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Moral de combate

Nada es eterno. Ni la muerte, que termina en olvido, ni el movimiento de las estrellas del firmamento. Los antiguos, respetados sabios, creían en la inmovilidad (o artificio) de la bóveda celeste. Como aquellos marineros del Kronstadt (primero vanguardia, luego reprimidos), nuestra moral de combate debe permanecer —cuando la tormenta perfecta arrecia— inalterable. Lo cuenta Richard Sennett en La corrosión del carácter. El tiempo vital, ciclo del mundo del trabajo y las emociones, es el tiempo del impulso capitalista. Tenemos demasiados relojes, omnipresentes; relojes que ya no marcan la muerte (ha desaparecido por orden de la autoridad), pero que fijan, nuevas funciones, la pertenencia o no al mercado laboral. ¿Cuándo se convirtió el trabajo en una concesión? Tendré que desempolvar viejos tratados (descatalogados, claro) y repasar la historia económica. Las agujas, sabido es, giran al compás de los beneficios. La era del capital es el instante de la aceleración: un impasse que marca, según proceda, ritmos binarios, música militar. Leo las últimas entregas editoriales de este sello cuyo blog usurpo desde un 20 de noviembre, José Antonio, ¡Presente!, de 2007: Apocalipsis Now de Vicente Verdú y La mujer de Edipo de Miguel Roig. Agudos analistas de la realidad social y cultural, estos autores iluminan mis noches de cigarrillo y paseo. Roig desvela la personalidad mediática de la Reina Sofía y sus elocuentes silencios; Verdú recorre, de la mano de san Juan, el Apocalipsis de nuestro espectral tiempo de zombis. Oigo, será mentira —el libro es el valor refugio, ay— que el mercado del libro ha caído casi un 60%, si excluimos los cinco best-sellers de cada año. Editar en España es llorar. Larra murió: suicidio de chaleco amarillo.

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