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Público.es

Manuel Fernández-Cuesta
Director-editor de Ediciones Península (Grup62)

“Tal como la concebimos, la democracia política y social no puede ser más que un régimen de transición entre el capitalismo monopolista de Estado y el socialismo”

Santiago Carrillo, Después de Franco, ¿qué? Éditions Sociales, París, 1965

Santiago Carrillo: una celestina en Palacio

Ay, Santiago, qué cosas decías. París era una fiesta y tú bendecías, urbi et orbi, cual Inocencio X de Velázquez, Papa rojo, eurocomunista y antes estalinista (como todos, por otro lado), impoluto, europea corbata, a los comunistas españoles: un ejército de sombras. Imposible resumir en unas apresuradas líneas la larga y sinuosa trayectoria del difunto. Carrillo es, quede claro desde el principio, uno de los dirigentes políticos más importantes de nuestra segunda mitad del siglo XX. Como es preceptivo, la miel de los elogios -por parte de la caterva de los demócratas bienpensantes, son legión- lloverá sobre las cabezas de los ciudadanos. Hablarán de su imprescindible contribución a la democracia, de la peluca (los que se sepan la música), del Sábado Santo de la legalización, de sus excelentes relaciones con Adolfo Suárez y el Rey. Mencionarán, y será justo, su envolvente oratoria (communist old style) y sus habilidades parlamentarias pitillo en ristre (no es cierto que los sacara encendidos de la chaqueta). Alguno, si no le resulta un exceso, recordará su comportamiento durante el 23F (no se tiró al suelo, ni se escondió tras el escaño: ya sabía -zorro viejo- que aquello era un esperpento). Recibirá, si procede, alguna condecoración póstuma por los servicios prestados a la convivencia nacional. Las críticas, sin duda, agitarán los muertos en Paracuellos del Jarama y su variopinta intervención en la Guerra de España (fue Consejero de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid desde los primeros días de noviembre de 1936) y salvo para convencidos, esa letanía quedará bajo la maraña indiscriminada de alabanzas. Con el fallecimiento de SC se rompe uno de los últimos hilos de memoria que cosen el régimen de Franco con la Monarquía constitucional. Suárez enfermo, ausente; el Rey, obvio, mudo; González (silencio obligado) en el comercio activo. Carrillo sabía muchas cosas y hacía como si no supiera otras. Sus diferentes e interesantes libros de memorias serán tomados por los historiadores con cautela: no dice la verdad ni al médico. Cola de león o cabeza de ratón: uno de los dilemas carrilistas. Dirigió, con mano de hierro, el Partido, no hacía falta decir más, y contó con de apoyo de miles de comunistas anónimos -los verdaderos héroes silenciosos, a lo que maltrató tantas veces- que se jugaron la vida, muchos la perdieron, luchando contra la dictadura nacional-católica: cómo y cuándo decidiera el Partido. A Santiago Carrillo, hombre de mundo y buenos trajes, le gustó viajar. Europa y Occidente, mejor. En el Este hacía mucho frío y la cosa andaba muy revuelta entre los procesos, la muerte de Stalin, Jrushchov y el lío aquel del XX Congreso del PCUS. Mejor en París, pensando. Como Don Juan en Estoril. Cosas de españoles.

Evitemos enumerar las luces y sombras del otrora todopoderoso Secretario General comunista. Si a estas alturas de la Historia no sabemos quién es Santiago Carrillo, qué ha representado, cuáles son sus méritos y traiciones, tendremos que soportar, estoicos, rojos de ira, que un sagaz tertuliano nos lo explique. O Javier Cercas. O Victoria Prego. En las primeras crónicas se lee que fue expulsado del PCE, vamos mal. Carrillo ha sido un hombre esencial en el devenir de la izquierda comunista desde la Guerra de España y cabeza visible de la oposición antifranquista. Condujo el PCE con disciplina de combate y relajó sus costumbres, hasta la aceptación de la bandera rojigualda, símbolo de la claudicación, cuando su tacticismo de opereta lo juzgó necesario. Fue Carrillo -eso le honra- hombre de profundas y cabales convicciones, aunque no las compartiera. Surcó los siete mares de la ideología comunista (con ayuda, nunca fue un animal teórico), atravesó fronteras imposibles y explicó en los órganos de dirección y ante miles de simpatizantes, los cambios de rumbo del PCE (algunos los llaman bandazos) con tranquilidad. Todo era lógico y claro, deseable, si lo decía SC. A su lado, asintiendo, refrendando, Dolores: mujer y madre.

