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Independenzia

Las palabras con zeta, zurrón, zarzamora, zoquete, tienen aire de rumba y misterio, como Letizia, Princesa de Asturias, y Zenobia, Reina de Palmira. Una cosa así, entre cool, trendy, urban y racial. Vamos, igual que si Peret, guitarra giratoria, fuera diseñador de camisetas. Independenzia suena bien, combativa, llena de vida y entusiasmo juvenil. Los marxistas, años atrás, sabían mucho de autodeterminación de los pueblos. Estas semanas, menudo jaleo, el asunto nacional catalán ocupa parte de la agenda. Companys proclamó, 6 de octubre de 1934: «Estado Catalán de la República Federal Española». Hoy, lejos de aquellos agitados días, el debate parece más un ajuste contable de la burguesía local y sus representantes (Vicenç Navarro, dixit). Me gusta la idea de Independenzia. España es una anomalía europea: un estado plurinacional en construcción desde 1492. Luego, como explicó Earl J. Hamilton en 1934 (El tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650, Ariel, 1983), llegaron los metales preciosos y arruinaron el incipiente desarrollo patrio. Contra mi costumbre, veo dos Telediarios. En el primero escucho a un psiquiatra: escribir en Facebook —dice sin pudor— es bueno para combatir la pérdida de memoria y luchar contra el Alzheimer. Sin comentarios. En el otro, un día después, Pep Guardiola (maneras de vendedor de apartamentos en Marina d´Or), aparece dando una charla (one man show) sobre motivación grupal  — autoayuda poética—  en una fundación de Telmex (Carlos Slim, también emplea a F. González). Sin comentarios. Independezia implica, y parece razonable, una toma de conciencia de la soberanía popular, es decir, la articulación horizontal de un proceso constituyente. Robespierre, pobret meu, conocía el procedimiento, cuenta Peter McPhee en la excelente biografía del abogado de Arras. La Diada fue brutal, oigo en algunos barrios de Barcelona.