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Teresa en Francia

Cada vez que veo documentales sobre la crisis (Enron, Debtocracy, Breaking the bank, Inside job), amartillo mi Ak-47. Sé que es deseo radical, ajeno al sentir democrático, pero las pulsiones son así: irrefrenables. Directivos bancarios y empresariales, políticos, asesores, académicos y corredores de bolsa miran hacia otro lado, balbucean. El riesgo financiero (la ruina de los pobres) está bajo control —repetían—, mientras quemaban noches entre falseados balances, putas de neón, cocaína, tabacos cubanos y jets privados. Siempre fue el AK, con sus modificaciones, argumentum ad verecundiam de rítmico tartamudeo. Hartos estamos (algunos) de la justicia poética. Debería fumar amapolas y aislarme, máxime en estas fechas, pero acabó con la cosecha, infusión mística, Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, alias Teresa de Jesús, allá por el siglo XVI. En Camino de perfección (1557), nuestra santa de hierro trazó el sendero de la vida contemplativa llevada, quizá, por su inteligencia y las pócimas. De buena mañana, espesa la razón, la monja no recordaba casi nada y buscaba respuesta, o lo que fuera, en los pucheros: dios (o el capital) está en todas partes. La Bibliothèque de la Pléiade, panteón de las letras, colección fundada por Jacques Schiffrin, abre estos días sus puertas de piel a Teresa y a Juan de la Cruz, su inseparable pareja de baile. 1184 páginas de prólogos, notas, textos, brío y talento. Dice Le Monde: «su escritura, cercana a un estado límite, se aproxima a las experiencias más contemporáneas». Nuestros vecinos, a la mínima, ven rizomas hasta en Las moradas. Termina otro annus horribilis entre congelados y turrones de cacahuete. En Las chicas buenas no leen novelas (Península, enero 2013), aparece el concepto de «pornolectora». Se hablará mucho, y bien, de este incisivo ensayo italiano de Francesca Serra. Despido —qué palabra— el año sin nostalgia. Que dios y el capital, siempre juntos, repartan suerte.

LasBuenasChicas650

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