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Manuel Monereo – El Viejo Topo 299 Dic. 2012

Este es un primer borrador de un documento que se presenta como aportación a la Asamblea de IU, convocada para este mes de diciembre, en la que se discutirá un documento fundamental que contiene múltiples “Tesis”. Y, aunque el texto que se ofrece aquí se trata de un documento de partido para uso interno, contiene reflexiones de carácter general de mucho interés, amén de ciertas dosis de autocrítica en relación con la formación política citada.

Propósito: recuperar la veracidad del discurso y de la práctica. Había un dicho en las reuniones de la dirección de IU (mitad irónico, mitad triste) que el “papel lo aguanta todo” y que para poco o nada servían las votaciones, casi unánimes, porque después cada uno haría en su casa lo que le pareciera conveniente y que de lo acordado no quedaría mucho. Sólo, en tiempos de Anguita, quedaba el periódico llamamiento a la coherencia programática y a la necesaria unidad de acción.

Después ni eso.

Viene esto a cuento de una Asamblea de IU (la décima) que se da en contexto (así se dice en el documento-tesis) histórico y donde la dirección saliente propone un conjunto de políticas que, por definirla prudentemente, suponen un giro profundo de lo que se pensaba y se hacía no hace demasiado tiempo. Cierto que algunas de las propuestas se habían esbozado mes – es atrás y otras se venían arrastrando de la anterior Asamblea; lo nuevo es, lo diríamos así, su carácter “orgánico”: una política de (a) “rebelión democrática”, al servicio de (b) un “proceso constituyente”, por medio de (c) un “bloque social y político” como mecanismo  de masas para salir de (d) la “crisis del Régimen” surgido de la llamada Transición democrática.

No es poco para esta Asamblea de IU.

En las tesis se habla mucho de la crisis de la política y la desafección democrática, así como de la crisis de la militancia. Sus causas son complejas y sus soluciones, difíciles. Hay una condición previa a todas las demás: recuperar la veracidad, recomponer la coherencia entre el hacer y el decir, huir del lenguaje falsario y no engañar ni engañarse.

Esto sí que sería en nuestra cultura política un cambio histórico.

Aciertos, debilidades analíticas, vacíos clamorosos e inconcreciones orgánicas: ¿hay una estrategia definida? Como suele ocurrir, las tesis evidencian una pluralidad de redactores, compromisos implícitos y contradicciones que se intentan soslayar con formulaciones genéricas y con frases hechas que poco o nada dicen. Seguramente, el método más adecuado hubiese sido fijar con precisión aquello en lo que se está de acuerdo y no entrar en aquello donde no hay consenso, quizás abrir el debate sobre las propuestas más de fondo.

Si a esto se le  añaden, es ya tradicional, elementos que deberían figurar en un programa electoral, lo resultante es un documento largo, farragoso,  a veces impreciso y donde las prioridades no están bien marcadas.

Los aciertos son relevantes. La hondura de la crisis sistémica del capitalismo global, la necesidad de una perspectiva socialista y la apuesta nítida contra el neoliberalismo y contra el imperialismo y la paz. Se nota la falta de una visión geopolítica de la crisis, que es, por lo demás, decisiva. Se dice poco del papel de los EE. UU en relación con las nuevas grandes potencias emergentes y otras (como Rusia) en proceso de redefinición. Las relaciones de cooperación y conflicto entre Occidente y China, decisivas en la fase, no tienen la presencia que el tema merece. La globalización fue, desde el inicio, un proyecto político de la Administración norteamericana, precisamente, en un momento de crisis hegemónica y de cuestionamiento de su poder.

Todo esto es lo que la crisis ha hecho saltar por el aire: la globalización capitalista como proyecto de control económico y dominio geopolítico de los EE. UU. Y, más allá, de Occidente en su conjunto. Lo fundamental, nada dicen de esto las tesis, es una enorme redistribución del poder en el mundo que apenas está en su inicio. En este sentido, la salida de la crisis (siempre la hay) dependerá también de la correlación de fuerzas político y militares.

La gran cuestión es conseguir, con los esfuerzos conjuntos de Estados, fuerzas político-culturales, movimientos sociales, partidos y organizaciones sindicales, que la salida a la crisis sistémica del capitalismo no sea,  una vez más, por medio de la guerra (¿qué tipo de guerra?).

Hasta ahora siempre ha sido así.

En el centro, los recursos del planeta. La conexión carrera armamentista, conflictos geopolíticos y deterioro ambiental, hace que la tendencia predominante de la fase en que vivimos sea la guerra y los recurrentes conflictos armados. Aquí la humanidad se la juega: la guerra sería la mayor catástrofe ecológica, el mayor desastre humanitario y la involución civilizatoria más completa. Unir lucha contra el militarismo, emancipación social y reconstrucción ecológica del planeta será la mejor forma de construir un poderoso movimiento internacionalista y antimperialista más allá de la retórica.

