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Spinoza y Sinatra

Atentaron contra su vida, por ateo, y se refugió en Voorburg, La Haya. Escribió una gramática, pulía lentes, se enamoró y fue rechazado por pobre, en una floreciente comunidad de comerciantes. Gabriel Albiac, La sinagoga vacía (Hiperión, 1987), da cuenta de influencias y mentores. Teorizó el Estado moderno, apoyó a Jan de Witt y peleó por la primera república libre de Europa. Luego vino la asesina reacción orangista. Mirada penetrante; feroz y sensible inteligencia. El deseo como motor. La Ética demostrada según el orden geométrico (traducción de V. Peña, Alianza Ed.), es un pilar del pensamiento. Muchos pasajes parecen escritos ayer (o mañana). Los conservadores le acusan: demonio de la razón, frío determinista. Es la «anomalía salvaje», dijo il bravo y cattivo Negri. En los tratados políticos sostiene una democracia radical: pensador de lo común, lo colectivo (no diré comunista, sonaría impropio). Borges, cómo no, le dedicó dos sonetos: «No lo turba la fama, ese reflejo / De sueños en el sueño de otro espejo, / ni el temeroso amor de las doncellas.» Leibniz, interesado en conocer —en persona— al huidizo holandés, llegó a su casa: carrozas, edecanes y varios sabios. No abrió la puerta. Murió en febrero de 1677. Recuento de bienes: libros, dos abrigos (verde turco y negro), siete camisas, diecinueve cuellos, cuatro sábanas. «Podría besarte toda la noche y eso sería un exceso», pensó. Expulsado de la Sinagoga, Deus sive Natura, en 1656: «Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone». Escribió su defensa en castellano con el título (imagino): Fly me to the moon.

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