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Hondura del sur

Duermo poco, cosas de la custodia, y agito por bulerías de Cádiz un manojo de llaves bordado de estrellas. Hago ritmos sencillos con una caja de cava, entono alegrías, garrotines y martinetes, paso horas muertas, todas, todas muertas, viendo el magnífico libro de fotografía, Flamenco, de Elke Stolzenberg y José Lamarca. Alemana ella, la impresionante gitana rubia, y argentino él, Pepe, estos dos artistas, fotógrafos, son maestros en el arte de fijar el movimiento y la pausa. Elke sigue el devenir de brazos, piernas y caderas con precisión de artesana; Lamarca, profundo y estático, es, sin duda, el mejor retratista de las familias flamencas, gitanas o no, que han brillado en el cante, el baile y el toque en los últimos cuarenta años. «Tengo la voz ronca de andar tanto descalzo». Así se expresaba Rancapino, poeta, uno de los grandes del género. Hijos del olvidado sur, este libro atípico es un pasaporte que cruza las fronteras del sentido. Arte mayor de gente seria, de pueblos viejos, descoloridos por el hambre, arte musical de pobres, las miradas y expresiones del flamenco quedarán para siempre en este definitivo volumen (29x29cm), como homenaje y recuerdo. Si El ritmo perdido de Santiago Auserón (Península, octubre, 2012) explora la huella de la negritud en nuestra música popular, este conjunto de imágenes, de una belleza poco común, sigue la estela de las sendas perdidas, sagas flamencas, mujeres, hombres y niños, en cuyos rostros se observa la huella de la Historia. De Camarón de la Isla a Antonio Mairena, de Gades a La Niña de la Puebla, esta galería, repertorio de arrugas y valentía de ser, evoca otra parte, oculta y profunda, de nuestra identidad; otra parte de nosotros mismos: el pueblo del sur.

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