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Favor laboris

Anne More murió el 15 de agosto de 1617. Desde ese día, la irónica y sensual poesía de John Donne se volvió oscura, íntima, reservada. Se casaron en secreto, 1601, sin el consentimiento del padre de la novia: el poeta acabó en la cárcel. Pienso en el siglo barroco, con sus dudas e incertidumbres, y en la época que nos ha tocado vivir. Se podría establecer un breviario de similitudes empezando por el desconcierto social y político. Salgo a la calle: reina el fetichismo de la mercancía (incluidos nuestros intercambios emocionales) y las contenidas celebraciones. Nada, nos dicen, como una buena ración —el plato lleno de grasa— de frágil felicidad (placer inmediato, consumo) para alejar los malos pensamientos. Eso, e ir a la peluquería. Destrozado el mundo del trabajo, precarizados hasta el esqueleto, roto el pacto capital-trabajo (heredero, sin duda, de la victoria de Stalingrado), el viejo principio, favor laboris, se ha convertido en un resto arqueológico. Anclados en la exaltación de la subjetividad, la trascendencia del ego, decía Sartre siguiendo a Heidegger, ya no distinguimos realidad y ficción. Hasta los géneros literarios (tampoco importa) han sucumbido ante la lógica cultural del capitalismo. Sujeto una ventana con La muerte de Virgilio (discreto homenaje a Vázquez Montalbán), enciendo un cigarrillo y lavo las cortinas. En el buzón encuentro una felicitación navideña de una tienda de electrodomésticos y la factura de la luz. Compro canelones congelados, ensalada de plástico, café descafeinado y liofilizado, tabaco para resistir un asedio y varios periódicos. En el supermercado —lo llamaban hilo musical— suena un allegro de Vivaldi. Cosas de la vida cotidiana.

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