Suavizó (para qué detenerse en detalles) los hábitos de mesa del PCE (las ideas y propuestas de antaño) hasta la consecución de la legalidad. Cientos de miles de personas salieron a la calle, primero tímidas, luego eufóricas. La hemeroteca muestra coches antiguos y banderas rojas. Esta fue una de las grandes maniobras del elegante tahúr: el PCE (legalizado) jugará con las normas de la casa. En el Eurovegas que fue la Transición, SC había obtenido su free pass ¿Cree alguien, todavía, que por la fría cabeza del dirigente comunista pasó alguna vez el dilema “Reforma o Ruptura”? SC jugó, ambidiestro, en varias mesas a la vez. Esa era su fuerza y fue su debilidad. SC y Juan Carlos I, al que, en un alarde de prospectiva o mintiendo (supo más de lo que declaraba), llamó “El Breve”, se abrazaban en público y en privado. Fue siempre nuestro Rey dado a campechanías. Y como Soberano, supo reconocer la contribución y esfuerzo de su leal súbdito y amigo SC al rebajar las expectativas comunistas, ya fueran las electorales del PCE o las de organizaciones sindicales cercanas. Alfonso Guerra se equivocó, as usual, llamando “Tahúr del Misisipi” a Suárez. Todos eran grandes jugadores (también la CIA, dicho sea de paso) y juntos prepararon -convolutos de Brunner aparte- el advenimiento del PSOE de Suresnes, ariete glorioso de la modernidad patria. En la última mano, la de difuntos, cuando uno se juega el lugar en la Historia, Carrillo lleva triunfos o una pareja de ases. Nadie sabrá nunca de dónde los sacó. Juran, los que estaban cerca, que la baraja no era suya. Susurra un viejo aforismo político: cuando el adversario te elogia, algo estás haciendo mal.

Parece ser, no está demostrado, que el paraíso comunista, sección de la Internacional española, debe ser un lugar -el humo blanco de los cigarrillos que se corta con el carnívoro cuchillo del pobre Miguel Hernández- lleno libros de teoría política, fotos de Korda, documentales sobre la batalla del Ebro, las condiciones de vida de los mineros en cualquier rincón del planeta y la explotación de las mujeres en el sudeste asiático antes de la guerra de Vietnam; paneles explicativos de los logros espaciales de la URSS y el cadáver amortajado de la perra Laika; críticas por algunos (inmorales) comportamientos excesivos y una serie repetida de autocríticas (violentas) antes de comer. También habrá expulsiones y llamadas a la Unidad, retratos de Lenin, Stalin, Dimitrov y Gramsci (este solo en las estancias de la subsección catalana), expedientes y reconciliaciones (nacionales); escisiones, eternas discusiones por una palabra, mujeres y hombres valientes y generosos, capaces de dar su vida por el prójimo (a medio camino entre el comunismo y el cristianismo), ejemplares atados, sin abrir, de Mundo Obrero y Nuestra Bandera, el destartalado coche que le regaló Ceaucescu a SC, ejemplares olvidados del Libro Rojo, del Verde y una escultura, tamaño natural, de Kim Il Sung marchando hacia la Paz Mundial. En los archivos estará la documentación falsa de Julián Grimau hecha por Domingo Malagón, el charme Maura de George Semprún, neomalraux del Felipismo, los análisis de clase de Claudín, la brillantez constitucional de Solé Tura, otra luciérnaga, Estación Pirenaica, abducida por el magnetismo del PSOE, y algo de entreguismo culpable. Estoy seguro que al astuto e inteligente Santiago Carrillo no le veremos por ahí, pasando calamidades o electrificando Siberia. Conseguirá un visado para el purgatorio y, seguro, le dejarán fumar. Ya verá él -afilada réplica, implacables argumentos, Tribuno de la Plebe- cómo se organiza. Allí, claro, le conocen menos. Descansa en paz, Santiago. Esperemos que tu leyenda e historia de luchador antifranquista no quede sepultada bajo el dorado lodo de las elegías al Padre de la Patria. Aunque -la verdad sea dicha- méritos habrás hecho, camarada.

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