Un aspecto relevante tiene que ver con la cuestión de la mujer. El feminismo político ilumina el texto transversalmente y se hace presente en todas las cuestiones importantes. La crisis de los cuidados y su conexión con las políticas neoliberales no tiene el tratamiento que la importancia del tema merecería.

Otro elemento bien tratado es lo referente al proceso constituyente y sus dilemas.

Las debilidades analíticas son variadas, destacando, sobremanera, la cuestión de la Unión Europea: a ella le dedicaremos un epígrafe específico.

El otro asunto sobresaliente tiene que ver con la crisis de Régimen y específicamente del bipartidismo político. La “cuestión nacional” tampoco aparece: no es algo menor y señala que emerge, también, la crisis del Estado Español. No decir nada sobre esto es un enorme error que desdibuja el texto e incapacita políticamente a la organización.

Relacionado con esto, el vacío más clamoroso: la política de alianzas y la posición sobre el PSOE. Cuando menos resulta increíble que un tema como este, decisivo, merezca apenas unos párrafos y que nada se diga, nada más y nada menos del gobierno andaluz. Las elecciones vascas y gallegas dan muchas enseñanzas sobre la cuestión fundamental: ¿Cómo combatir el bipartidismo? ¿Gobernando con PSOE en Andalucía? ¿Manteniendo en el gobierno de Extremadura al PP?

Todo lo relacionado con el Bloque Político y Social, la así llamada “revolución interna”, sigue siendo muy impreciso y sus concreciones escasas. El peligro, esta es nuestra reciente normalidad, es que las grandes palabras difuminen el contenido y que al final se deje a la libre disponibilidad de las estructuras del poder interno la aplicación “creadora” de las políticas supuestamente regeneradoras.

Unión Europea: ¿sigue siendo el federalismo la propuesta para la Unión Europea? La soberanía popular en cuestión. Con el tiempo se observa que el consenso sobre Europa fue lo central en la llamada Transición Democrática. El “ser  como ellos”, el disfrutar de su nivel de vida y de sus derechos sociales y sindicales, de sus libertades públicas, se convirtió en un imaginario mayoritario en nuestra sociedad y, aparentemente, nos hizo salir del enorme complejo de inferioridad que tradicionalmente teníamos frente a Europa.

Este prejuicio pesó y pesa mucho sobre el debate que tenemos sobre Europa, mejor dicho, sobre la Unión Europea que, como sabemos, no es exactamente lo mismo. Las tesis de IU reivindican una posición fuertemente crítica a la UE que se fue construyendo. Eso es justo. La posición mayoritaria de IU defendida con rigor y con coraje moral por el coordinador Julio Anguita merece ser recordada y valorada, no solo porque la realidad de los hechos ha terminado por darle la razón sino porque pone de manifiesto la coherencia de una política que fue durísimamente combatida desde el interior de IU y desde fuera por una parte mayoritaria de la izquierda social y cultural que hoy, amargamente, llora ante el declive de una UE cada vez más neo liberal y autoritaria. En todo el documento se señala una oposición consistente a la política internacional e interna de la UE.

El problema es que, cuando se llega a una coyuntura histórica donde prima la excepción frente a la normalidad, los viejos esquemas del pensamiento dicen ya poco frente a una realidad que se escapa y que difícilmente se puede aprehender  con las viejas ideas y conceptos. Pensar, a estas alturas, que la UE va hacia un Estado federal y que tenemos que convivir con dos soberanías es no entender lo que está pasando y seguir prisioneros del pasado.

¿Alguien cree que existe un pueblo europeo, más allá y por en cima de las naciones que la conforman? ¿Alguien cree que existe una clase obrera europea o que estamos en proceso de su construcción como sujeto autónomo y diferenciado? ¿Alguien cree que la refundación de Europa es posible desde esta UE organizada y dirigida y organizada por la plutocracia? Curiosamente hay que volver a Maastricht y encontrar ahí el hilo de una madeja que se ha ido desarrollando desde esa época aceleradamente. En ese momento dijimos que se estaba construyendo la anti-Europa, que una moneda única sin una forma-Estado detrás dividía social y territorialmente a la Unión y que se agravarían los riesgos de autoritarismo.

En gran parte, eso es lo que ha pasado.

¿Qué es lo que las tesis no dicen? Que desde la reunificación alemana, la disolución del Pacto de Varsovia y la desintegración de la URSS, Europa ha girado fuertemente a la derecha, que las políticas neoliberales se han hecho dominantes y que la socialdemocracia europea, en lo fundamental, ha dejado de ser socialdemócrata y que en poco o nada se diferencia de la derecha, sobre todo cuando ejerce el poder. Esto ya fue, en muchos sentidos, “la refundación de la UE” y nos faltó el coraje suficiente para decirlo con mayor rotundidad.

Como suele ocurrir, las crisis capitalistas ponen siempre de manifiesto la esencia del sistema y la lógica de poder subyacente a él. El “golpe de Estado silencioso” tiene en la UE su origen y su legitimación. La llamada Troika es la que organiza en todas partes la involución social y la contrarrevolución preventiva. Los latinoamericanos saben ya mucho de eso y cuando ven aparecer al FMI calculan rápidamente los derechos y los recursos que van a ser expropiados. También lo saben ya griegos, portugueses e irlandeses y nosotros lo estamos aprendiendo a marchas aceleradas.

