: Sí, teóricamente sí. Enseña posturas, ja, ja, ja. Esta sí, esta no, esta para los fines de semana…

DK: Cueto, mejor no entremos en detalles. 

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