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Poética del regalo

«No sirve de nada huir hacia el pasado si el presente no nos da paz», dice Luigi Pintor en El níspero (El Aleph, abril 2012). Regalo sensaciones del pasado: libros, fotografías, tarjetas escritas a mano con letra de molde, películas, como si pudieran acercarme al futuro. Entiendo los silencios, cargados de sentido, que se prolongan lentos, sastre del tiempo, parsimoniosos como la vida de las plantas. Leo Los hombres lobo de Montpellier (Astiberri, junio 2011), del dibujante y escritor noruego Jason (Molde, 1965). Su mirada sobre el mundo y las relaciones humanas, en la era de la destrucción del tejido social, me conmueven (utilizo una expresión ajena a mi campo semántico) y reflexiono —dibuja con precisión mujeres inteligentes, sensibles— sobre el lenguaje y su uso impropio. Lo dice Martín Seco en Economía, mentiras y trampas (Península, marzo, 2012): «el hombre solo se conforma como tal mediante la palabra». Busco sensaciones en mi memoria, herramientas lógicas para entender lo que ocurre, aunque (ahora, hoy) no sirvan para explicar nada. Pienso en el futuro, pese a su imperfección formal, indeterminada, como única manera —condición de posibilidad, conciencia de la necesidad— de alcanzar lo que quiero. Vivo y avanzo casa a casa, manzana a manzana, bayoneta calada, Stalingrado emocional (recuerdo la orden 227: ni un paso atrás), con una idea fija, a modo de aristotélico motor inmóvil. Vuelve la Historia, tragedia y farsa, violentamente dulce. Cierro, noche sin noche, vigilia, con la brisa adriática de Leopardi: «Me hallarás ciertamente, a cualquier hora en que tus alas hacia mí despliegues, levantada la frente, apercibido, resistiendo al destino».

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