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Manuel de la Fuente, ABC

Los abuelos ideológicos del asesino de Oslo, los nazis, son unos de los grandes «protagonistas» de la actual temporada literaria.

Treinta y uno de julio de 1932. El sol acaricia las calles de Berlín, pero sobre el edificio del Reichstag se ciernen nubarrones que traerán una de las peores tormentas sufridas jamás de los jamases por Europa. El Partido Nazi de Adolf Hitler ha ganado las elecciones. Poco después, ya con las esvásticas en el poder, en 1933, un veterano de la organización, Joseph Goebbels (1), se hace cargo del Ministerio de Propaganda. Su misión, la manipulación y el control de masas mediante sofisticados métodos de agitación. Goebbels convierte a Hitler en un dios, un personaje mitológico, a los judíos e izquierdistas en carne de cañón. Todo le vale, la literatura, el cine la cartelería, los deportes, escribe los discursos del jefe, decide qué libros se leen y qué libros se queman, convierte la radio en un banderín de enganche, en un ariete contra todo lo que huela a oposición, a todo lo que no sea lo suficientemente ario. Es la voz y la imagen del Tercer Reich.

Batallas campales

Un año después, en junio de 1934, un antiguo camarada, Rudolf Höss, curtido en las batallas campales contra los comunistas, es premiado por el partido y por Himmler, y es distinguido con su admisión en las SS. Ya no dejará de hacer méritos hasta que en 1939 obtenga aún un honor mayor para un nazi, ser «El comandante»(2) del campo de exterminio de Auschwitz. El que de verdad pondrá en práctica la solución final, y no los burócratas de Berlín, que se hartan de champán y de óperas de Wagner y documentales de Leni Riefenstahl.

Pero los campos, aunque casi todos miren para otro lado, ya existen. Dentro de Alemania. En uno de ellos, el comunista Georg Heisler solo piensa en fugarse. En lo alto del campamento siete cruces esperan a quienes se atrevan tan solo a intentarlo. Pero Heisler y seis camaradas se arriesgan. Sus compañeros son apresados y, vivos o muertos, son colgados de la cruz. Pero la séptima, «La séptima cruz»(3), que es para Heisler, sigue vacía y se convierte en un suspiro de esperanza, en una bandera de resistencia.

Le llaman la Bestia, él se ve como el estercolero de Alemania, para muchos es el nazi perfecto, aunque la sombra de un apellido judío, Süss, envenena la sangre de este hombre, por llamarlo de alguna manera. Es Heydrich, y ese año 1936 está recién nombrado como jefe de la Gestapo. Para todos es «HHhH» siglas en alemán de «el cerebro de Himmler se llama Heydrich», su superior. Todos le temen, hasta sus camaradas. Ha recibido una educación esmerada de sus padres, músicos de renombre, es un experto piloto, un consumado deportista, un genio de la esgrima, curtido en la lucha callejera dentro de las freikorps, los cuerpos de choque nazis.

Primero de Mayo de 1937. En un estudio de París, Pablo Picasso imagina toros malheridos, mujeres y niños masacrados. El «Guernica» empieza a andar, apenas cinco días después de que la Legión Cóndor arrase la localidad vasca.

Diez mil prisioneros

Mientras, Rudolf Höss ha hecho las maletas. Es un hombre afortunado, un nazi afortunado, un alemán afortunado. Acaba de ser nombrado comandante del campo de Auschwitz, en Polonia. Corre, ensangrentado, el año 1939. «No se trataba de una labor sencilla. Debía convertir cuanto antes el complejo en un campo de tránsito con capacidad para unos diez mil prisioneros», recordaría después.

Al otro lado de Europa, el 14 de junio de 1940 el asfalto de los Campos Elíseos parisinos tiembla bajo las pisadas que marcan el paso de la ocade los soldados alemanes. La capital mundial de la cultura, del arte, de la literatura, de la bohemia queda soterrada por una bota de caña. El Louvre es vaciado. Los prebostes nazis se apropian de obras de arte de un valor incalculable. Los intelectuales se debatieron entre la repulsa al invasor y la colaboración. El arte se convirtió en una elección moral, y la vida en una delgada línea roja entre el heroísmo y la traición. Sin embargo, París se erige como el destino vacacional preferido de los mandos germanos. Porque, a pesar de la guerra, de la ocupación, en París, en sus teatros, en sus cines, en sus cabarets, para muchos siguió la fiesta(4). Y Picasso siguió pintando. Y la mayoría intentó seguir viviendo.