El problema sigue siendo lo que, metodológicamente, podemos llamar la “unidad de análisis”. En los documentos se vive con una cierta dualidad: la UE aparece unas veces como política internacional y otras veces como política interna. Decimos y proponemos cosas que solamente se pueden hacer a nivel de la UE o al margen de ella, sin encontrar un territorio adecuado que puede hacer creíble análisis y propuestas.

Esto no es una cuestión menor o solo metodológica. Afecta, por ejemplo, al debate sobre la independencia de Cataluña o el País Vasco. No por casualidad el presidente de la Generalitat habla de una Cataluña “nuevo Estado de Europa”, es decir, se sitúa en una restructuración de poder y de influencia que está en proceso en la Unión. Si se va a una UE alemana donde el peso económico está en Centroeuropa, ¿cómo no conectarse con este corredor y desengancharse de una “España del Sur” pobre, subdesarrolla y subsidiada? La operación Padania “a la catalana” es lo que está detrás del proyecto del señor  Mas. La derecha neoliberal catalana busca ser la Croacia o la Eslovenia de la Europa alemana.

Unidad de análisis, pues. “Mirar” y analizar el Estado español en el marco de una UE en reestructuración y en redefinición del poder. Esta supone un cambio de perspectiva de fondo e invita a un análisis de la globalización capitalista como proceso de desmantelamiento de concretos y precisos Estados-Nación al servicio de los intereses de las Grandes Potencias Estatales.

Como se dijo en su tiempo, la convergencia nominal provocaría más temprano que tarde una divergencia económica real de grandes dimensiones. El euro acentuó todos estos rasgos. Dos datos hay que tener en cuenta para definir con precisión lo que es hoy verdaderamente la UE: la cristalización de un Centro y de una Periferia que organiza la Unión y el predominio de la “gran” Alemania. Ambos elementos están íntimamente relacionados. El rasgo sobresaliente es la re-nacionalización de todas las políticas que atraviesan Estados y que articulan, como antes se ha dicho, un centro exportador y acreedor y una periferia endeudada e importadora. En medio,

Alemania y sus prioridades geoestratégicas.

No se trata de hacer un discurso anti alemán.  Nunca debemos confundir pueblos y Estados. Lo que decimos es que después de la reunificación, mejor dicho, de la anexión de la RDA por la RFA (20 años después y de gastarse más de 2 billones de euros, la operación no ha sido plenamente completada), Alemania cambió de estrategia. Se pasó, por así decirlo, de una “Alemania europea” a una “Europa alemana”. Los “deberes” que Alemania hoy exige al Sur (la devaluación interna) ya lo hicieron, en parte, en su propio país y lo planificó y ejecutó, no la derecha si no socialdemocracia. Esta recortó derechos laborales y prestaciones sociales; flexibilizó la fuerza del trabajo y debilitó conscientemente el poder contractual de los sindicatos. El problema, esto es lo decisivo, es que no es posible la integración económica y social cuando el país económicamente más fuerte tiene una estrategia competitiva de base nacional frente a otros países y naciones. Para decirlo más claro, estamos ante una “guerra económica” por apropiarse de mercados que, en las condiciones de la UE, genera desigualdades sociales, rupturas territoriales, involuciones antidemocráticas y una insoportable dictadura de los acreedores.

El debate del euro no puede ser eludido. Hoy hay dos consensos básicos comúnmente admitidos: el euro está mal diseñado (según el lenguaje tecnocrático al uso) y hay que cambiar el conjunto de instituciones que lo han gobernado hasta el presente, especialmente el BCE. Hablar de “federalismo” o de “más Europa”, en este contexto, es seguir encubriendo la expropiación de derechos y de soberanía democrática de las poblaciones. Federalismo significa, aquí y ahora, restarle a los poderes electivos  el control sobre la economía y sobre la oligarquía financiera y entregárselos a la Troika. Así de simple.

Se suele, le han dado recientemente has   ta el Premio Nobel de la Paz (¡qué barbaridad!), hablar, con poca propiedad, del proyecto de los así llamados “padres fundadores” de la Unión Europea. No entraremos en el debate, solo señalar que el núcleo implícito del proyecto fue desde siempre, el “Estado mínimo”, es decir, despojar a la soberanía popular del control sobre la economía y del poder financiero. Todo lo demás, adaptación a los tiempos sociales y a los ritmos del día a día con la cobertura de un federalismo genérico que no democratizaba el poder sino que lo concentraba en torno una plutocracia cada vez más audaz y más visible.

Concluyendo, la posibilidad de refundación de la UE ha terminado y la etapa que viene será mucho peor. Lo que hay que garantizar en este momento, a toda costa, es la soberanía popular, los derechos sociales y laborales y la autonomía Para realizar políticas económicas diferenciadas y alternativas de las predominantes en Europa. Todo lo demás creemos que es mala retórica y peor política.

