El Aleph Editores.

«Habrá quien encuentre difícil de creer que un periodista de partido, en concreto del PCI de los años cincuenta, haya podido ser un espíritu libre, no sometido a obediencia. Pero la variedad antropológica de los comunistas italianos ha producido también especímenes así» (Il Corriere della Sera).

«Mi oficio de escribiente me recuerda esos castillos de naipes que tanto gustan a los niños y que se desmoronan cuando nos tiembla la mano. Mejor nacer dos siglos antes e imitar a la señora Kirchgessner, ciega pero virtuosa de la armónica de cristal, quien durante toda su vida deleitó a la aristocracia con tal instrumento». La señora Kirchgessner (1998).
«Jano tiene cien años y ha decidido sentarse bajo el níspero a contar los días, sin ceder a las tentaciones mundanas. Le parece una decisión juiciosa y adecuada a las circunstancias. No hará nada, dejará vagar sus pensamientos como nubes, más allá de las hojas». El níspero (2001)
«Los lugares del delito, un título casi policíaco para un libro en el que Luigi Pintor confiesa: «mi aspiración adolescente era convertirme en un idiota, que para los griegos significaba mantenerse apartado y ser inocente. Si debía crecer, me parecía la mejor manera de hacerlo. En cambio, un estúpido se mete en todo sin entender nada y, muy a mi pesar, tomé ese camino». Los lugares del delito (2003)

LUIGI PINTOR (Roma, 1925- Roma, 2003). Periodista, escritor y diputado italiano de origen sardo. Miembro de la Resistencia antifascista, en 1944 fue detenido y torturado. A finalizar la II Guerra Mundial, entró en el diario L´Unità, llegando a ser codirector de la edición romana. Elegido miembro del CC del PCI en 1962, sus posiciones políticas, contrarias a la entrada de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia (1968), le alejaron del Partido. Fue cofundador y director -desde 1991- de Il Manifesto, semanario y luego diario a partir de 1971, uno de los periódicos más importantes en la vida italiana. Agudo e implacable editorialista, destacó al final de su vida como un excelente memorialista con una cálida e intensa voz narrativa. Entre sus libros destacan Politicamente scorretto. Cronache di un quinquennio 1996-2001, Punto e a capo. Scritti sul manifesto 2001-2003, Azione è uscire dalla solitudine y Servabo: memoria di fine secolo.

“Elogio de Pietro Ingrao” FRANCISCO FERNÁNDEZ-BUEY (EL PAÍS)

El arqueólogo del presente

«El viejo engranaje se ha hecho pedazos, pero el momento
de la resignación y de la rendición no ha llegado todavía».
LUIGI PINTOR, Servabo (1991), XII

Con pinceladas sueltas, como si escribiera en el aire de recuerdos lejanos, entre la memoria y el análisis, silbidos de tren, ecos de guerras y el mar, aquella comida, fotografías familiares, la máquina de escribir o una conversación, avanzan estos tres libros (La señora Kirchgessner, El níspero y Los lugares del delito) de Luigi Pintor. Tengo sobre mi mesa Servabo (1991), Edicions Alfons el Magnànim-IVEI, Valencia, 1992. Dice el crédito: esta publicación es un suplemento del número 39 de la revista Debats (marzo, 1992) y se vende inseparablemente con ella. En la página siguiente, aparece impresa —elección de Pintor— una cita de Voltaire. «Los libros más útiles son aquellos en los que los lectores hacen la mitad del trabajo: penetran en los pensamientos que se les presentan en estado embrionario, corrigen lo que les parece defectuoso, refuerzan con sus propias reflexiones lo que les parece más débil». Ha pasado mucha vida (y algo de muerte, siempre más despacio) desde aquel marzo de 1992. El mundo ha cambiado su apariencia externa: la corteza de látex; el mecanismo de control económico impuesto en la Conferencia de Bretton Woods (julio, 1944) se resquebraja, la aceleración del tiempo nos confunde (el presente avanza por la senda de la incertidumbre y los psicofármacos) y la memoria se ha convertido en un cristal mecido por las modas políticas (con su moralidad de aeropuerto) y la estadística. Quizá por eso, con la vista puesta en otro sitio, desde la imaginaria terraza de un café romano, dejándose llevar, confiados, de la mano, lentamente, «Povero come un gatto del Colosseo» (Pasolini), pueden leerse hoy, letra viva, en presente, estos apuntes literarios de «la pluma más aguda y brillante de Italia», como expresó —no era pródigo en elogios— otro sardo, Enrico Berlinguer.

Escritor, diputado, periodista, hombre de acción y de letras, cofundador de Il Manifesto (uno de los diarios más influyentes de Europa), Pintor recoge esa tradición de mujeres y hombres consagrados a la construcción de lo común, tanto en el entorno social (y político) como en sus aspectos narrativos. Construir lo común, en el territorio de la literatura, podría definirse como una actividad artesanal, en vías de extinción, cuyo objetivo sería la identificación de las normas de estilo y el comportamiento discursivo con el fin de levantar una ontología material de los hechos descritos: sacar los cuadros de los museos para colgarlos en las afiladas esquinas de nuestra trayectoria personal. Las obras que siguen, pensadas por el autor con más de setenta años y escritas en 1998, 2001 y 2003, son un atrevido ejercicio de estilo —con toda la riqueza que ofrece la semántica, excelente traducción de Helena Aguilà— y un tratado de ética individual y colectiva. «Es impresionante la cantidad de llaves, carnets y documentos que se utilizan en la vida cotidiana. Un comunismo utópico, siempre preferible a un comunismo científico, podría ser un mundo sin llaves». Estas dos frases de El níspero resumen, mejor que cualquier axioma, una forma de ser y de estar. Una aproximación moral (combatiente de las ideas) y literaria (narrador ante la desesperación) que se alza como un muro transparente de optimismo —la conexión viva con Antonio Gramsci— frente a las hostilidades cotidianas, frente a la adversidad.

