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El cerdo de Hieronymus

Británicos modos de mesa y desvaído esqueleto, Catedrático de Sociología y President del Institut d’Estudis Catalans, Salvador Giner sostiene que «por encima de la ley moral está la intuición ética que compartimos todos los seres humanos». Aire de renacentista (listo) y relajada sonrisa, habla con un (casi) imperceptible acento internacional que se arrastra tras habitar diversas lenguas, algunas muertas, y recorrer países varios y universidades. Le veo algunas mañanas, hacia su trabajo de Presidente, cual dandy civile del Raval, El origen de la moral, su nueva obra, es —sin duda— uno de esos estudios importantes, laico, racional y republicano, que toda «sociedad avanzada» debería leer. Gramsci se fue a la mierda en la cárcel, poverino, pero la hegemonía moral, el bloque hegemónico ético que subyace en la reflexión de este neokantiano catalán y marxista light, emerge con actualidad de titán: una esperanza radical frente al dominio de la incertidumbre. Le pasa a este observador lo que a los chavales de la cantera. Si fuera Ginerouix o Von Ginerstein, ya tendría todos los premios y reconocimientos, aunque fuera sólo por los miles de estudiantes que han aprendido rudimentos de ciencias sociales con su Sociología. En la cubierta, color tierra, aparece un cerdo travestido de monja, con el hocico pegado a la oreja de un escribiente. Hieronymus Bosch, autor del detalle (El jardín de las delicias), también pensó mucho en la humanidad (despojada) y en el cuerpo social (desmembrado). La imagen debe ser irónica. Me dicen que vive por Sarrià, un antiguo pueblo pegado a la sierra de Collserola, el quinto de los diez distritos de Barcelona y el primero, ay, en renta per cápita. Cerca de las trufas del inconsútil poeta Foix, imagino.

“El origen de la moral” (Salvador Giner, Ediciones Península)

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