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Gabriela, mon amour

Me levanté de la silla, estaba sentado con ella en un bar, y me dio un vuelco el corazón. Pensé que era un infarto y, en realidad, era amor. Desfilaron en caótica procesión los recuerdos, un vale por una noche en un Parador Nacional que todavía llevo en la cartera escrito en un cartón azul, sensaciones, tortas de maíz, un pueblo castellano: la emoción perdida. Cerré los ojos y entré —sería efecto del ron que no acostumbro— en una especie de duermevela (consciente). Aparecieron de la mano Spinoza, el joven pulidor de lentes, y Jorge Amado. Ambos hablaban, en voz baja, del deseo como potencia. El paisaje era tropical. El atardecer habanero —creí reconocer— caía lento, dejándose ver, con andares de mulata, sobre la terraza del Hotel Nacional. Ella lloraba: quizá fuera desconsuelo. No es fácil valorar, en este estadio líquido de la conciencia capitalista que habitamos, el sentimiento ajeno. Canta Nino Ferrer: Le sud y veo la imagen de una de esas casas de Polinesia, sobre pilares, en una laguna. Los peces son verdes, naranjas. El letargo, antesala del sueño, es un espejismo (deformado) cargado de sentido. «Hay ropa colgada en la terraza, y es bonito», dice la canción. Abro Las naciones oscuras de Vijay Prashad y copio unas líneas sobre los épicos barbudos de Sierra Maestra: «Su persistencia, su generosidad hacia quienes tenían alrededor y su ímpetu les ganaron aliados entre las clases más castigadas». Cualquier día de estos, siempre es verano en el imaginario sur, cogeré el aceitado Kaláshnikov, me despediré de un par de amigos y desapareceré. Es mi destino. Quizá —no lo sé— como el de algunos libros. Como su amor de besos fugaces y zapatos negros de salón.

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