Crisis de régimen: ¿Cómo se combate el bipartidismo político? Las tesis señalan con mucha claridad que España vive una crisis de régimen y que los pactos básicos de la Transición han sido rotos, esto es muy importante, por los poderes económicos con el imprescindible apoyo de la clase política del bipartidismo reinante, a la que hay que añadir siempre los partidos de la derecha catalana y vasca. El documento repite una y otra vez la fórmula “golpe de Estado silencioso” y es verdad. Queda claro que la transición a un nuevo régimen ya ha comenzado y lo ha hecho cambiando la “constitución socioeconómica” del país. Estamos, pues, ante una ruptura constitucional sin proceso constituyente, ante el silencio del “soberano”.

Las tesis aciertan también al señalar el bipartidismo como el núcleo duro del régimen en crisis. Sin embargo, tiene poco en cuenta los cambios que se están operando en la sociedad española, destacadamente el rechazo global a la política y a los políticos, los procesos de involución social y cultural que emergen por casi todos los lados. Vivimos una triple crisis: de régimen, de Estado y de la política democrática, en un contexto de crisis “orgánica” del capitalismo español y ante un sufrimiento humano de enormes dimensiones.

La política ya no se puede hacer y pensar como antes y este será el verdadero desafío en toda esta fase.

Ahora bien, ¿cómo compaginar este análisis y la crítica al bipartidismo político con pactos de gobierno con el PSOE en Andalucía y con mantener al Partido Popular en Extremadura? No son cosas menores, cuestiones regionales. Tienen que ver con un aspecto central no resuelto en las tesis y que podía explicar del modo siguiente: ¿cómo combatir aquí y ahora al bipartidismo político?

No es solo una cuestión teórica: hay experiencia acumulada. En todos los temas centrales  que afectan a los poderes reales de este país ha habido y hay acuerdos entre el PP y el PSOE, siempre con la inestimable ayuda de la derecha catalana y vasca. Y si hoy no lo hay es porque la derecha no lo considera oportuno, pero el acuerdo con el PSOE siempre está como reserva estratégica cuando las cosas lleguen a un límite donde el régimen se vea en peligro, incluida la Jefatura del Estado.

No habría que insistir demasiado, pero es bueno recordarlo. PP y PSOE están de acuerdo en la OTAN y en la subordinación a la política exterior norteamericana; la última muestra (que es de Zapatero y en Andalucía): Rota y el escudo antimisiles.

PP y PSOE han estado de acuerdo y han participado activamente desde Maastricht hasta aquí en la Europa neoliberal que hoy nos expolia y liquida nuestro débil Estado social.

PSOE y PP han aplicado, en lo fundamental, las mismas recetas ante la crisis y se han subordinado a la “dictadura de los mercados” y al dominio de la oligarquía financiera y ambos han debilitado sustancialmente el poder de los trabajadores en la sociedad, han propiciado la represión salarial y han favorecido la precariedad laboral hasta límites difíciles de imaginar hasta hace pocos unos años.

Esto no fue hace décadas, esto fue ayer y frente a esto se alzó el 15M, es decir, contra el poder omnímodo del capital financiero-inmobiliario y la subordinación a él de la clase política bipartidista. Las gentes sabían que el lubricante de este mecanismo era la corrupción y por eso la gente salió a la calle. Ese movimiento sigue siendo hoy, no la única, pero sí la posibilidad más clara de encontrar una salida democrático-republicana a la presente crisis.

Aquí tampoco deberíamos equivocarnos demasiado. Las gentes saben que no todos los políticos son iguales, pero que la mayoría de ellos son subalternos a los poderes económicos y no representan a la ciudadanía. Los que teorizaban no hace mucho tiempo sobre la necesidad de transitar hacia la “post -política” y que han defendido aquí y ahora un gobierno de “técnicos” en España, ahora se asustan de la crítica de masas a los políticos y a las políticas que realizan.

Este último aspecto se tiene en cuenta pero no está bien valorado en las tesis. Aliarse con el PSOE tiene que relacionarse necesariamente con la desafección de la ciudadanía frente a la política. Si las personas identifican a la clase política bipartidista como la causa de todos los males, las relaciona con la corrupción y con la subordinación a los poderes económicos y observan que IU termina gobernando con el PSOE, podrán llegar a la conclusión de que todos son iguales y que lo que se busca son las prebendas del poder. Dinero y política, la gente intuye que ahí está el problema real y eso es verdad.

El riesgo que se corre es que la crítica al sistema la protagonicen fuerzas que tienen más que ver con la derecha en cualquiera de sus formas y dejar sin voz y sin esperanza a una parte sustancial de la juventud que busca una regeneración de la democracia al servicio de las clases trabajadoras. Este es el problema estratégico real: ganarse para la política democrática y para la transformación social a una parte mayoritaria de la población que hoy está desesperada, que no ve futuro y que se encuentra con una identidad social quebrada. Nada garantiza que la izquierda salga victoriosa de esta batalla por el imaginario de las clases populares y esa debería ser nuestra principal preocupación y no “tocar poder” a cualquier precio.

