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Manuel de la Fuente, ABC

La poeta publica «El jazmín y la noche», su Poesía reunida (1981-2011)

Almudena Guzmán no le gusta el viento, menos aún el racheado, porque podría llevarse por los aires los versos que siempre juguetean por su escritorio. A Almudena Guzmán le gustan los gatos, los jazmines, Ingmar Bergman, leer de anochecida, Marisa Monte, Von Trier, el cine indie americano, y la lluvia de Borges, esa que ya saben ustedes que siempre sucede en el pasado. Y Charlton Heston en la cuadriga o sin ella.

A Almudena le gustan los libros «gordos» del XIX, de su Dickens, de las Bronte, de Elizabeth Gaskell, de Jane Austen, de Wilkie Collins, los rusos de entonces, de ahora y de siempre, y aunque sus poemas suelen ser de proverbial ternura, bajo esa miel no pocas veces se asoma la hiel, las espinas emboscadas, los venenos soterrados, las verdades como templos (el de Salomón, a ser posible), porque Almudena Guzmán es devota (aparte de San Jorge, San Francisco y San Antonio) de la cofradía de los que van poniendo puntos sobre las íes, metiendo el dedo en la llaga, poniendo en solfa un mundo en el que mandan los fenicios y los currículos griegos de poco o nada valen.

La lucha entre el Bien y el Mal

A la poeta le seduce la Biblia y quizá por eso, por la lucha entre el Bien y el Mal, es una de las personas que más sentida y emocionadamente sabe de lo que fueron los horrores del Gulag y las Cámaras de Gas. No estuvo allí (aunque pasó por martirologios y gulags de hoy como el despido, el paro y la ignominia) pero ha leído todo, absolutamente todo, sobre aquellos días y aquellos años donde apenas si había un solo justo, como su admiradísimo Sanz Brinz, el Ángel de Budapest, Shalamov… y esas esvásticas y esos kolimás se entreveraron en su último libro, «Zonas comunes», un libro a la medida del ser humano y su eterno sufrimiento.

Rubén y Enyd Blyton

A Almudena Guzmán le gustaba Rubén Darío y también los libros de Los Cinco, aunque por aquello de guardar debidamente la línea nunca se despachó a gusto con el pastel de jenjibre. En una mano, un libro de Enyd Blyton, y en la otra, apenas dieciséis años, el bolígrafo con el que redactaba su primer libro, «Poemas de Lida Sal», que le dio a Almudena tinta para rato, hasta hoy que acaba de publicar su poesía reunida (1981-2011), bajo el título de «El jazmín y la noche» (Visor, prólogo de Luis García Montero), treinta años de trayectoria poética que se leen en un suspiro.

A retaguardia, quedan libros como «La playa del olvido», «Usted» (1986, finalista del Premio Hiperión), con los que se fue convirtiendo en la niña de sus ojos de Rafael Alberti y Luis Rosales, el bellísimo «El libro de Tamar» (Premio Ciudad de Melilla), el imprescindible ejercicio de venganza y redención casi biblicas que fue «El Príncipe Rojo» (Premio Claudio Rodríguez) y el ajuste de cuentas con el tiempo sombrío en que vivimos, en la Europa que es ya un nuevo Auschwitz, que es «Zonas Comunes» (Premio Tiflos).

Almudena Guzmán siempre ha sido una poeta que baja a la calle, y que abre bien las orejas. Habla y escribe claro, como si le estuviera hablando a la vecina, porque en esas conversaciones de rellano de escalera está la tradición, la cultura popular, la sabiduría de los seres humanos que aun en rulos cada día luchan por su pan y por sus rosas.

Pan y rosas

El pan de Almudena no es de molde, está hecho con el trigo del tiempo y la melancolía, y la harina de lo cotidiano. Las rosas de Almudena Guzmán, sí, claro, tienen espinas, que hacen sangre, porque el dolor nos hace sentir que estamos vivos, que seguimos vivos y que seguimos cantando.

Luis Alberto de Cuenca lo explica mejor, evidentemente, en la contraportada de «El jazmín y la noche»: «Son sus versos fragmentos de vida palpitante, engagés con la cotidianidad del ser humano y con su circunstancia, sociales en su más elevado sentido. Solidarios. Bienvenidos, pues a la agudeza, inteligencia emocional, pericia arquitectónica, sensibilidad, capacidad de sorpresa, ternura, desparpajo y calidad y limpieza de escritura. Esto destila la poesía de Almudena».

De «Zonas comunes»

Es tiempo de pocas bromas,
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tiempo de subirse el cuello del abrigo,
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como los agentes de la Guerra Fría,
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y desaparecer.
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Pero las catacumbas ya no son seguras.
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Han borrado el pez
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y la paloma.
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Han pintado la cruz gamada
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sobre el ciervo rupestre.
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