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Manuel de la Fuente, ABC

En su último álbum, que mañana sale a la venta, todo suena clásico, como si el intérprete fuera el pianista al que todos quieren matar en un «saloon» del Lejano Oeste

Que un tipo decida un buen día dejarlo casi todo y meterse en una gira mundial interminable no parece que sea la mejor manera de que uno sea perseguido por la crítica y que su careto ocupe las portadas de las mejores revistas y diarios. Eso es lo que hizo Bob Dylan hace tanto tiempo que ni él mismo lo recuerda. De vez en cuando sacaba algún disco, recibía su comentario y poco más, aunque entre ellos hubiera obras maestras como «Time Out Of Mind» (1997) y «Modern Times» (2006).

Pero últimamente todo el mundo le ha vuelto a seguir la pista a Bob. Él sigue a lo suyo. Es decir, que ahora sigue de bolos, próximamente en varios lugares de la Costa Este estadounidense: Nueva York, Connecticut, Massachussets, Pennsylvania… y publica un nuevo álbum el 11 de septiembre, «Tempest».

No parece que esta nueva popularidad venga por aquel Premio Príncipe de Asturias, que no recogió porque ese día… pues también tenía bolo en un lugar perdido de la perdida Nebraska. Tal vez este regreso se deba a que de vez en cuando haya que echar la vista atrás y tenerle un respeto a uno de los padres del Rock And Roll.

O quizá, más bien se trate de que cualquier músico de la Unión que se dedica al que se podría llamar rock con raíces tiene algo que ver con Dylan. En la manera de ver, en la de escribir y hasta en la de cantar. Curioso, porque Bobby nunca fue Caruso.

Y eso es, precisamente, lo que destaca en este «Tempest», su inclasificable voz siempre en primerísima persona, trabando esos textos que solo se le pueden ocurrir a él, historias que es imposible saber muy bien de donde salen: trenes (una de sus obsesiones), amores rotos, pueblos fantasma, venganzas (la Biblia que no falte) y hasta el disparate de quince minutos como es la canción que da título al disco, escrita a partir de la historia del Titanic.

Mares anteriores a Elvis

Bob también ha producido el álbum, teniendo como músicos a la compañía de la gente de su gira universal y eterna, y un toquecito de David Hidalgo de Los Lobos. Dylan tiene en su cabeza y en su corazón la música popular norteamericana al completo, y a veces parece que su trabajo fuera el de poner en marcha una gramola que se dedica a repasarla según le da al maestro.

Quién sabe, es como si con discos como «Tempest» dejara el barco del rock and roll y prefiriera navegar por otros mares anteriores a Elvis y compañía. Swing, jazz de esquinazo de Nueva Orleans, country de garito, blues del Delta, folk cuna Apalaches…. géneros de los que de una u otra manera nació el rock… pero anteriores. Todo suena antiguo o, mejor, clásico, como si el intérprete fuera el pianista al que todos quieren matar en un saloon del Lejano Oeste. Eso, o el charlatán que vende medicinas milagrosas por unos centavos. Pero menuda labia tiene.

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