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Fabada y cataratas

Amanece temprano en junio. Barrenderos y prostitutas recogen sus aperos: escobones y mangueras, cansancio y cinturones de falda. El café sabe diferente, endulzado con miel de brezo. Suena la armonía de Mozart, Misa de Réquiem, y dos coplas, repetición y diferencia, de la Velvet Underground: Sunday morning y I´ll be your mirror. Camino por la acera, quince pasos a la izquierda de la puerta, quince a la derecha: la marcialidad de un soldado que velara el sueño de V. I. Uliánov. Bértolo, editor de Navia de Suarna (vaya nombre para una editorial, pensará alguno), ha ideado una antología, publicada por Catarata, de Lenin, El revolucionario que no sabía demasiado. No saber es, sin duda, el primer requisito del pensamiento dialéctico de la Revolución. No saber es construir sobre el tiempo, desde el tiempo: el instante revolucionario entre las manos. «Sería una gran equivocación limitarse a aprender el comunismo simplemente de lo que dicen los libros», dice Lenin, cita Bértolo, en el frontispicio de su política introducción. Pasa una calesa tirada por un caballo. Una pareja, asombrada de sí, intuyendo la esencia (supondría Husserl), circula del mito al logos, de la potencia al acto, sin mediaciones. Recuerdo, una vez más, a Ockham: «no hay que multiplicar los seres sin necesidad.» La Cristiandad está forjada por ateos. El sol descubre sus pecas, impresionismo de ensalada: pinceladas rojas, verdes, azules, ocres y amarillas. El sol estampa una sonrisa en su rostro con la misma intensidad, festiva y ardiente, que el amante del Cantar de los Cantares goza del cuerpo de su amada: «Tus dos pechos, gemelos de gacela». Silenciada por el poder, la piel habla. ¿Vértigo? No se puede hacer más lento.

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