Su potente voz literaria, cargada de noble humanidad, y una prosa teñida de irónica alegría de vivir mediterránea o de Cerdeña o, por qué no, de aquellos lugares imaginables, sitios donde hemos sido felices, son las herramientas con las que Pintor, uno de los personajes centrales de la vida pública italiana durante más de cuarenta años, reconstruye y ordena la educación sentimental, intelectual, sensitiva —pasado y presente— de los cajones, el cofre del tesoro, donde guardamos las pequeñas cosas que nos acompañan. «Mi mente es un arqueólogo que cava tenazmente en el pasado y me conduce con prepotencia donde no quiero ir» (de Los lugares del delito). Recuerdos e impresiones sueltas, a modo de gotas dispersas, crean el húmedo aire de otra época, cuando todos éramos diferentes. No mejores, solo más jóvenes, diferentes. Nacido en 1925 y fallecido en Roma en 2003, este volumen de Pintor recorre el siglo xx con sus cambalaches (y las líneas de fuga hacia el xxi), un siglo —hoy parece perdido en el laberinto— cuya violencia estructural seguimos padeciendo. Contra al descrédito, contra la pérdida de la idea de mundo consciente de sí, arma Luigi Pintor una literatura de sensaciones y bocetos. Puede que a algunos lectores modernos, más aficionados a la acción (suele ser calificada de trepidante), este tempo narrativo, salpicado de ideas y metáforas, el tiempo de un paseo (ahora ya nadie pasea), les resulte vago, impreciso, ajeno al acelerado ritmo (una especie de footing vital) que ha impuesto la mercadotecnia a nuestras vidas. Sin embargo, esta presentación editorial desea invitar al reposo (alejado de la efervescencia posmoderna y la exaltación de la subjetividad), a una lectura tranquila, sosegada. Lea usted media hora, déjese envolver por el balanceo, y decida si quiere proseguir.

Por estas páginas desfilarán el amor y su ilusión, des-amores y dolores, la valentía ante la derrota, fantasmas que vuelven, hormigas rojas protegidas de los leñadores, el entierro de un campesino, poemas infantiles, deseos, nubes que pasan, árboles frutales cuyo olor es una disculpa viajera, paisajes, símbolos. Una cadena (de producción) une la esperanza y la resistencia —con una tensión discursiva llena de requiebros— que asombrará por la minuciosidad de sus engranajes, el respeto (democrático) por el lector (cada uno, autor y lector, ocupan su espacio sin injerencias), los guiños a la Historia común europea y la descripción, casi antropológica, de quiénes somos. Pintor escribe, en ocasiones, en primera persona, una primera persona —discreta— que funciona a modo de hilo conductor. No pretende el autor imponer su punto de vista, cosa tan frecuente y molesta, sino que nos invita a sentarnos cerca y pensar con él. Poco importa que sea en un banco de piedra, escaño de diputado, detrás de un ordenador, sentados en una piazza o bajo un manzano. El caso es sentir la cercanía. «Cuando las adversidades rompieron en mil pedazos el pequeño estanque doméstico, culpé de ello a la mala suerte. Pero ahora sé que no hay atenuantes y que el cuarto mandamiento no fue escrito para mí», se lee en La señora Kirchgessner.

Abierto el libro, se siente un viento provocador que, en realidad, debido a la fuerza de su revolucionario empuje, barre cualquier tentación nostálgica como «antorcha siniestra que girase turbulenta en torno a los palacios», escribió Leopardi. Los textos que siguen son el reencuentro con lo que fuimos, con independencia de nuestra azarosa biografía, edad, sexo y condición, un repaso —microscopio y gran angular— a la identidad escondida bajo los fulgores del neón y la precariedad laboral: emocional. Pintor, cuya armónica sabiduría solo puede compararse con la profundidad (literaria, política) de su mirada, «llegaba a casa con su ingenio, infalible y elegante, nunca con un golpe bajo, inmune a toda vulgaridad, convencido —como estaba— que las per-sonas son nobles y que su causa debía de ser servida con nobleza». Estas palabras de Rossana Rossanda reflejan el carácter —y la sutil voz— que aparece en su escritura. Estamos ante eso que podría calificarse de «literatura de la memoria» (el que la conserve), una memoria que se convierte en actualidad y transforma lo remoto en esencia de nuestro proceder diario.

Parece imposible olvidar, siendo algo natural en el ser humano. La informática ha anulado, con sus discos duros externos, la evocación. Todo está, en principio, para ser contado, repetido. Digitalizada, nuestra mente portátil archiva a su antojo, en carpetas, los recuerdos. La banda sonora de nuestra vida, por usar una atroz expresión actual, esa música que asociamos con hechos acaecidos, es hoy un rayado disco pirata. Las leyendas e historias del siglo pasado —antes de la irrupción volcánica de la tecnología doméstica—están escritas (y contadas) en infinidad de cuadernos y muchos papeles. Quizá demasiados. Si aceptamos, parece hipótesis razonable, que toda literatura, como cualquier otra manifestación humana, artística o no, refleja el instante en que fue concebida, es decir, nace de las circunstancias socio-económicas y, por extensión, culturales, donde se produce recordaremos, quizás, el día en que leímos, sin prisa, las primeras frases de Pintor. Y ese recuerdo será imborrable. Como fósiles en las grietas de un acantilado azul.

MANUEL FERNÁNDEZ-CUESTA
La Habana, febrero de 2012

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