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María Toledano / Rebelión

Tres instantes de la España cañí (III)

1. Gestores de bonanza

Formados en escuelas de comercio privadas, masters, estancias en el extranjero y diferentes experiencias laborales, sus carreras profesionales -hasta la fecha- estaban presididas por el éxito. Eran el espejo donde se miraban muchos estudiantes; las universidades privadas los querían como asesores, ocupaban tertulias y tribunas de la prensa escrita: impartían doctrina. Cambiaron varias veces de coche, hasta llegar al 4×4 deportivo, y compraron casas, chalets. Tuvieron amantes. Eran clónicos: ternos oscuros, corbatas de colores llamativos y casual friday; pelo corto, bien peinado, empezaban a fumar tabacos cubanos, agitaban la copa de vino antes de probarlo con adusta expresión y descubrieron la ginebra. Leían sobre marketing y, cada dos frases, dejaban caer alguna expresión en inglés. Crecieron con el neoliberalismo (duro o blando) votando al PP o al PSOE, según el aire. La economía del crecimiento -los años de oropel que han correspondido al ejercicio de nuestros actuales dirigentes empresariales- fue una lucrativa actividad sin riesgo. Se trataba de crecer, ampliar el negocio, vender o comprar, contratar personal, pedir más y más créditos, generar recursos, gastar. La era de la burbuja inmobiliaria -disparado el consumo gracias a las clases medias urbanas- fue su tiempo de bonanza. Los errores se tapaban con préstamos, ayudas, subvenciones. Estos mismos directivos de la nada (ESADE, MBA, ICAI, etc.) se enfrentan ahora a la crisis de su modelo: y no saben por dónde salir. Como el gobierno, recortan. No les enseñaron otra cosa. Pensaban que el crecimiento (exponencial) sería eterno: su Dios. No saben ni de capitalismo. Estos últimos ejercicios andan despistados y sienten que su macroeconomía doméstica (su religión) se desploma. No dan pena. Dan asco.

2. Resistencia ideológica

Con un gesto extraño, mezcla de caduco esteticismo de opereta y desasosiego (a mi edad, igual que Bette Davis, hago lo que quiero, al menos en mi casa), acaricio lomos de libros que me hicieron ser como soy. No estoy agradecida. Al contrario. Me hicieron infeliz, profundamente infeliz, porque me enseñaron cómo era el reverso del mundo. Pasado el tiempo, me duele, artrosis intelectual, tromboflebitis intelectual, cefalea intelectual, neurosis intelectual, cada una de sus líneas, las anotaciones en los márgenes, las conexiones entre ellos, sus violentas conversaciones, los subrayados que me hicieron pensar (por mi cuenta) más allá del propio texto: la antigua cultura de la Izquierda. Los libros, era otra época, otra forma de ser y de estar en el mundo, me dieron y me quitaron la vida, que se escapa ahora, ya va siendo hora, por la ventana del miedo, enseñándome pliegues y dobleces, vectores y puntos de fuga. Venían de todas partes y en varias lenguas: comprados, regalados, prestados, sacados de bibliotecas, cada uno con su estigma y su leyenda. Vivo enterrada, sepultada, entre textos que me han hecho ser lo que soy (cada día me soporto menos), y todas las mañanas, como oración, me levanto pensando en su destino. Cerca de mi casa hay un contenedor de papel: reciclaje. “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos.” Poco a poco voy tirando libros inútiles. Sigo leyendo. Leo como forma de combate frente a la barbarie neoliberal. Leo para aislarme de un mundo que me ignora y que no entiendo (ni quiero). Leo para ser infeliz, conscientemente infeliz, amargamente infeliz. Leo para expresar mi rabia. Leo contra el orden y sus acólitos. Leo, en realidad, contra mi misma.

3. Selección de nombres

Anaximandro y Anaxímenes, Milton, Juan Rulfo, Agustín de Hipona, Tomás, el Aquinate, Baudelaire, Copérnico, Demócrito de Abdera, Kant, Azuela, Hegel, Quevedo y Hume; Descartes, Leibniz; Lutero, Séneca, Maquiavelo y Moro; Ockham, Platón, Locke, Cicerón, Sartre, Althusser; Hobbes, Gide, Anselmo, Aristóteles, Fichte, Tales, Shakesperare, Cervantes, García Márquez y Cortázar, Felisberto Hernández, Saer, Zola, Hölderlin, Dickens; Goya, siempre Goya, y Picasso, Lenin, Vélez de Guevara, Kautsky, Lukacs, Anselmo Lorenzo, Hugo, Goethe y Robespierre. Kafka, Pessoa, Deleuze, García Hortelano y Velázquez; Unamuno y Valle Inclán, Peter Weiss, Torres Villaroel, Baroja, Keynes, Cela, Luxemburg, Anatole France, Lampedusa, Faulkner, Rodolfo Mondolfo, Oscar Wilde y Werner Jaeger. Me abruma la soledad de esta variopinta compañía. La lista es infinita. Olvido tantos como apunto. Hacer listas es hacerse vieja: ejercicios de memoria. El recuerdo es una lista infinita que ignora el principio causal y transita en bucle, espirales de infierno, hacia ningún sitio. El recuerdo es el ruido de una bombona de butano chocando contra los soportes del camión, teléfonos blancos pulidos con Cristasol, carreteras mal asfaltadas y tirabuzones de alegría. El recuerdo era creer en los SS-20, desfilando por la Plaza Roja, que luego resultaron ser de plástico o en la épica/lírica guevarista. Balzac, Verlaine, Adorno, Saint-Just, Conrad, Leopardi y Spinoza; Wittgenstein y Heidegger, Spengler, Raymond Williams, Hill, Malraux, Dobb, Braudel, Hobswbawm, Arrighi, Adam Smith, Schumpeter, Miguel Hernández, Walter Benjamin, Lorca, Mann, Levi Strauss, César Vallejo, Machado, Cernuda y Celaya; Blas de Otero, Foucault, Larra, Beckett, Sciascia, Rimbaud, Dumas y Henry James. Marx, Nietzsche, Freud…

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