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Lenguas muertas

Hablo varios idiomas con acento y tomo café descafeinado. Pronuncio mal, invento palabras y expresiones, y pese a mi falta de destreza, he hecho guerras —y algún negocio ruinoso— saliendo indemne. Observo, en el mundo líquido, en el reino de la inestabilidad emocional, la pervivencia de la (contra)voluntad. «A la mierda con Freud», escribió Umbral en Mortal y rosa. Respetuoso con la tradición, prudente por decoro, no me atrevo a tanto. Por azar —la suerte en la cartuchera— encuentro personas que me aprecian (ignoro las razones): será la química orgánica. Complejo y difícil mes. Largo noviembre en Madrid: premonitorio, siempre, Zúñiga. Leo con interés Primero como tragedia, después como farsa (Akal, 2011) de Slavoj Zizek, todo un manifiesto para reinventar la izquierda a raíz de la doble muerte del liberalismo: como doctrina política y teoría económica. Bebo vino blanco, no suelo, y reconozco interioridades marrones —un marrón que verdea por la mañana— decoradas con pecas. Custodio de Oriente, vigilando impresoras y galeradas, camino despacio dejando una estela de recuerdos del porvenir: todo por hacer.

                                               Ma pauvre muse, hélas! qu’as-tu donc ce matin?
Tes yeux creux sont peuplés de visions nocturnes,

Huyo del sufrimiento de Benjamin y del ser de Agamben. Transcribo estos dos versos de Baudelaire y pienso en la radical vitalidad Marx y en el deseo del presente, sin fisuras, avanti, del General Engels.

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