En el fondo aparece un problema sustancial bien definido por IU desde sus inicios y después conscientemente eludido. Nos referimos a la vocación de mayoría que tuvo en su mejor época IU. La alianza con el PSOE esconde casi siempre la derrota de la idea de la Alternativa. Se pactan o se realizan supuestas alianzas, acuerdos con el PSOE porque se desconfía de las fuerzas propias, de la capacidad política y organizativa para construir un proyecto mayoritario. Al final, en nombre del realismo se acaba siendo la izquierda complementaria del Partido Socialista, la izquierda del PSOE.

Continuar con esta política en plena crisis de régimen y de Estado es conducir a la izquierda real, social y política al callejón sin salida de la restauración autoritaria del capitalismo. La construcción del Bloque Social y Político, así lo entendemos nosotros, debería ser el instrumento, el sujeto de una amplia alianza social, política y cultural que le dispute la hegemonía al bipartidismo y la mayoría al PSOE en los sectores populares.

Rebelión democrática para una constituyente: vocación de mayoría y alternativa de poder. La propuesta en positivo de esta Asamblea es clara: acumular fuerza social, orgánica y cultural para iniciar un proceso constituyente que dote al país de nuevas reglas, nuevos derechos y fije la “carta de navegación” de la transformación social que las mayorías sociales necesitan. El Bloque Social y Político es el instrumento que organiza la convergencia, que concreta las alianzas: la Rebelión Democrática es el (contra) poder ciudadano y pieza maestra del proceso.

Hay ambigüedades y contradicciones en la formulación. No entraremos demasiado en ellas, fundamentalmente, porque se ha discutido poco y todo está abierto, es decir, susceptible de demasiadas interpretaciones. Aquí, como diría el clásico: la Rebelión Democrática se organiza.

La pregunta es tan vieja como el movimiento obrero organizado (históricamente, el movimiento socialista, que es como se llamaban los de la 1ª Internacional): ¿Cómo nos organizamos para tener poder los que no tenemos el poder?

Eso tenía que ver con el partido y con el sindicato, es decir, con el protagonismo de los “comunes y corrientes”, los “don nadie”. ¿Os imagináis?: “los nada de hoy todo han de ser” y hasta dirigir la sociedad. Esa fue, sobre todo, una inmensa revolución cultural: ¿cómo los de abajo se atreven a cuestionar a los de arriba y a disputarles el poder, la dirección moral e intelectual, la hegemonía, a los que mandan?

Todo este mundo está en crisis.

Cuando se dice que hace falta una “revolución interna en IU” se dice mucho y casi nada. Somos, eso dicen los papeles, un partido, no un movimiento político y social. Pero ¿qué partido? No deberíamos confundirnos mucho: hablamos de un partido que ya no es un partido obrero y de masas y es, como mucho, una organización electoral e institucional, con escaso número de afiliados, pocos activistas y con conexiones muy débiles con lo que se mueve en la sociedad. El eje fundamental y actividad central: elecciones, instituciones y cargos públicos. De ahí se derivan los recursos, el aparato y el poder interno.

Las tesis no aciertan en lo fundamental: los problemas organizativos de IU son políticos en sus causas y en sus soluciones.

Lo organizativo va por detrás de lo político.

Desde hace años Izquierda Unida se debate entre dos lógicas: “reparto de poder” o “hegemonía social”.

La dinámica de “reparto” es simple y se practica abundantemente. La narrativa: vamos electoralmente bien, tendremos más cargos públicos y tocaremos más poder. Si tenemos buenos resultados, las encuestas así lo indican, podemos, no tardando mucho, ser decisivos y gobernar con el PSOE y además le haremos girar a la izquierda. Es coherente.

Una organización así no necesita muchos afiliados ni demasiados activistas, basta con tener recursos económicos, buena relación con los medios y un aparato electoral solvente. No exageramos: en alguna federación es la dirección “quien elige a las bases”. Es la “creatividad” propia del hábil control de los censos. Después de las dificultades vividas: ¿vamos iniciar un proceso que le dé recursos y cargos públicos a otras gentes? ¿A movimientos? ¿Quiénes son? ¿Quién los conoce? Esto es lo que se dice desde hace mucho tiempo. Ahora que las cosas nos van bien: ¿no es el momento de repartir entre nosotros, entre los nuestros? ¿No es el momento de fortalecer aparatos y presencia institucional propia?

Esta posición contiene algún error de importancia. Primero, la crítica de la sociedad a esta política y a estos políticos. Crítica de masas trasversal y, sobre todo, de las nuevas generaciones a esa forma-partido y a esa lógica de poder que clausura socialmente el sistema de partidos y cierra la relación con la ciudadanía más activa y crítica. Segundo, esa forma-organización condena a IU a la subalternidad frente al PSOE: el electoralismo y el institucionalismo perpetúa el bipartidismo, es jugar en el campo y con las reglas de los que organizan un partido en el que siempre ganan los mismos: los poderes fácticos económicos, mediáticos y político-culturales. Solo se puede superar el bipartidismo con amplias alianzas, movilización social y una organización política de masas. Si esto no es posible o se considera quimérico solo queda ser la izquierda que complementa al PSOE, que le dé los votos y comparta con él gobierno.

