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Two rode together

Recojo papeles desperdigados, apago la luz. El despacho de Península, le petit editeur, queda en silencio. De repente, hastiado como si fuera Sasha (Amigos absolutos, Le Carrè; RHM, 2004), siento el peso de la Historia contemporánea (eso me pasa por ver poco la televisión) y de los sucesivos (y previsibles) fracasos. Retomo La salvación del alma moderna de Eva Illouz (Katz, 2010) y anoto en una servilleta: «la cultura terapéutica es una reacción contra un desencanto técnico y burocrático atrofiante». Plotino, el místico egipcio, y Porfirio, su discípulo y editor de las Enéadas, recorrieron las tierras de Campania. Corría el año 263. Hablaban y bebían vino tinto, espeso, casi una resina, mientras observaban los astros buscando reflejos de un dios solitario, único, pitagórico, que solo hallaban en su entendimiento de filósofos líricos: cuestiones del neoplatonismo. Ignoro cómo viajaban por esas calzadas inhóspitas, peligrosas, pero los imagino en burro o carreta de bueyes, vestidos con túnicas sucias (el polvo del camino), sandalias y barba mal afeitada. En su camino hacia la perfección por el ascetismo, «adelgazando el velo de la materia», comerían verduras, salazones y queso de cabra. Plotino y Porfirio, Two rode together, combatían el frío —sospecho— con aguardiente. Me dicen que algunas de estas notas, a modo de Confesiones del tagastino, están recogidas en una carpeta. Ahora también llaman «carpetas» (semántica acomodaticia, ladrones de palabras) a las creadas, botón derecho, en el ordenador. Conservar estos párrafos en papel (caja de tesoros, arqueología) otorga una proximidad imposible. La única cercanía humana, reconocible, es la piel. «Todo lo cotidiano es mucho, y feo», escribió Quevedo.

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