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Sombra de gato

Susurra cada movimiento, imperceptible, caricia de espanto, y pasa la partitura con la mirada. Invitados, Zukerman y Barenboim, conversan, violín y piano, al fondo. De un salto, deja su sombra en el aire, suspendida, trepa al sofá —armonía de pantera— y desgarra las volutas de humo con la cola negra, negra carbón. «Solo tienes que silbar»: Bacall a Bogart. Se enamoraron, dicen, en 1944; Howard Hawks dirigía Tener o no tener. Emir Kusturica, en lance de amor juvenil, tuvo que elegir entre Amarcord (música de Nino Rota) y besar a una chica. No se equivocó: Fellini puede esperar. La sombra del gato recorre el pasillo de la editorial; evita los despachos: mira, olisquea y avanza. Se detiene: firme y flexible como el junco. Su presencia desafía mi autoridad de custodio en ejercicio. Estoy seguro, por su expresión, que sabe hablar. Cualquier día lo hará, pienso, y tendremos un disgusto. ¿Dónde estoy en este historia? Así titula el cineasta serbio, Papa está en viaje de negocios y Underground, entre otros chispazos balcánicos, sus memorias. Bogart y Bacall fumaban cigarrillos sin filtro, Cherterfield o Camel. Ahora todo es light, la vida misma en marcha, y surfeamos sobre la volátil realidad (Christian Salmon, dixit). Precarios sin derechos y emprendedores —empresarios de nosotros mismos, escribió Michel Foucault en los setenta—, aderezamos los fracasos con vinagre balsámico, prima de riesgo a 500 y media docena de psicofármacos: recaptadotes de serotonina. «Los imperios se levantan sobre los huesos de los muertos», anotó Volney. Excavarán nuestra civilización y sólo encontrarán plástico. Leo Exitus de Antonio Luque: «Para tener vicios hace falta dinero». Pediré un aumento. O una pistola.

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