Tercero, cualquier forma-organización transformadora y por lo tanto de masas, extremadamente difícil hoy, exige una socialización del poder interno, una democracia participativa que cree vínculos sociales y conexión con la parte más dinámica de la juventud. Es decir, “un sector público de trabajo político voluntario”, miles de personas que dediquen su tiempo y sus energías morales al proyecto de forma gratuita.

Para decirlo más claro: si la política es la actividad que  fundamentalmente realizan los que viven de ella, no hay nada que hacer y esta sociedad no se podrá cambiar. Compárese esto y el tipo de organización que realmente somos para constatar que no se exagera cuando se habla de que necesitamos un autentica revolución interna.

La lógica de la hegemonía social y cultural, que es la originaria de IU, la definimos hace muchos años así: otra política, otras formas de organizarla y hacerla. La idea de fondo era una Izquierda Unida capaz de construir la Alternativa, es decir, otra política, otro Estado y otra sociedad. Las tesis van aún más lejos y nos dicen que hay que salir de esta crisis desde el socialismo del siglo XXI. No es poca cosa: salir no de la crisis en abstracto sino del capitalismo en crisis. Si nos lo creemos de verdad hay que ser coherentes hasta las últimas consecuencias.

Lo decisivo ante la “crisis orgánica” del capitalismo español (económica, de régimen y de Estado) es construir una alternativa de poder. El Bloque Social y Político (poco desarrollado en las tesis) debe ser el instrumento para esa amplia convergencia nucleada en torno al proceso constituyente. El problema real aparece de nuevo: ¿esta IU es el  marco político-organizativo capaz de impulsar el proyecto que defendemos y que las clases populares reclaman? Basta leer los textos para saber que no. La revolución organizativa interna que se promueve debe ser, sobre todo, política y a su servicio; superando la lógica del reparto  y retomando de nuevo una propuesta de alternativa y no de simple gestión de lo existente. De hegemonía social y cultural: ese es el camino para superar de verdad el bipartidismo y la subalternidad con respecto a la “honesta gestión de la cosa existente” con el PSOE.

Hacer posible lo (que parece) imposible: el mundo se puede cambiar si queremos, nos dotamos de un proyecto autónomo y nos organizamos.

Uno. Crear imaginarios alternativos: voluntad transformadora y proyectos socialmente factibles.

Siempre ha sido así. Lo que parecía imposible, los enormes sufrimientos acumulados, las esperanzas, las aspiraciones de las dominadas y de los humillados se podían conseguir si las personas se unían, construían un ideario común y convertían los sueños en  programa, en proyectos factibles de transformación social. La revolución no venia del cielo: era una posibilidad de la propia realidad que necesitaba de una subjetividad organizada y consciente.

Lo nuevo de hoy, el obstáculo mayor, estriba en la desaparición del imaginario de las clases subalternas de la idea misma de la revolución, de la posibilidad y deseabilidad de una sociedad alternativa al modo de producir, consumir y vivir del capitalismo, en momentos en los que este nos condena a una crisis civilizatoria.

Este “bloqueo de la subjetividad revolucionaria” tiene que ver, entre otras cosas, con los cambios estructurales en la composición de las clases trabajadoras, entre instituciones políticas y las realidades de nuevos mecanismos en una economía en mutación; las nuevas formas de expropiación financiera de los trabajadores y sus conexiones con las enormemente desarrolladas estructuras de consumo; la derrota político-cultural del pensamiento socialista, radicalmente multiplicada tras la disolución del llamado “campo socialista”. En el trasfondo, la planificada erosión del Estado-nación, reforzada radicalmente, en nuestro caso, por el proceso de integración europea que ha significado una enorme desestructuración de nuestro tejido productivo, pérdida de control macroeconómico y una significativa reducción de la soberanía entendida como autonomía real para realizar políticas económicas y sociales diferenciadas y alternativas a las dominantes.

Dos. Es una crisis de la globalización capitalista.

Lo sustantivo es que nos encontramos ante la crisis del segundo intento por construir un capitalismo globalizado; el primero terminó en 1914 e inició la llamada guerra de los treinta años. El neoliberalismo ha sido el nombre que se le ha dado a la (contra) ofensiva del capital contra las conquistas históricas de las clases trabajadoras, los movimientos de liberación nacional popular y los países que se caracterizaban así mismos como realmente socialistas. Lo singular de esta crisis es que, por así decirlo, pone en cuestión la salida a la crisis anterior, es decir, el conjunto de políticas que sirvieron para reestructurar sustancialmente el capitalismo y garantizar su supervivencia. Los grandes ejes de la ofensiva de los poderes económicos fueron: las políticas neoliberales, la globalización económica y productiva y la financiarización del capital. La pretensión: mercantilizar el conjunto de las relaciones sociales, eliminar los controles políticos, sociales y culturales que impedían la libre circulación del capital y construir el marco civilizatorio que hiciese factible la sociedad del mercado.

