Etiquetas

,

Chicago, Illinois

Cuentan, crónicas olvidadas, que Kittihawa se despidió de su marido con un beso en la mejilla y volvió a sus tareas. Inquietos por la tormenta, los animales andaban agitados. Morena, menuda, dulce, firme, Kittihawa era india, Potawatomi, y estaba acostumbrada al viento que, según los viejos hechiceros, podía levantar caballos del suelo. Ignoro por qué me he acordado de esta historia mientras escucho, Youtube, a Adriano Celentano, guitarra y orquesta: Il ragazzo de la via Gluck. Quizá sea porque siento en la espalda, pespuntes de primavera, el mismo viento de la pradera —cerca de Deadwood— que barre las calles de esta otra Windy city (Vilallonga, Las ramblas terminan en el mar). Interpreto como quiero —atrevido hermeneuta— un verso de Pasolini, Las cenizas de Gramsci: «Tra i due mondi, la tregua, in cui non siamo», (Entre los dos mundos, la tregua en la que no somos). Releo Otelo en la cama. La aparente fragilidad de Desdémona es, en realidad, otra forma, diferente, de entender el mundo. Kittihawa, que adivinaba la hora mirando los ojos de los gatos (hubiera escrito Baudelaire), tranquilizó a las bestias, entró despacio en la cabaña, aseguró puertas y ventanas, prendió un candil y se dispuso —leve escalofrío y manta— contra la tormenta. Todo pasa, se dijo, todo pasa. A la mañana siguiente, a primera hora, el sol acariciaba ya los manzanos. «Y cuando el dragón vio que había sido expulsado de la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al varón; pero a la mujer se le dieron dos alas del águila grande, para que volara al desierto, a su sitio, donde es alimentada durante un tiempo, más de dos tiempos, lejos de la vista de la serpiente», Apocalipsis, 12, 13-14.

Anuncios