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Poetas políticos

Cansado del ambiente local —pese a sus estancias en Zaragoza—, aburrido, incluso, de las jóvenes cristianas de La Ribera, Yehuda Ha Levi, médico, filósofo y lírico navarro, nacido en Tudela hacia 1070, año arriba o abajo, depende de las Crónicas, cogió varias mudas limpias, papeles escritos con caligrafía inversa, algunas monedas de oro y se dirigió a Andalucía. Le esperaba en Granada el rabino Moses ben Jacob ibn Ezra, hombre de posibles, con la promesa de trabajo y acomodo. «Las copas sin vino son pesadas, son arcilla como las vasijas de barro, mas al llenarlas de vino se hacen leves lo mismo que los cuerpos con las almas.» Otro neoplatónico, judío errante, diáspora de luz, enamorado de la vida. Siglos después, Galiza ceibe, ausente entre nubes, reuniones y colegiales, X.L. Méndez Ferrín (Orense, 1938), escribió en gallego, 1976, el poema Posturas para copular en homenaje: «Ponte de mar, estruendo y primavera / y manos estremeciendo el vaso, amante, en el que cantan las sedes de otro tiempo». Publicado en el volumen Con pólvora y magnolias (Hiperión, bilingüe, 1994), estos versos reflejan el tempo radical, ontológico, del amor. Hoy, que ando rojo, escarlata tirando a negro, me acuerdo de familiares y amigos muertos. El deseo, como la política, si no es instante revolucionario, agitación transformadora, se convierte en mercancía: intercambio emocional. Igual que Méndez Ferrín, Ha Levi conversaba con su amada a través de los elementos de la naturaleza: «Fuego tomaré de tus mejillas para apagar llama con llama; / cuando esté sediento, allí encontraré agua», Poemas de amor y vino; XVIII. Protegida del viento, al calor de la hoguera, Miss Kittihawa, envuelta en su pelo, lee en voz alta un fragmento de Heráclito: «Todo lo gobierna el rayo».

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