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“Destrucción masiva. Geopolítica del hambre”

(Jean Ziegler, Ediciones Península 2012)

“El FMI ordenó especialmente la liquidación de la Oficina Nacional veterinaria, abriendo el mercado a las sociedades multinacionales privadas de la farmacopea animal. Por ese motivo el estado no ejerce ya ningún control efectivo sobre las fechas de validez de las vacunas y los medicamentos. (Niamey se encuentra a 1.000 km. De la costa atlántica. Muchos productos de la farmacopea animal llegan ya caducados a los mercados de la capital. Los comerciantes locales se contentan con cambiar manualmente las fechas límites de consumo en las etiquetas.)

Ahora, los ganaderos nigerinos deben comprar en el mercado libre de Niamey los antiparasitarios, las vacunas y otras vitaminas para tratar a sus animales a los precios dictados por las sociedades multinacionales occidentales.

En Niger, el clima es duro. Mantener saludable un rebaño de varios cientos o varios miles de cabezas de ganado cuesta caro. La mayoría de los ganaderos son totalmente incapaces de pagar los nuevos precios. Como consecuencia, los animales caen enfermos y perecen. En el mejor de los casos, los cederán a un precio miserable antes de que mueran. La salud humana, directamente ligada a la salud animal, también se deteriora. Los orgullosos propietarios naufragan en la desesperación y la decadencia social. Con sus familias, emigran entonces hacia los barrios de chabolas de Niamey, Kano o las grandes ciudades costeras, Cotonú, Abiyán o Lomé.

En este país de hambrunas recurrentes, donde la sequía expone periódicamente a hombres y animales a la subalimentación y la malnutrición, el FMI obligo a desmantelas los stocks de reservas en poder del Estado, y que se elevaban a 40.000 toneladas de cereales. El Estado conservaba en sus depósitos esas montañas de sacos de mijo, cebada y trigo, precisamente, para poder acudir en su ayuda, con urgencia, de las poblaciones más vulnerables en caso de sequía, invasión de langostas o inundaciones.

Pero la dirección África del FMI en Washington sostiene la opinión de que esos stocks de reservas pervierten el libre funcionamiento del mercado. En pocas palabras: que el comercio de cereales no puede ser incumbencia del Estado, puesto que esto viola el dogma sacrosanto del librecambio.

Después de la gran sequía de mediados de 1980, que duró cinco años, se aceleró el ritmo de las catástrofes.

La hambruna ataca desde entonces a Niger una media de cada dos años.”

(Págs. 60 / 61 del libro)

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