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Moët con Rajoy

Juegos Olímpicos, Mundiales de fútbol y Campeonatos de Europa. Poco importaba el deporte. Siempre, perdón, quería que ganara el otro, el rival de España o de los españoles que competían individualmente. Pensaba, ingenuo, que cualquier victoria nacional sería utilizada por el santificado Régimen del César Visionario para sus glorias y juegos florales: por el Imperio hacia Dios. Luego, con el correr del tiempo, comprendí que el Régimen tenía innumerables tentáculos que salían de la cántabra cabeza de Carrero Blanco y llegaban, vía CIA, sin saberlo el almirante, otro ingenuo, en el fondo, hasta el SPD. Esto y mucho más aparece en Soberanos e intervenidos (Siglo XXI, varias ediciones) de Joan Garcés. Tanto monta, González y Aznar, monta tanto, olvidaron a Suárez, hasta que el propio Suárez se olvidó de si mismo: otra forma (enferma) de régimen. Y así, alienados, marciales e hipotecados, emprendimos la larga marcha del neón y los psicofármacos. El otro día, sin ir más lejos, escuché a Rajoy decir que a España le vendría muy bien la victoria en la Eurocopa para nuestra economía. Dijo, ay, Mariano: «Los españoles necesitamos una alegría en estos tiempos tan difíciles» y añadió, sin rubor, que el triunfo supondría «un gran subidón moral». Era Sant Joan, 24 de junio, y en lugar de pasodobles de apretadas cinturas y verbena, Mediterráneo, mar de pobres y petardos, descorché una botella de Moët y corté dos cocas: llardons y crema. Cenaba en compañía y pensé que, o bien un ataque de fiebres metafilosóficas me había transportado a 1964, 21 de junio, gol de Marcelino a la URSS de Yashin, o que Mariano, ay, Mariano, ay, estaba puesto ahí, como las marquesinas de Decaux, por el ayuntamiento. Cerré los ojos, sentí la caricia de las burbujas y otras caricias y recordé que la memoria del presente está escrita, también, en la corteza de los árboles. En una higuera, por ejemplo, o en un tilo.

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