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San Anselmo en zapatillas

Leo, segunda vez, Los hermanos (Bartleby Editores, 2008) de Brigitte Reimann. Ahora, sujeta la locura, pistola de espejos, vuelvo al texto, sentado en el suelo, lentas vigilias, mientras espero —cual Visconti del Raval— La caduta degli dei. La paciencia es (parece ser) una virtud revolucionaria. Pese a mi esfuerzo, no creo que esta cualidad me adorne. El tiempo pasa deteniéndose en cada esquina, un discurrir líquido que se estira, como si quisiera perderse. Las nubes nocturnas —salgo a la puerta— no tienen nombre, ni vate que las cante. Recuerdo el Argumento ontológico de Anselmo de Canterbury que aparece —elegante juego lógico, filosofía de andar por casa— en su Proslogion (traducción de Manuel Fuentes, Ed. Aguilar, 1985) y reflexiono sobre el significado del apriorismo. Sciascia, otro olvidado —como Reimann, como Saer, como tantos— jugó con el argumento (citando al inevitable Borges, El Hacedor) y fijó el sentido político, ético y estético de Italia. Nació en Racalmuto (Sicilia) entre ruinas, olor a azufre y limones. Los hermanos, guerra fría, escrita en la DDR, marca el instante de un grito en el hormigón: familias rotas por el Muro de Berlín. Reimann (1933-1974), murió joven, rodeada de palabras, algunos premios, posterior silencio administrativo e ideas. Abro y cierro el libro, me detengo en su cubierta y los paratextos. He cometido errores (lo lamento) y no reniego de otros: fui partidario de Serbia (como Emir Kusturica, próximo mayo, en Península), en lugar de defender las posturas democráticas de la OTAN; siempre he votado (salvo abstenciones) a los perdedores del Ebro; vivo de alquiler y no tengo propiedades; me gusta el maní tostado e ignoro la gastronomía; fumo en el dormitorio y admiro —ya nadie se acuerda— a Georgi Dimitrov.

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