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Reconquista

Sentado en el descapotable inglés de alguna condesa, camisa blanca, terno oscuro, sombrero, Don Draper de la filosofía española, Ortega y Gasset, Pepe, que no entendía cómo podía llamarse Reconquista a una cosa que había durado ocho siglos, agitó la copa de vino y estiró el meñique: ay, tanta lectura neokantiana me da hambre. Así ando, estómago vacío, pitillo en la comisura. Vuelvo, íntimas razones, meandros del sentido, a Un ser de lejanías (Planeta, 2001), de Umbral: «Escribir un libro es una aventura interior. No importa el final ni la salida. Importan las maniguas recalentadas que uno va cruzando, el pensamiento selvático y la espera inconsciente de una llamada femenina de paso hacia el crepúsculo.» Siempre será, Zeca Afonso, abril. Sueño con Portugal. Vasco Gonçalves (1921-2005), coronel de primavera: reforma agraria, nacionalización de la economía y salario mínimo. Luego, Mario Soares, CIA, neoliberales y la intervención: una historia frustrada. Mis noches sin voz, sin respuesta, teléfono junto al mechero, se transforman en estudio: ora et labora. Benito de Nursia, teórico de la autarquía siglos antes que el Vigía de Occidente, miraba de soslayo a los monjes no fuera que ignoraran las reglas. Llevo en la mochila Los adioses de Onetti, subrayado, y un folleto del Parador de Toledo. Desde el balcón, skyline de barro y cerraduras, se ve la plaza, cerca de la sinagoga del Tránsito, donde debatían sobre el Uno —será mentira— teólogos judíos y árabes. «Estábamos a mitad de primavera, desconcertados por un sol furtivo y sin violencia, por noches frescas, por lluvias inútiles.», escribe Onetti en 1954, existencialista, antes de encamarse y morir en Madrid. Columnas de humo perfilan el paisaje: la reconquista.

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