Etiquetas

,

Días de fiesta

Hemos celebrado, en la misma semana, la Constitución y la concepción sin mácula de María. Ambas son cuestiones dogmáticas. Agustín de Hipona peleó por la cohesión ideológica de la Cristiandad. Hoy, como Pablo de Tarso, el verdadero hacedor del negociado, trabajarían en la Secretaría de Organización y Finanzas de un partido de gobierno. Eran profesionales. Ahora solo quedan aficionados, amateurs. Hablo por teléfono con un viejo amigo serbio. Hablamos de Tito y sobre aquello que se llamó, más teología, la «herejía titista». El mundo era diferente. Quizá no fuera mejor, pero se entendía. The cold war —la geografía como arma para la guerra (Yves Lacoste), misiles de largo alcance y Dry Martini— era inteligible frente a la guerra permanente, económica, política, militar y psicológica del turbocapitalismo. Espero con interés, le conocí en Roma, primeros ochenta, tres textos narrativos de Luigi Pintor, uno de los fundadores de Il Manifesto, recogidos en El Aleph. Llegarán en primavera, abril, creo. Mientras, detenido el aire del cigarrillo, repaso las reflexiones que escribió su amigo Lucio Magri en El sastre de Ulm (El Viejo Topo, 2010). Magri acaba de morir. Observo, sin prisa, la ordenada sala de reuniones de la editorial; la memoria viaja: diciembre de 1990. Descafeinado, por favor. Estoy sentado, ojeo Le Monde, en el Café Mètropole, Plaza Brouckère, Bruselas. Espero. Una mujer joven, inquieta belleza de aire cansado, se sienta en la mesa contigua. Pide un vino blanco y saca del bolso un libro: Marx, Dieciocho Brumario. Llega Zoltan Desiblic, eso decía su pasaporte, abrigo negro, rostro huesudo, bufanda roja, y me tiende la mano. Let’s go, dice. Maldigo su puntualidad militar. Ella tenía pecas.

Anuncios