En el Este la furia aniquiladora nazi continúa. En Varsovia, los judíos, son recluidos en un gueto. Hay hambre, terror, enfermedades. Por las noches, los pocos que pueden reunir unas monedas sueñan con los viejos tiempos en el café Sztuka. Entre los clientes, colaboradores y agentes de la Gestapo, se eleva la voz de una bellísima mujer, Wiera Gran(5), a la que acompaña un pianista de cine, Wladyslaw Szpilman. Wiera le canta al amor, a otros días, pasados pero más felices. Los nazis enviaron a Wiera y su familia al gueto cuando estaba a punto de actuar en el Moulin Rouge parisino. La esperan quince meses terribles.

Triángulo rosa

En septiembre de ese año 41, Rudolf Brazda es condenado. Un año después está en Buchenwald con el número 7.952. Su delito, ser homosexual. En su traje de condenado un triángulo rosa (6). Un kapo, oficial de campo colaboracionista, le ayuda a esconderse. Aterrado, le encontraran los norteamericanos cuando liberen el campo, el 16 de abril de 1945.

El frío, calculador y terrorífico Heydrich es uno de los amos de Europa. Sin embargo, aquella primavera de 1942, los aliados quieren acabar con la Bestia. Durante semanas, dos resistentes checos, Jan Kubiš y Jozef Gabcík, son entrenados en Inglaterra. La operación se llama «Antropoide» y la fecha para su ejecución es el 27 de mayo. Los checos no fallan, pero nunca lo sabrán. El nazi perfecto, «HHhH» (7) repelió la agresión, los partisanos fueron traicionados y se vieron abocados al suicidio. Pero Heydrich morirá días después de una septicemia, debida sobre todo a que solo quería ser atendido por médicos germanos. Poco después, las SS arrasan la población de Lídice y ejecutan en represalia a sus 1.331 habitantes mayores de dieciséis años.

Mientras, en la martirizada Varsovia, Wiera sigue cantando, ya hay quien sospecha de ella y de su clientela. Otros la defienden, solo intentaba sobrevivir. El 22 de julio comienza la llamada «gran acción de realojamiento» y cuando la mayoría de los habitantes, un cuarto de millón de personas, del gueto es deportada a los campos de exterminio, Wiera, cuyo marido es católico, consigue escapar.

Rodillo rojo

Tras Stalingrado, el frente del Este empieza a hundirse. El rodillo del Ejército Rojo parece imparable. Nuevas levas de jovencísimos alemanes son enviados al frente. Como Andreas, para quien «El tren llegó puntual»(8). Y emprendió la marcha camino de Polonia. El futuro, más que negro, es rojo, como las banderas soviéticas. A Andreas le dará tiempo a reflexionar sobre la guerra, el amor, la vida, la religión.

Pero al circo mortal de los nazis le crecen los enanos por todas partes. Septiembre de 1943. En Gjirokaster, Albania, una columna blindada, la del coronel Fritz von Schwabe, es atacada por los guerrilleros. Se toman rehenes y el doctor de la localidad, Gurameto, intenta mediar en «La cena equivocada»(9), en la que cree reconocer a a Schwabe como un viejo compañero de estudios. Diez años después, los stalinistas en el poder en Tirana, no le perdonarán a Gurameto aquella mediación.

Poco después, Rudolf Höss deja el mando de Auschwitz. A su espalda, centenares de miles de muertos. Quizá su esposa, por la noche, le pregunte si ha apagado el gas. Cuando los rusos liberen el campo, el 27 de enero de 1945, uno de los momentos más dantescos de la historia de la Humanidad quedará definitivamente al descubierto. Como Höss que, tras los Procesos de Nuremberg, sería ahorcado en 1947 delante del crematorio de Auschwitz.

Wiera Gran deambula por una Varsovia en ruinas, como su vida. Su hijo ha muerto de hambre. No olvida a su familia, probablemente gaseada. En febrero de 1945, en una radio escucha de nuevo a aquel pianista. Le pide trabajo. Pero Szpilman recuerda el pasado con amargura: «¿Pero no estabas muerta. Se dice que colaboraste con la Gestapo».

Otoño de 1946. El ingeniero Bornet llega a París con una noticia tan sorprendente como aterradora. Más de doscientos republicanos españoles han pasado por el Gulag stalinista (10). Veintisiete morirán en tierra extraña. El círculo del terror se cierra sobre Europa. Las dos piezas de la tenaza asesina, nazis y comunistas, ya encajan. Wiera Gran triunfa en el Carnegie Hall. En las calles de Oslo, la alimaña nazi se despereza.

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