Todo esto es lo que realmente se cuestiona con la crisis. Lo que se cierra es un ciclo que comenzó en los años ochenta del siglo XX y que concluyó en el 2008. Los rasgos básicos de esta nueva fase son:

a)  Una crisis de sobreproducción o de demanda. El dato fundamental de la misma ha sido la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza. Lo específico ha sido una singular combinación de globalización (libre circulación de capitales, cambios tecnológicos acelerados, desregulaciones masivas) y financiarización (control y dirección del capital dinero sobre el conjunto de la economía) que posibilitó un descomunal endeudamiento que (temporalmente) garantizó la expansión del sistema.

b)  La gran transición geopolítica. La globalización ante todo fue un proyecto (imperialista) para perpetuar la hegemonía de los EE. UU en momentos donde su predominio estaba en cuestión. Hoy asistimos a la emergencia de nuevas grandes superpotencias y a la decadencia de la que hasta ayer era la “hiperpotencia”. Este elemento marcará toda la época y determinará en muchos sentidos la salida de la crisis del capitalismo histórico. Lo fundamental: una redistribución del poder a nivel mundial de grandes dimensiones y la tendencia dominante al conflicto, a la militarización de las relaciones internacionales y a la guerra en sus diversas variantes.

c) El declive del “occidentalismo”. Desde un punto de vista histórico más amplio este puede ser el aspecto más relevante. Como es conocido, la modernidad aparece, no por casualidad, con el llamado “descubrimiento” de América y está unido, es su lado oscuro, al racismo y al predominio de los “valores” de un Occidente que se autoconstituía como la verdadera y única civilización. Todo esto está hoy en cuestión. Las nuevas potencias emergentes son grandes culturas que han resistido el imperialismo cultural de Occidente y que están definiendo, en la teoría y en la práctica, la crítica a la modernidad realmente existente y reivindicando la pluralidad esencial de la especie.

d) La crisis ecológico-social del planeta. La incompatibilidad entre el capitalismo industrialista y productivista y el medio natural es cada vez más evidente. El cambio de perspectiva se convierte en un problema político central. Con demasiada frecuencia se habla de la crisis ecológica como algo que le ocurre al medio natural con el que estamos relacionados. Esto es solo una mirada muy parcial. La crisis es ecológica, es centralmente social, es decir, producto  de la acción de los seres humanos sobre el planeta; el problema es que al poner en peligro los equilibrios esenciales de la biosfera se hace cada vez más difícil la vida de las personas. Estamos haciendo imposible la pervivencia de la especie humana.

Tres. La crisis orgánica del capitalismo español: el problema son nuestras clases dominantes y su incapacidad para generar proyectos democráticos.

Cada vez tomamos conciencia de que esta crisis no es una más. Es todo el modelo de crecimiento puesto en marcha desde la transición lo que hoy ha entrado en una crisis profunda. Hay que insistir que tanto los gobiernos del PSOE como del PP renunciaron a un modelo productivo de base nacional, comprometido con la reindustrialización y con un incremento sustancial de la productividad y del trabajo. Se optó por la “salida” europea y que fuese esta la que resolviese todos nuestros problemas estructurales. Más allá de éxitos sociales y económicos que la población ha percibido como muy positivos, hoy sabemos que tenía un gravísimo coste que ahora se nos quiere hacer pagar. El núcleo duro: una descomunal redistribución de renta, riqueza y poder en favor de los poderes económicos y financieros.

Los poderes dominantes en la Unión Europea están definiendo una nueva división del trabajo donde cristalice un centro dominante y una periferia subalterna. Las políticas que se están aplicando contra Grecia y Portugal dan muchas pistas del modelo económico social que se quiere para el sur de la UE: economías deprimidas, con bajos salarios y prestaciones sociales, compradoras  de bienes de producción, consumo y servicios y sin capacidad para un desarrollo autónomo que garantice la satisfacción de las necesidades básicas de las personas. Para decirlo con más precisión: estamos en una larga marcha hacia el subdesarrollo económico-social y la subalternidad política.

Esto es incompatible con los derechos sociales y sindicales, las libertades ciudadanas y la soberanía popular entendida como autogobierno de las poblaciones.

Las clases dirigentes, las distintas burguesías dominantes, incluida la vasca y catalana, aceptan este modelo dependiente y subdesarrollado y se conforman con repartirse una parte del beneficio global fruto de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza. Es el patrón de crecimiento franquista empeorado. Los debates “soberanistas” tienen mucho que ver con los movimientos que se realizan entre los grupos dominantes y de su capacidad para implicar subalternamente a las clases populares.

Cuatro. Reconstrucción social, Poder Constituyente, República Federal: las mayorías sociales protagonistas y constructoras de la revolución democrática.

