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La desgracia de ser (español)

«163. Mil veces mejor la cruda comercialidad con la que se promocionan los valores intelectuales en Occidente que la empalagosa adulación, la bajeza y el favoritismo que caracterizan nuestra vida intelectual». Parece escrito ayer, hoy, mañana y, sin embargo, Nikos Dimou (Atenas, 1935), publicó este punzante aforismo en 1975. Leo el libro entero, de tirón, respirando poco, sentado en un banco del Raval, envuelto por el griterío plurilingüe de la vida, o lo que quede de ella, en movimiento. La desgracia de ser griego (Anagrama, 2012), 193 aforismos, con el post scriptum de 2012, es uno de esos textos, agudeza y desasosiego, que han caracterizado la llamada cultura mediterránea desde la Antigüedad. A Dimou, desgarro intelectual, le duele Grecia y sus cosas como a nuestros noventayochistas les dolía España. Países sin remedio, sin solución, sepultados por el agrietado mármol su Historia; naciones sin cultura del trabajo ni cohesión social ni revolución industrial; dictaduras autárquicas de codicia y zafiedad. Y de postre, la prima de riesgo y el déficit público. Nos prestaban dinero sabiendo para qué era: infraestructuras (necesarias para impulso del turismo europeo) y faralaes (para su distracción). El 92 lo cerramos con JJ.OO. en Barcelona y Expo de Sevilla: que siga la fiesta. Ningún gobierno, vacas gordas para el PP y el PSOE, frenó la burbuja inmobiliaria. Era la panacea universal, el maná de los ladrillos del Nilo. Después del constitucional y repetido café vino el «cemento para todos». «Cierto es que casi andamos como huérfanos», escribió Hölderlin (Lumen, 2012, versión de Eduardo Gil Bera). Un recuerdo infantil. Se reúnen tres superpotencias: España, Grecia y Portugal…

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