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No llores, Beatriz

Borges —que veía, intuyo, más de lo que aparentaba— escribió agudas palabras sobre él: Dante, il sommo poeta. Tercetos encadenados, metáforas, ejercicios aristotélicos. En su estatua florentina, conspirador y estratega, estudioso de Agustín y Tomás de Aquino, güelfo blanco —una escisión— después de la victoria contra los gibelinos en Campaldino (1289), aparece representado, firme, con un águila. Alighieri y Beatriz, pequeña diosa aérea: ficción literaria. La crítica desconfía de esta relación. Vuelvo, siempre presente, a Sciascia y copio la cita del Caballero Casanova que abre Todo modo: «dejó caer el último velo del pudor, citando a san Clemente de Alejandría». Venecia —quizá yo fuera otro, el otro que me vive—, primavera, seis de la mañana. El gran canal es un trasiego de mercancías. Alguna manzana cae al agua; dos lechugas, salpicadas por el sol, parecen pinceladas de Monet; la primera luz se rompe, sangrando azules, contra la cúpula de Santa Maria della Salute. Estoy sentado, es costumbre, ante el ordenador de Península. Pegada a la pared, medio folio blanco, letras negras, una referencia a Lenin: «la revolución no se hace, se organiza». Debajo de una biografía de Robespierre, asoma Luigi Pintor, El Aleph (abril, 2012). «Los filólogos deberían investigar con qué instrumentos escribía Dante y si pulía sus versos únicamente a la luz del día o también a la luz de las velas». Beatriz, Bice di Folco Portinari, vestida de blanco, desnuda de blanco, paseaba a la orilla del Arno. Varias lágrimas, engarzadas en un anillo de Tiffany (imposible cronología), iluminaban su rostro. Dante, seducido por la belleza, corrigió fragmentos de su Vita nuova: «Fili mi, tempus est ut pretermictantur simulacra nostra».

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