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Manuel de la Fuente (ABC)

Se publica por primera vez en español la única novela del colosal poeta, «Franklin Evans, el borracho», editada en el año 1842

Fue un poeta colosal como la tierra en que nació. Sus versos fueron como los raíles del ferrocarril que se tendían hacia el Lejano Oeste. Sus palabras, como aquellos pioneros que se aventuraron a cruzar el Mississippi. Sus poemas fueron Las Rocosas de la literatura norteamericana. Porque él, Walt Whitman, fue uno de los sagrados arquitectos de ese país que a mediados del siglo XIX ya empezaba a mostrarse como un gigante.

Como los Padres Fundadores, Whitman fue una de las piedras angulares sobre las que se construyó América. Cantó a sus ríos, a sus cordilleras, a sus bosques, a las grandes praderas y a los desiertos, a la fauna y a la flora, y le cantó sobre todo al hombre común, a menudo corriente, además de cantarse a sí mismo como cualquier norteamericano que se precie. Fue uno de los primeros poetas sociales, y él, además, lo sabía. Como Custer, como Lewis y Clark, como Franklin, Jackson, Jefferson y Washington, Walt Whitman tenía una misión: poner en verso (libre, libérrimo) la epopeya de la nación americana.

Fue un hombre siempre acuciado por la pobreza, impresor, periodista, tipógrafo, oficinista, enfermero, sentía una simpatía sentimental por la gente del Sur, pero fue el hagiógrafo de Lincoln tras su asesinato, ¡oh capitán, mi capitán!, creía que el abolicionismo era necesario, pero no le gustaban los radicales. Escribió sobre el hombre mortal y rosa, sobre el vecino, el granjero, el carpintero, el vagabundo, los porches y los cielos estrellados, pero en su intimidad y desde la profundidad marítima de sus ojos azules sus pensamientos eran conservadores. Solo escribió un libro de poemas, «Hojas de hierba», publicado un 4 de Julio (1855), Día de la Independencia, un trabajo prometeico que le llevó media vida, corrigiendo y aumentando, edificando la nueva Biblia de América.

Moral y moralina

Pero antes escribió una novela moralizante, «Franklin Evans, el borracho», que luego él mismo despreciaría como «bazofia», una novela que entroncaba con las preocupaciones sociales y reformistas de aquel tiempo, 1842. Esta novela, de la que apenas llegaron a venderse unos veinte mil ejemplares, se publica por primera vez en español (Ed. Cátedra), en una cuidada edición que ha estado a cargo de Carme Manuel, autora también de las ciento cincuenta exhaustivas páginas del estudio, con gran traducción de Sergio Saiz.

Carme Manuel certifica la rareza del libro: «Durante el siglo XX, “Franklin Evans” sólo contó con tres reediciones en inglés (1921, 1963 y 1967). La más reciente salió a la luz en 2007, pero el texto no está anotado. Y, desde luego, no había sido traducido nunca antes al español». Momento es de preguntarse si la novela anticipa alguna de las colosales virtudes del Whitman lírico: «Según Félix Martín, uno de nuestros estudiosos whitmanianos la obra es una respuesta novelada que responde al momento reformista que vivía Whitman y que muestra su cercanía al pueblo y, en especial, a la juventud neoyorquina. Es una novela de compromiso político de tintes marcadamente conservadores, que comparte paradójicamente con la producción lírica posterior de Whitman la actitud mesiánica del poeta en su afán por aparecer no como artista alienado de su sociedad». Es de suponer que el esfuerzo inusitado de erigir «Hojas de hierba» no le dejó a Whitman ni un solo aliento para otro experimento narrativo.

Visión oceánica

«En su poesía Whitman luchó por abarcarlo todo, por que fuera “oceánica”, por incorporar cualquier tipo de experiencia norteamericana. En sus diarios se refiere a este proceso como “la gran construcción de una Nueva Biblia”. Su ambición por ser el bardo de la democracia, por fundirse con América, por convertirse en una conciencia cósmica que glorificara a toda la Humanidad fue totalmente absorbente, incompatible con otra dedicación literaria».

Novelas como «Franklin Evans» tenían moralina y moraleja. Indaguemos. «Son muchos los autores norteamericanos —quizá el más importante sea Harriet Beecher Stowe, la autora de “La cabaña del tío Tom”— que escribieron para transformar su sociedad. Desde esta nueva perspectiva, es necesario conocer esta literatura popular, ya que surge como un intento relevante de definir la realidad social y refleja cómo las cuestiones de género, clase, orientación sexual, religión y raza se van construyendo y van cambiando en la sociedad norteamericana». Al final, como en toda historia genuinamente americana ganan los buenos, el bueno en este caso: «”Franklin Evans” es el ejemplo del triunfo del individuo, del poder de la elección personal para cambiar el pasado y forjarse un futuro de plenitud. En una sociedad como la norteamericana la actuación personal responde a las capacidades de uno mismo y no gira en torno a contingencias externas; la idea de perder y recuperar el control sobre la propia vida es responsabilidad única del sujeto. La victoria final del protagonista se interpreta, de esta manera, como el triunfo clamoroso de la fuerza de voluntad, prueba del carácter, fortaleza y capacidad de trabajo del norteamericano. Es la prueba más palpable de la validez del “Yes, we can”» Y vaya si pudo el coloso Walt Whitman.

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