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Patricia y Michel

Jean Seberg miraba a Belmondo desde su desafiante peinado corto («lo tengo rubio», coreaban las cigarreras en los 40) y una camiseta blanca: Herald Tribune. Godard, «Todo lo que necesitas para una película es una chica y una pistola», su primer largometraje (1960), colaboración de Truffaut y supervisión de Chabrol, mostró una parte, entrañable y siniestra, de la vida. Repaso mi uniforme. Ni pistola, ya saben, ni chica: esta visto que no puedo hacer una película. In illo tempore tuve ambas cosas, incluso un falso rango militar. Belmondo paseaba por las calles de París. Leo a Gracia en Anagrama, El intelectual melancólico (octubre, 2011), y como huyo de ese estado (desapacible) del alma —el nuevo mal del siglo, junto con la depresión, si acaso no son caras de la misma represión simbólica— vuelvo a mi antiguo amigo (conocido, por mejor decir), il cattivo maestro, Antonio Negri que analiza, junto con Michael Hardt, armados ambos con la espada del compromiso político transformador, las posibilidades prácticas de la revolución. El libro, Akal, 2011, titulado Commonwealth, cierra la trilogía iniciada con Imperio (2000) y Multitud (2005). Pero como ando disperso y algo distraído, tanta lechuga y pescado cocido afecta al curso natural del entendimiento, vuelvo a Jean Seberg —preferible, sin duda, a Audrey Hepburn— y me pierdo en el blanco y negro, magnífica iluminación, de una historia de amor que nos propuso ser malos, buenos o regulares: depende. Á bout de souffle: así ando yo (con perdón) esta noche fría de febrero mientras pienso en mis cosillas (de poco interés, la verdad), atiendo con eficacia (neoliberal) la vigilancia y tomo un café (descafeinado) de la máquina.

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