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Marmita de polenta

Debo tener unos 25 años y futuro. Camisa blanca, pantalón oscuro, botas. La fotografía está tomada en el puerto de Marsella. No recuerdo, casi mejor, que hacía allí. Las noches de libranza me cuesta dormir: pienso. Mi tío Rogelio, Comandante guerrillero, MOI, trabajó en el turno de noche para aumentar su pensión. Empezó combatiendo, pistola al cinto, a la Falange de los señoritos en Madrid, 1934, y terminó haciendo cócteles Molotov en 1968, París, Liceo Henri IV, para un sobrino rebelde. Releo a Jean Claude Izzo, Total Khéops, Chourmo y Solea (Série Noire, Gallimard; Akal en español). Ahora, de repente, hace un par de semanas, quiero volver a los sitios —sé que la expresión es desafortunada— donde fui feliz: grado cero de la imaginación. Camisa blanca, pantalón oscuro, botas. Estoy sentado, atento, con un pitillo en la boca. Veo tazas de café, vasos vacíos, periódicos. En el capítulo sobre La Habana de Las naciones oscuras de Vijay Prashad está contenida la esperanza de los No Alineados. Recuerdo, illo tempore, una cena en Viñales, Pinar del Río: arroz, pollo, ensalada, puerquito, tabacos, cerveza, ron y calor. Beethoven viaja en el AVE, agitado de velocidad, con sus partituras llenas de correcciones. El paisaje es conjuro contra el dolor: un espacio donde los árboles, salpicados de primavera, parecen refugios contra la tormenta. La huella de una mirada miope atraviesa, Rambla del Raval, la distancia: elefantes por los Alpes. «Los ojos ven mediante el agua de alrededor; que tienen fuego es evidente, pues, si se golpean, destellan.» Teofrasto, Sobre las sensaciones, intuyó, quizá sin saberlo, el alcance de las complicidades. Camisa blanca, pantalón oscuro, botas. Huele a polenta gialla.

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