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Sunion, por la tarde

Te cogeré la mano, despacio. Sentiré tu mirada verde, marrón, azul, negra, intensa, levemente triste, ardiente, huidiza. Te cogeré de la mano, despacio, y al llegar al hotel, cansada, arrastrando las zapatillas y una botella de agua, setenta kilómetros de Atenas, coche descapotable, Two for the road, encontrarás en la recepción un paquete postal con un cenicero y El cementerio marino de Paul Valèry (bilingüe, Alianza). Egeo de Megara se arrojó a los acantilados del Mediterráneo (storytelling mitológico) y sus acólitos nombraron un mar. En tu Iphone canta Melina Mercouri melodías de Mikis Theodorakis. Sunion, al caer el sol, es uno de esos paraísos turísticos. Nosotros, imagino, quiero imaginar, a nadie veremos: solo el recuerdo de Atenea y Poseidón. Te cogeré de la mano, despacio, y volveré a regalarte —por segunda vez— una leyenda, metal redondo, con una afirmación. Gafas oscuras, vestido corto, pañuelo anudado al cuello. «Yo, solo yo, contengo tus temores. Mi contrición, mis dudas, mis aprietos son el defecto de tu gran diamante», escribe —versión de Jorge Guillén— Valèry. Leemos libros como si fueran sombras, máscaras funerarias de ritos antiguos. El espectro del teniente Giovanni Drogo pasa de una mesilla de noche a otra y, ahora, también cercanos, falsa prolongación del cuerpo, los dos volúmenes de Saer en El Aleph. Nos persiguen las ideas y el pasado que no fue presente. Solo descanso de mí, de mis frustraciones cotidianas, mirándote. Busco una complicidad que, por ahora, se ha desvanecido como el humo de las antorchas que alumbraban los templos. Tengo nostalgia del futuro y me pesa lo oscuro y derramado. Te cogeré de la mano, despacio. Y no te soltaré.

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