Hay que salir de la resignación y convertir la rabia en política. La gente común y corriente, las clases populares, deben construir una nueva hegemonía y un nuevo poder al servicio de las mayorías sociales. Hay que recuperar el saber, la cultura democrática-popular olvidada y enterrada en la transición política: el problema de España son sus clases dominantes, por su histórica carencia de un proyecto nacional integrador y por su parasitismo social y económico; por su dependencia de los intereses extranjeros y su profundo desprecio del pueblo, de los ciudadanos y ciudadanas.

Ahora, de nuevo, se apresta a convertir la crisis en una oportunidad para restringir derechos sociales y libertades públicas. Las clases dominantes (incluidas las burguesía vasca y catalana; la gallega jamás tuvo proyecto propio alguno) aceptan sin más el papel que se asigna al Estado español en la nueva división del  trabajo que se está configurando en la Unión Europea en crisis. Una España subdesarrollada y dependiente no puede permitirse el “lujo” del pleno empleo, de derechos sociales universales, de un Estado social que regule el mercado, redistribuya la riqueza y defina el desarrollo sostenible del país. Este es el dato políticamente relevante: el capitalismo oligárquico y rentista es incompatible estructuralmente con la democracia y condena a España en su conjunto ser una “región periférica y subalterna” de un centro económico y político dominante bajo hegemonía alemana.

Una de las mentiras más consistentes de la política en la “joven democracia española”, aderezada con la vulgata marxista habitual de la época, fue eso de que la Republica y los Estatutos vascos, catalanes y gallegos eran formas de dominación burguesa, y por tanto secundarias, en la definición de las estrategias de los trabajadores. En medio se quedó la ruptura democrática y lo que era política y culturalmente más significativo: que en este país la República siempre tuvo un contenido democrático-plebeyo, anti-oligárquico, federalista y socialmente igualitario.

Hoy, ante una crisis que es de Estado, de régimen y de la política democrática en sentido fuerte, en plena regresión social y cultural, las clases populares, para defender derechos y libertades conquistadas, tienen que definir un proyecto alternativo de país, un proyecto republicano-plebeyo. En el centro, el poder constituyente de la ciudadanía; el medio: un nuevo bloque social y político y la rebelión democrática, la autoorganización de la ciudadanía como instrumento.

Quinto. Una Instituyente democrático-popular para una Constituyente: soberanía popular y revolución democrática. Hay que entender que ya estamos en una transición de régimen. Lo fundamental: la constitución de 1978 ha cambiado sustancialmente y el pacto político-social subyacente no existe ya. Los poderes económicos, con la complicidad de la clase política bipartidista, han dado un verdadero golpe de Estado y se inicia el proceso para un nuevo régimen sin proceso constituyente, sin el protagonismo del soberano, sin legitimidad. Este es el hecho decisivo.

Esto lo cambia todo: el pasado no volverá y es necesario, para defender derechos y libertades, impulsar el proceso constituyente, el poder de la ciudadanía, el poder del pueblo. Esto no vendrá del cielo ni surgirá de la nada. Exige proyecto, organización, movilización sistemática y capacidad de hegemonía. En la crisis que vivimos se produce un doble movimiento: una parte se retira de la política, otra, se politiza y muestra su disponibilidad para la acción y hasta la organización. Ambas están conectadas y sus posibles derivas no están escritas en parte alguna. Depende de nosotros y no tenemos todo el tiempo del mundo: la disponibilidad puede cesar y las mayorías, por ahora silenciosas, pueden activarse en diversas direcciones, incluidas las autoritarias o abiertamente fascistas.

El tiempo apremia. Venimos hablando de movimiento político y social y lo que tenemos son caricaturas de los viejos partidos de integración de masas. Aparatos institucionales y electorales, con poca conexión con los movimientos y con una lógica marcada por el reparto de poder interno. Eso lo sabe todo el mundo y se convierte en un obstáculo de grandes dimensiones para interpretar e intervenir en esta fase de excepción.

De lo que se trata ahora de pasar de las declaraciones a los hechos con veracidad. Hoy es necesario, imprescindible, un proceso Instituyente de un Movimiento Político y Social que sea vehículo de auto organización, instrumento de regeneración democrática de la política y fuerza capaz de protagonizar una nueva República; combatir el bipartidismo en serio y asegurar el poder constituyente de la ciudadanía.

La autoorganización del Movimiento Político y Social debe partir de la pluralidad esencial de las fuerzas existentes, es decir, pluralidad ideológica, de género, nacional y cultural. Una fuerza así solo es posible si se organiza democráticamente, se dota de reglas claras de funcionamiento, se fundamenta en un programa colectivamente elaborado y garantiza la unidad de acción.

La experiencia latinoamericana ha mostrado hasta que punto un proceso constituyente puede cambiar desde abajo la sociedad y generar una nueva cultura política. Es la Constitución entendida como proyecto colectivo y como hoja de ruta de la transformación social. Ganaríamos mucho si la Constitución fuese el verdadero programa del movimiento y plasmación de una nueva unidad de pueblos, de culturas e identidades en torno a la transformación, desde una lógica antioligárquica y abierta a la emancipación socialista.

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